Martes, 24 de octubre de 2006
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LOS 50
«Trabajábamos de 5 de la mañana a 10 de la noche»
Floren Garmendia . Nacido en Elosu en 1932, perdió a su madre en un bombardeo cuando tenía 4 años. Trabajó como pastor hasta los 18, en que se inició en el oficio de carnicero. Fue uno de los becerristas asiduos en los festivales taurinos de los cincuenta con el sobrenombre de 'Magritas'
«Trabajábamos de 5 de la mañana a 10 de la noche»
1958. Celedón baja por segundo año consecutivo a la plaza de España. / J. M. PARRA
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Cuando en 1952 se dejaron de usar las cartillas de racionamiento, Floren Garmendia ya llevaba dos años en Vitoria, en casa de su tío Máximo Cámara, aprendiendo el oficio de carnicero con horarios infernales. Había cumplido 20 años y su vida hasta entonces era la síntesis de la tragedia anónima, como la de todos los que sufrieron el zarpazo de la Guerra Civil. Hoy, a sus 77 años, aún tiene que apartar la vista de la televisión cuando ofrece imágenes de guerras y de muertos destrozados. Durante la llamada ofensiva del Frente Norte, en la primavera de 1937, un bombardeo de los aviones alemanes de la Legión Cóndor mató a su madre cuando iban camino de un refugio en Undurraga (Vizcaya). «Tenía sólo 4 años. Iba cogido de su mano. Con el otro brazo sostenía a mi hermano, de 16 días, que a raíz de aquello desapareció durante varios años. La bomba le cogió a ella solamente. Murió días después en Basurto. Soy un superviviente. Estoy aquí de milagro», relata Floren compungido. Todavía se emociona al contarlo como si aquella explosión siguiera retumbando una y otra vez en su cabeza.

Floren, para quien el conflicto bélico acabó cuando estaba a punto de subirse a un barco como 'niño de la guerra' en Santurce, volvió a Elosu con su padre y sus 7 hermanos. La tragedia de la pérdida de la madre se hizo aún más dolorosa porque habían desaparecido la casa y el ganado. «Nos tocó a nosotros. A otras familias del pueblo les fusilaron hermanos o padres. Hasta 16. Construimos una caseta de chapas y cartones. Luego nos dejaron una borda. Mis hermanos fueron a los montes a recoger metralla para venderla. Pero recuerdo que aunque no teníamos más que un caldo de berza para cenar, siempre cantábamos. Con la música engañábamos el hambre y la gente decía: ¿qué contentos están los hijos de Jacinto!», recuerda con orgullo.

Tierra de promisión

Diez años después de aquella bajada a los infiernos, en Álava empezaba a moverse algo. Capital bilbaíno fundó el 17 de noviembre de 1950 Imosa, una planta de montaje cuyo objeto social era la fabricación de furgonetas de la marca DKW. Fue un tractor. Imosa encargó trabajo a muchos talleres y el sector industrial se animó. Un año después nació Movesa, que construye ciclomotores, así como Forjas Alavesas. La Llanada es observada como tierra de promisión por emprendedores guipuzcoanos del Valle del Deba, que ahogaban en sus estrechos valles el impulso empresarial.

Otro cambio de los que se hablaba poco, pero que tuvo una importancia capital, fue el de la concentración parcelaria, destinada a la agrupación de fincas y la mecanización de las faenas agrícolas. Empezaron a sobrar labradores que buscaban en Vitoria el despegue de la industrialización. Las primeras oleadas migratorias procedían de las zonas rurales y de las provincias próximas.

Floren, en cierta medida, fue uno de aquellos desertores del arado, que él cambió por un cuchillo de carnicero en vez de por el torno. «Trabajábamos como burros. Empezábamos a las 5 de la mañana y no acabábamos hasta las 10 de la noche, con una hora para comer. Y hasta los sábados. Entonces había que ir al matadero a preparar la carne porque no había cámaras frigoríficas», cuenta.

Vacas a la luz de la luna

Fue durante aquellos primeros cincuenta cuando a 'Magritas' le entró el veneno de los toros. Máximo, que era presidente de la Peña Taurina y apoderado, se había traído de Bilbao al novillero Enrique Orive, del que Garmendia se hizo inseparable. «Recuerdo que se traían para matar vacas bravas de Salamanca y se llevaban a los corrales de la plaza de toros. Nosotros teníamos las llaves porque había que apartarlas. Pero en ocasiones elegíamos a las más bravas para torearlas. Sí, lo puedo decir. Hemos toreado vaquillas a la luz de la luna en Vitoria».

El primer traje de luces, de grana y oro, que se puso Orive fue el del difunto 'Calerito' en las fiestas de San Fermín, evoca 'Magritas'. «También yo me lo puse muchas veces, aunque no pasé de becerrista. Disfrutábamos de verdad. Había fútbol una semana y la otra un festival o una corrida. Yo era socio del Alavés, no me perdía un partido en casa. Y la plaza de toros de Vitoria se llenaba», evoca.

