Sólo hacía unos pocos meses que había terminado la Guerra Civil. Pese a la escasez de combates de entidad, los efectos de la contienda resultaban evidentes, ya que muchos alaveses se habían alistado como voluntarios en uno u otro bando. La provincia fue controlada desde los primeros días del golpe por los sublevados contra la República, que en 1937 dominaban ya todo el territorio. El nuevo poder se impuso por la fuerza, lo que conllevaba represión contra cualquiera que no aceptara sus presupuestos. Además de unos doscientos asesinados, muchos alaveses fueron expedientados, privados de su trabajo y encarcelados. Las nuevas autoridades acabaron pronto con casi toda oposición, con lo que dejaron una provincia rota y, sobre todo, silenciosa. Ni los alaveses vencedores ni los vencidos se acostumbraron al trágico cambio de entendimiento por violencia. Las familias de ambos bandos lloraban sus pérdidas.
Así comenzó la triste década de los cuarenta. Aldecoa, en su 'Guía del País Vasco', describía Vitoria como 'una masa gris de la que destacaban violentas las torres de sus iglesias'. Pocas veces se tiñó de un gris tan oscuro como en esos años; incluso casi un negro desgastado del luto por los caídos en el frente o asesinados en la represión. Lo mismo ocurría en los pueblos. Apenas se rompía el silencio. No faltaban homenajes ni actos de adhesión a la nueva dictadura, aunque esos ruidosos eventos constituían la excepción. La regla era el silencio en una provincia gris y adormecida todavía por el trauma de la guerra.
Esta sensación de quietud se veía alterada en muy pocas ocasiones. La diana dominical de las ocho era el acontecimiento semanal. Luego estaban los partidos de fútbol, las veladas de boxeo y, cómo no, el baile de La Florida, todavía dividido en dos zonas, según la posición social. Las conversaciones de los alaveses no cambiaron mucho; eso sí, apenas se discutía, y de política menos. Casi era mejor no hablar. Dejar pasar el tiempo para cerrar heridas. Y es que muchos alaveses depurados políticamente se encontraban a diario con los que les habían sustituido en su trabajo. En Vitoria, ese ambiente 'extraño' se podía sobrellevar, pero en algunos pueblos era insoportable. El hambre y las diferencias sociales hacían el resto.
Los actos más masivos y sentidos eran, sin duda, los religiosos. Abundaban en aquel calendario: las Candelas, el Corpus, la Novena, el Vía Crucis de Abechuco... En Álava, el nombramiento del obispo se convertía en el acontecimiento de la década. El de Bueno Monreal, en 1950, fue el mejor ejemplo de ello.
Tiempos duros. Hambre. Posguerra, en definitiva. No obstante, y en honor a la verdad, en la economía las cosas iban mejor que en otras provincias. Las principales fábricas locales supieron aprovechar la autarquía. También se avanzó en la cualificación de la mano de obra, con las Escuelas Diocesanas de Formación Profesional, que se crearon entonces.
En cuanto a las infraestructuras, después de reconstruir en los primeros años lo destruido en la guerra, sobre todo en el norte de la provincia, comenzaron las obras de los embalses del Zadorra. En 1950 se inauguró la línea de autobuses de Abechuco, pero todavía, a finales de la década, pocos automóviles se podían ver en las carreteras alavesas. La recogida de la basura o el reparto de la leche y del pan se seguían haciendo en carros de tiro animal.
Murmullos frente al silencio
Los descontentos con la dictadura intentaron alguna maniobra contra ella, pero la oposición en Álava fue escasa. La primera resistencia interior, ejercida sobre todo por el PNV, fue prácticamente desmantelada y su responsable, Luis Álava, ejecutado en 1943. A su vez, entre los que apoyaron el levantamiento, pronto surgieron dudas. Un caso de envergadura fue el de Javier Lauzurica, 'reorganizador' de la Diócesis, 'el obispo de Franco'. Lauzurica pasó de unas primeras prédicas plenas de referencias patrióticas y de apoyos al régimen a escritos en los que apelaba a 'los derechos de la Iglesia', en la mejor tradición integrista y en la más clara expresión de un carlismo que se sentía engañado ante la emergencia de los llamados 'franquistas'.
No fue el único. En la basílica de Begoña, en 1942, chocaron violentamente falangistas y carlistas. Y, años después, siete guardias fueron heridos en Pamplona en una concentración requeté. En la silenciosa Álava, las protestas se hacían sin tanto ruido, aunque en 1943 ocurrió algo insólito: el diputado general, Vicente Abreu, y varios de sus diputados dimitían tras divergencias con el gobernador. Entre los vencedores, algunos comenzaban a sentirse defraudados.
Los perdedores intentaron que se notara su resistencia. El acto de oposición más relevante -incluso con eco en la prensa internacional- se produjo en 1946, cuando los asistentes a los actos del IV Aniversario de Fray Francisco hallaron su estatua con pintadas contra el régimen. Silencioso pero efectivo, aunque dio lugar a numerosas detenciones y procesamientos. Algo cambiaba. En informes internos de 1947, la 'leal' Álava era ya 'provincia dudosa'.
A medida que los años de la guerra se alejaron, Álava comenzó a despertar. A finales de la década, la Sociedad Excursionista Manuel Iradier echó a andar, dando cauce a las inquietudes de algunos jóvenes. Incluso afloró la conflictividad social. Y es que en 1950 los precios eran ocho veces los del 36. El descontento se plasmaría en las huelgas de 1951, que afectaron a más de 4.000 trabajadores. Ese año marcó un punto de inflexión. Mientras que las huelgas representaban lo nuevo, en noviembre se produjo el acto que mejor representó y marcó el final de la década. 'La Santa Misión' fue celebrada a lo largo de dos semanas, llegando a Vitoria la Virgen Misionera de Fátima, junto con treinta misioneros, para realizar una penitencia general. Fue un acto multitudinario, con casi cuarenta procesiones simultáneas en el silencio más absoluto. La cruz conmemorativa que se levantó en Olárizu recordando aquel acto es la memoria viva de la década de los cuarenta, los duros y silenciosos años de la posguerra.