15 de marzo de 2005. Una fecha inolvidable y desgraciada para Roberto Galdos, un vitoriano de 41 años recién cumplidos, bombero de profesión, a quien la vida le cambió por completo hace dieciocho meses.
Ese día, después de cumplir con su jornada laboral, cogió la bicicleta y empezó a pedalear por la carretera de Landa. «Quería hacer un entrenamiento corto pero rápido porque me estaba preparando para el Campeonato de Ciclismo de España de Bomberos Profesionales. Iba fuerte», recuerda al detalle el joven.
Roberto pedaleaba a buen ritmo cuando un camión le adelantó. «Llevaba la pluma elevada y se encajó en el puente de Durana, con lo que las vallas que tenía enganchadas se me vinieron encima».
El bombero, miembro de la Sociedad Ciclista Vitoriana, supo desde el primer momento que la lesión era grave. «No sentía las piernas». Su presagio se cumplió. La carga le seccionó la médula a nivel de las vértebras dorsales 11 y 12. El diagnóstico era claro: paraplejia.
Después de seis días de hospitalización en Vitoria para «unirme las vértebras desplazadas», fue trasladado a la unidad de Lesionados Medulares de Cruces, la única de este tipo que existe en el País Vasco. Fueron tres meses de rehabilitación y otro más en el servicio de día del mismo complejo sanitario y otros treinta días de ejercicios, después, en el hospital Santiago, de nuevo en Vitoria.
Ahora acude a diario a las instalaciones de la fundación Zuzenak. Su objetivo: ponerse un rato de pie para que su salud no se vea resentida por la larga permanencia en la silla de ruedas.
«No guardo rencor»
Además de las importantes secuelas físicas, el accidente ha supuesto para Roberto cambiar de domicilio. Ha tenido que dejar una casa «llena de escaleras» en Murgia por un piso «de alquiler en Lakua». Pero lo peor es el dolor. «Mi desgracia es el dolor. Me duele todo».
Año y medio después del accidente, el joven bombero piensa poco en la imprudencia del camionero. «No le tengo rencor. Me ha tocado la 'china' y ya está. Mi preocupación ahora es dar con algo que me quite el dolor neuropático».
Ha probado de todo. De momento, sin éxito, pero no pierde la esperanza de encontrar un remedio porque «para las ocho de la tarde, ya no aguanto más. Me tengo que meter en la cama para relajarme. Los amigos me llaman para ir de cena, pero muchas veces no tengo ganas de salir».
Su segunda preocupación es de orden legal. La Seguridad Social le ha concedido la invalidez absoluta al 100%, pero le ha negado la gran invalidez prevista para los casos en que se necesita ayuda de tercera persona, y que supondría un 150% de los ingresos. «Es la que tiene la mayoría de las personas que se encuentran en mi situación».
Por ello, ha recurrido la decisión. Espera ganar, pero ello no le impide «estar rebotado. Encima del problema, te tienes que volver loco a hacer papeleos, ir de un lado para otro, con lo que cuesta moverse», se queja. Y con razón.