Vitoria y Álava despertaron a los años 40 en estado de letargo, tras la pesadilla sangrienta de la Guerra Civil. Al dinamismo de la época republicana -estación del ferrocarril, edificio de la Caja de Ahorros Municipal- siguieron años de parón económico y retroceso social y político a causa de la dictadura de Franco. Los gastos e ingresos de la Diputación cayeron a los niveles de 1910. Fueron tiempos de hambrunas, de sequías pertinaces que devastaban los campos, de racionamiento del pan, el azúcar, la carne y las materias primas, del estraperlo y el mercado negro que enriquecieron a algunos. Pero también de la exaltación de la religión y de las grandes manifestaciones de adhesión a los vencedores.
Mientras el planeta entraba en la mayor carnicería de la historia, la II Guerra Mundial, con sus 55 millones de muertos, Pedro Morales Moya cumplía 18 años. «Lo primero que me viene a la cabeza de aquella época es que todos los jóvenes éramos delgadísimos porque no comíamos y teníamos un miedo atroz a coger la tuberculosis», recuerda este periodista y escritor que trabajó esos años en la Diputación como funcionario.
La tuberculosis, de la mano de la pobreza, persiguió durante muchos años a los alaveses. De hecho, el sanatorio de Leza, construido durante la República, tenía listas de espera de enfermos y hubo que habilitar otro hospital en el palacio de Escoriaza-Esquível para acoger a las víctimas de aquella endemia, originada por otro problema mayor: la extrema miseria del país después de tres años de sangría fraternal.
«Hubo familias que se arruinaron literalmente para poder alimentar a un hijo enfermo. Era un drama. Tocaba a todas las clases sociales. Sólo se curaba, según los médicos, con una buena alimentación y reposo. Eso costaba mucho dinero, pero la gente estaba dispuesta a pagar lo que fuera por salvar a un familiar», explica Morales Moya, que ha retratado la Vitoria de aquellos años de postguerra en la novela 'Ojo de peregrino'.
Cines y paseos llenos
La gente mayor se resignaba a aquel ambiente gris y traumatizado, pero los jóvenes siempre encontraban recursos. «No nos lo pasábamos tan mal. Había dos opciones: O te ibas de vinos con la gente de tu cuadrilla o con la novia. Yo, desde luego, prefería lo segundo. El plan consistía en largos paseos sin gastar un dinero que no había. Los cines se llenaban y en las últimas filas se magreaban las parejas, si ellas se dejaban, porque no era nada fácil», evoca Pedro.
La religión ocupaba un lugar central en el calendario cotidiano de una ciudad muy decimonónica todavía. Lo describió Ignacio Aldecoa en su guía del País Vasco. Vitoria era «una masa gris de la que destacaban violentas las torres de sus iglesias». La omnipresencia eclesial, con fenómenos como los besamanos callejeros o las misiones, una suerte de ejercicios espirituales a toda la población, llegaba al punto de que hasta las cajas de ahorro tenían su director espiritual o el nombre de éste se incluía en las esquelas antes que la familia.
La calle Dato, por ejemplo, principal centro de reunión de los vitorianos, se vaciaba de chicas durante las novenas de la Purísima en la parroquia de San Miguel. De 7.30 a 9.30 ó 10 de la noche era una calle concurrida. Desde donde ahora está El Caminante a Postas estaba llena y los bares eran un buen negocio. En aquel tiempo se engañaba al hambre con alcohol. El Alcazar (antiguo Katiuska), Acuario (Quarium), Moderno, Suizo e Iruña, eran los locales más visitados.
Bailes prohibidos
Los bailes no estaban permitidos en la calle, se celebraban en sociedades y establecimientos cerrados como el Frontón Vitoriano o el bar Suizo. Pero se prohibían en Cuaresma, Semana Santa o el Día de los Difuntos, fechas en las que se vivía un fervor religioso especial. «El primer baile de primavera, el que abría la temporada, era el del sábado de Gloria. Las chavalas se preparaban como si fueran de boda. Y se gastaba mucho dinero, que no se tenía, en vestidos. Había buenas modistas en Vitoria y algunas de ellas se iban a París. Creo que importaba más vestir que comer decentemente», recuerda.
