Cuerda es a Vitoria, para algunos, algo así como lo que Carlos III representó para Madrid. Su sello personal, sus utopías, su estilo y su imagen, sus errores y su desconcertante e inclasificable personalidad, han quedado marcados en la ciudad que rigió como alcalde -siempre en minoría- durante casi veinte años (1979-1999). Pero fue en la primera década, en los ochenta, cuando su empuje reformador trazó el camino que ha terminado por dotar a la capital alavesa de cotas de bienestar y de calidad de vida envidiados en España y en Europa. Sin duda es el personaje que mejor representa esos diez años, aunque este agitador social con vocación de profesor -el oficio en el que más a gusto se encuentra- e ideología progresista advierte de que «tiene una mala memoria selectiva» de ese tiempo. Fue presidente de la Corporación cinco legislaturas seguidas, tanto como cabeza de lista del PNV como de EA. Cuando se le recuerda su contradicción ideológica reconoce que tras acercarse a la democracia cristiana se fue a los partidos «donde estaban mis amigos, los del Club Aquinas: Ibarrondo, María Jesús Aguirre, López de Juan Abad».
El tercio familiar
José Ángel Cuerda había llegado a la política en el tardofranquismo como concejal por el tercio familiar, que obligaba a hacer elecciones. Apenas había cumplido un año de mandato como alcalde y las ideas le bullían en la cabeza. Pero la violencia de ETA marcaba las agendas diarias. A la década de los 80 se la conoció también como «los años del plomo». La banda terrorista recrudeció como nunca sus atentados y asesinó a 92 personas sólo el primer año. Otras 271 caerían en los nueve siguientes. En Vitoria fueron asesinados el jefe de Miñones, Jesús Velasco; el directivo de Michelin Luis María Hergueta; o el dirigente de UCD José Ignacio Ustaran. «Todavía pesaba la atmósfera de la Transición y los ecos tristes de los sucesos del 3 de marzo de 1976 no se habían marchado. Pero no se podía ser neutro con los asesinatos. Había que estar con las víctimas. Yo creo que la gente en general tuvo una respuesta tibia. La conciencia ciudadana tardó tiempo en despertar y tuvieron que ocurrir cosas terribles como la muerte de Fernando Buesa o la de Miguel Ángel Blanco para que la conmoción fuera absoluta. Aún existe indiferencia en mucha gente en una sociedad que ha estado muy mediatizada por la violencia y que necesita regenerarse a través de la educación en valores», recalca el ex regidor vitoriano.
Todavía pensaba cómo llevar a la práctica sus personales ideas sobre la ciudad cuando el 23 de febrero de 1981, España se quedaba perpleja ante la figura del teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero Molina empeñado en llevar hasta el final un disparatado golpe de estado. «Estaba trabajando en mi despacho, o sea en mi casa, y me llamaron por teléfono. Seguí los sucesos por la radio, me fui a la cama y al día siguiente fui a trabajar a la Alcaldía. Allí me enteré de que más de uno salió corriendo hasta la frontera y de que se habían reunido en El Portalón. A mí nadie me dijo nada y no tenía motivos para escaparme», cuenta un alcalde que, como sus compañeros del PNV y de otros partidos, también había sufrido la amenaza de los extremistas, especialmente cuando ejerció de diputado en las Cortes que aprobaron la Constitución, carta magna en la que introdujo un artículo, el 17.3, que habla de la asistencia letrada al detenido en el momento de la detención.
Un geriátrico de regalo
Pero Vitoria había recibido un regalo a principios de la década, la capitalidad, una 'gracia' nacionalista que algunos cuestionan todavía por su irrealidad, pero que cambió el perfil de la ciudad y creó 11.000 empleos de funcionarios, lo que convertía al Gobierno vasco en la más importante empresa de la ciudad. «Nos vino bien. La Diputación había levantado una macrorresidencia que chocaba con los nuevos criterios de los centros para mayores, que debían ser pequeños. Así que ¿hala!, para ustedes el geriátrico. Ellos tenían un edificio nuevo y nosotros podíamos hacer centros como Los Arquillos o la Correría, con pocos residentes», recuerda.
Los 80 despertaron, gracias a la Diputación también, con otra infraestructura importante para la provincia que al cabo de los años se quedó en un quiero y no puedo: el aeropuerto de Foronda. «Ocurrían cosas curiosas como que la campaña de promoción colocó una gran valla publicitaria frente a la Diputación de Vizcaya. Se montó un lío monumental parecido a una retirada de embajadores. Se hizo» -y aquí le sale la vena crítica al alcalde que no ha perdido el pulso de la actualidad -«como tantas cosas. Primero se construye una plaza de ganado, un tranvía o un aeropuerto, y luego el plan que lo justifica. Cuando debería ser al revés».