No había muchas alternativas de ocio en aquellas jornadas. Fútbol, toros, cine y el baile de La Florida. «Me obligaban a estar en casa a las 10 de la noche. Me acuerdo que el baile terminaba a esa hora. Subía la Cuesta de San Francisco como una bala. Ahí empecé a correr y ya he participado en varias medias maratones. Esa fuerza hizo que apostara en una ocasión 5.000 duros de los de antes a que subía Urkiola en bicicleta sin haber montado en ella nunca. Naturalmente, lo hice y gané la apuesta», dice Garmendia, que presenta un aspecto envidiable y que se hace célebre cada 8 de agosto en el paseíllo de los blusas veteranos.

También el fútbol, con el Álaves dos temporadas en Primera -1954-1955 y 1955-1956- , levantó el ánimo de los vitorianos. «Recuerdo un Alavés-Athletic que se suspendió por la lluvia y un 7 a 1 al Valencia. Como no había televisión, había que ir al campo. ¿Qué ambientazo!, y qué alegría cuando ganábamos. En toda aquella vida de miseria había que buscar un escape», señala Floren Garmendia, que fue fundador del equipo Batancam, y recuerda que después de la misa obligatoria de los domingos iban a jugar al fútbol al campo de Arana.

Un crimen horrendo

La crónica más negra, después de las atrocidades de la Guerra Civil, también se escribió en esta década en clave rural. En el invierno de 1951, Juan José Trespalacios mató a palos en una cuadra a tres hermanos de Añes, en el Valle de Ayala. Seis años antes, muy cerca, en Respaldiza, Luis Orive asesinó con una escopeta a su padre Francisco, a su hermano Carlos, y a golpes, a la mujer de éste, Blanca Velasco, embarazada de ocho meses. El reparto de tierras fue el origen del cuádruple asesinato. Pero fue el famoso crimen del bar Carabanchel, ocurrido una trágica noche el 12 de febrero de 1955, con 5 víctimas mortales, el que conmovió a toda la ciudad. «Aquello fue tremendo. No era concebible que una cuadrilla de chiquiteros de buena familia, gente joven con buenos empleos, desapareciera porque alguien, por no se sabe qué razones, disparara contra ellos», recuerda Garmendia. Cuatro murieron en el acto y el último, catorce días después. Alguno de los amigos se salvó de milagro. El asesino, que se dirigió al grupo con esta pregunta: '¿me invitáis a un coñac?' y obtuvo un no por respuesta, fue abatido la madrugada siguiente por un tirador de élite de la Guardia Civil en la estación de Renfe.

A esa ciudad de 53.571 habitantes en 1950, comienzan a llegar los primeros inmigrantes, de la zona rural alavesa primero, y de otras provincias después. Si en toda la década de los cuarenta apenas se pasó de 51.191 a 53.571 habitantes, a finales de los cincuenta se dispararon los niveles demográficos y se llegó a los 74.936. Algo que seguiría hasta 1975, siendo la provincia de España con mayor aumento de población en ese período.

El goteo de nuevas industrias es incesante desde 1953, tanto en la capital como en el Valle de Ayala, aunque se dispara en 1956, cuando se planifican los polígonos. Detrás viene la población rural que está abandonando el campo en estampida. Vienen de las provincias limítrofes, tanto vascas como castellanas, pero también de la región leonesa o de Cáceres, del famoso pueblo de Brozas. Fue precisamente la construcción de los embalses del Zadorra, desde 1947, la que recluta a muchos de ellos y crea una corriente migratoria desde el Sur.

«Claro que se notaba la llegada de gente. Vitoria era todavía una ciudad pequeña en la que nos conocíamos todos y aún había fiestas en las calles. Creo que se les recibió con los brazos abiertos. A diferencia de los vizcaínos y los guipuzcoanos, nosotros los alaveses hemos sido siempre más abiertos con ellos y se han encontrado a gusto», subraya 'Magritas'.

Nuevas necesidades

Pero los que llegaban necesitaban atención, servicios, vivienda, escuela, hospitales o agua. Hubo que forzar soluciones urgentes para evitar el chabolismo. «Los sueldos eran muy bajos Yo despachaba carne y lo notaba. Nosotros teníamos desde las cinco de la mañana colas de mujeres que querían comprar un cuarto de kilo de carne de caballo. Era la más barata y las familias no estaban para muchas alegrías. Era la primera de Vitoria y la habíamos abierto en la Correría 72», recuerda Floren Garmendia.

Esa falta de dinero en las familias se notaba mucho en el mostrador de la carnicería. «Llegaban señoras que me pedían un octavo de kilo de carne de caballo. ¿Sabes cuánto es eso? 125 gramos. La gente echaba mano de las patatas para engañar al estómago. Recuerdo que en una ocasión una mujer me pidió tres octavos de carne, o sea 375 gramos. Yo la conocía y sabía que en su casa había cuatro hijos y el marido, que trabajaba en Ajuria. Seis bocas y tan poca carne. Le puse un kilo y se lo cobré como si fuera lo que me había pedido. Yo sabía lo que es no poder llevar a casa alimentos para tus hijos», evoca.

Y en eso llegó Celedón (1957) desde el cielo. En el mundo, la guerra de Corea, la carrera espacial, la revolución cubana o la crisis de Hungría, dejaban fríos a los vitorianos. «Sí, se comentaban todas esas cosas. Pero yo me levantaba a las 5 de la mañana seis días a la semana».

 
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