La influencia de la Iglesia en la sociedad fue absoluta en tiempos bélicos y mientras duró la II Guerra Mundial, pero se acrecentó si cabe a partir de 1945 por su comportamiento con el Estado franquista, cuando las potencias aliadas mantuvieron el veto al ingreso de España en la ONU. Paradójicamente fue la católica Polonia, entonces un satélite de la desaparecida Unión Soviética, el país que lideró el boicot. En 1946, con idea de aislar el régimen, se produjo la retirada de embajadores. Casi todos salieron de España menos la nunciatura del Vaticano.
Fueron momentos de soledad para el franquismo y de grandes manifestaciones de adhesión en la plaza de Oriente. Franco agradeció el gesto y cedió más presencia todavía a la Iglesia, que desde entonces pasó a tutelar toda la vida cotidiana. Lógicamente, en una época de tantas estrecheces comer era una verdadera fiesta, una manera de compensar tanto tedio y demasiados días de estómagos vacíos. La gente contaba con un regusto especial si había dado cuenta de marisco o de un chuletón en tal o en cual bar. Al que lo narraba se le consideraba un tipo afortunado. Había pequeños establecimientos como el Marinda o el Garmendia en los que, según Morales, «se podía comer bien y barato, porque tenían una buena barra y una mejor mesa con pescado de primera. La carne era más difícil de conseguir porque estaba intervenida».
Lo cierto es que todo era complicado de conseguir. Para abrir un negocio se necesitaban tantos requisitos que muy pocos conseguían al final la licencia. Se tiraba de la recomendación de tal o cual miembro del régimen para lograr un permiso o un puesto de trabajo.
Había una inflación galopante que dejaba los sueldos sin valor para comprar nada. Ello obligaba a los hombres a buscarse más de un trabajo y a meter horas hasta el agotamiento, mientras el cuidado del hogar y el de los hijos ocupaba a las mujeres. Un ejemplo, el kilo de patatas que se pagaba a 30 céntimos en 1937 pasó a costar 3 pesetas en 1940.
Para empeorarlo todo hubo una gran sequía que obligaba a cortar la luz de forma constante, se prohibió la iluminación
de los escaparates y se quitó el turno de noche en las fábricas. La situación era tan penosa que en las calles desaparecían las bombillas del alumbrado público, las tapas de las alcantarillas o los pomos de las puertas de entrada a las casas. Algunos avispados las ponían de inmediato a la venta en el mercado negro.
La autarquía no le fue del todo mal a las escasas empresas industriales existentes en aquellos años en Álava. Así, entre Ajuria y Aranzábal, ambas dedicadas a la maquinaria agrícola, sumaban 1.000 trabajadores en 1943. Su producción estaba vendida con plazos de entrega de un año. En la industria pequeña se generalizó también el estraperlo con metales como el aluminio o el cobre.
La despensa de los pueblos
La agricultura alavesa vivió buenos momentos. Como el cereal estaba intervenido por el Estado, se descubrió el potencial de la patata de siembra, y se conoció al famoso escarabajo, al que se perseguía con las manos antes de la generalización de las sulfatadoras, convertidas en un símbolo de modernidad. Eso permitió a muchos labradores mejorar sus casas en los pueblos, comprar cocinas modernas y hasta dotarse de cuarto de baño. Hay que tener en cuenta que los pueblos alaveses hacían de despensa y de tienda. Eran muchos los vitorianos que se desplazaban hasta ellos para comprar directamente huevos o gallinas.