La 'movida' fue uno de los fenómenos culturales que trajeron los años ochenta, aunque se circunscribió especialmente a Madrid, a partir de un acontecimiento político que cambió España: la victoria de los socialistas con Felipe González a la cabeza en 1982. «Fue un hecho importante. Siempre me he sentido ideológicamente más cerca de la izquierda que de la derecha. Me sentí cómodo. Hoy es el día que aún me llaman muchísimos alcaldes socialistas a dar conferencias», revela.
Una de las grandes conquistas de Vitoria en esta década, que le ha dado un sello singular, son los centros cívicos. El entonces alcalde recuerda a antiguos colaboradores como Mari Ángeles Campo y el arquitecto Javier Ortega y a sus propias lecturas -Max Weber, Henry Lefebvre-, como los inspiradores de un modelo de integración vecinal que luego ha sido copiado en muchas ciudades españolas. Le daban vueltas a la necesidad de comunicación que tienen los vecinos y a crear instrumentos de convivencia en una sociedad cambiante que había llegado en aluvión.
Un lugar de integración
«En el programa electoral con el que me presenté no los llamábamos centros cívicos sino centros socio culturales y deportivos. Buscábamos un lugar donde se integraran niños, abuelos, padres o madres, y donde se pudiera hacer deporte o formarse culturalmente con salas talleres, conferencias y bibliotecas. No había referencias en Europa, pero ya se habían iniciado en la época de la dictadura movimientos como el Consejo Municipal de Olárizu o los centros sociales de Adurza y Arana, en los que nosotros aprendimos mucho. Había embriones, pero queríamos ser más ambiciosos. Durante la primera legislatura no pudimos hacer nada. Alguien me dijo entonces que lo consideraba tan importante que no dejaría que lo hiciéramos. En el 83 lo sacábamos por mayoría simple. Había desconfianza. Los tres últimos, ya en los 90, se aprobaron por unanimidad», recuerda.
Fue lo que ocurrió también con el 0,7% dedicado al Tercer Mundo. «Caló tanto que un año se dedicó el 1% del presupuesto. No había otro ayuntamiento ni otra institución en España que lo hiciera. Y siempre por unanimidad. También tengo que decir que a veces sentía vergüenza cuando salía por España porque éramos el Ayuntamiento con más presupuesto de todos, a años luz del resto». La solidaridad entendida como un elemento de la gestión municipal tuvo ocasión de ponerse en práctica con motivo de las inundaciones de Llodio de 1983, que arrasaron la capital de Ayala y produjeron 5 muertos.
Otra efeméride, el 800 aniversario de la concesión del fuero por el rey navarro Sancho el Sabio (1881), fue el arranque de un ambicioso e inacabado plan de rehabilitación del Casco Medieval, abandonado por los propios vitorianos que emigraban a otras zonas mejores.
Volver a nacer
«¿Que hubo cosas que no se hicieron bien? Claro. Salíamos de una dictadura y aunque Vitoria siempre había crecido con cierto orden había muchas cosas que hacer. Era como volver a nacer. Los primeros carriles bici estaban desconectados entre sí. No había un plan global. ¿Y en la vivienda? Pues no creo que lo hicimos tan mal. En los 80 la ciudad seguía creciendo por Santa Lucía, Lakua y San Martín -los hipotecarios estaban por las nubes, en torno al 15%-. Puedo decir una cosa segura: Pongo la mano en el fuego a que en mis veinte años de alcalde no hubo otra ciudad en España que construyera más pisos. Y, además, nosotros dejamos preparado todo el terreno para Salburua y Zabalgana, aunque haya quien no quiere acordarse de ello», critica.
Otro hito de los ochenta, además del impulso al campus universitario, fue la peatonalización de calles en el centro. «Las más conflictivas fueron Postas y San Prudencio», recuerda. «Los comerciantes se opusieron. Decían que les íbamos a hundir los negocios. Fue una batalla difícil. En la calle Diputación hicimos algo curioso. Dejamos que una obra se retrasara para cambiar los hábitos de los conductores, e inmediatamente la peatonalizamos. Al final, fueron los vecinos y los comerciantes quienes lo pidieron. Hay que llenar de pedagogía los actos de la vida pública», sentencia.
Al ex alcalde le sale la vena de maestro de la vida que habla y actúa con ejemplos. «Es que los ciudadanos deben cambiar de mentalidad ante asuntos como el desarrollo sostenible, que es una subversión total del actual sistema. Como en la dinámica de Galileo, hay que reemplazar un modo de pensar por otro». Y Cuerda lo intenta hacer aún, a sus 72 años.