En la dictadura no había lugar para la disidencia. Franco había movilizado a cinco quintas durante la II Guerra Mundial y había extendido con una represión feroz un clima de terror generalizado. Las únicas actividades públicas permitidas eran manifestaciones de exaltación del régimen, coincidiendo con las visitas de Franco, o las fiestas religiosas.
«Aquí no se movía ni Cristo. El único suceso digno de mención lo protagonizó un grupo de jóvenes nacionalistas que boicoteó la inauguración de la estatua de Fray Francisco de Vitoria en 1945. Les cogieron a todos, pero la prensa extranjera se interesó por el asunto. Por aquí estuvo trabajando de ingeniero Juan Ajuriaguerra, líder del PNV, y no se podía mover», rememora el periodista.
El 6 de agosto de 1945, una bomba atómica cayó sobre Hiroshima. Pedro Morales llegaba ese día de la 'mili' desde Santiago en un viaje en tren que duró cerca de 40 horas. «Vi a una cuadrilla de blusas con sulfatadoras de cartón y me contaron lo de la bomba. Creo que a la mayoría de la población le importaba poco. Estábamos hartos de guerras. La gente estaba metida en otro conflicto, el de tener qué comer, el de buscar algo que llevarse a la boca o el encontrar un trabajo que le permitiera sobrevivir. La bomba de Hiroshima le importaba un bledo», sostiene.
Evidentemente, por aquí no pasó la comitiva americana de 'Bienvenido mister Marshall', la película que ironizaba sobre la escasa ayuda americana para reconstruir Europa. Pero Pedro Morales, entonces en la Diputación, recuerda que el primer coche americano oficial, el popular 'haiga', se lo vendió a la institución alavesa el embajador argentino, de segunda mano naturalmente, tras la multitudinaria visita de Eva Perón a España, allá por 1947. «Era muy difícil entonces conseguir un automóvil así. Fue la primera vez que vi un botón para elevar la ventanilla. Pero lo cierto es que no resultó muy bueno. Los diputados se quejaban de que cuando se averiaba el mecanismo, el frío entraba por la ventanilla y no había quién lo arreglase», cuenta el periodista y escritor. Unos años antes se produjo otra anécdota ligada a la falsa apariencia y a la pompa que se quería demostrar entonces en instituciones como la Diputación. Durante una visita del conde Ciano a España -el famoso yerno de Mussolini que éste mandó ejecutar por orden de Hitler- fue recibido en las escalinatas del Palacio de la Provincia. Al ujier que le abrió la puerta del vehículo se le pusieron tantos adornos y entorchados, que lo primero que hizo el político italiano fue abrazar al ordenanza, al que confundió con un mandamás local. «Imagínese el bochorno», subraya Pedro Morales.
En el mundo se produjeron a finales de los años cuarenta acontecimientos que marcaron a generaciones. La partición alemana y el consiguiente advenimiento de la guerra fría entre Estados Unidos y la extinta URSS fue uno de ellos. El otro, el triunfo de la revolución china que llevó al poder a Mao.
Aquí manda 'Poncio'
La política local, sin embargo, era otra cosa. No se movía nada sin que lo supiera 'Poncio', apelativo que definía al gobernador civil. Ése sí que mandaba sobre el alcalde, el diputado general y sobre todas las cosas. El periodista recuerda otra anécdota de la época que retrata el momento. Uno de los gobernadores decidió amueblar el Gobierno civil, pero el dinero lo debía poner la Diputación. A algunos diputados el estilo elegido y, sobre todo, el precio les pareció una barbaridad y no lo admitieron. ¿Solución? Obligó a dimitir a toda la corporación, menos a dos y nombró un nuevo diputado general. Su poder era omnímodo, pero no defendía los intereses de los alaveses.
La década enfilaba su recta final en 1947 cuando Aguas y Saltos del Zadorra presentó el proyecto de construcción de los embalses del Zadorra. La obra, que precisó de grandes expropiaciones, tuvo un elevado impacto humano y social, pero resultaría clave para el desarrollo de Álava en las siguientes décadas.