Domingo, 12 de noviembre de 2006
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EDICIÓN IMPRESA

JAVIER GONZÁLEZ DE DURANA, DIRECTOR DEL ARTIUM
«Aquí hay una gran complacencia que produce una parálisis narcotizante»
Cinco años después de llegar a la capital alavesa considera que cualquier proyecto nuevo en Vitoria degenera en «un debate estéril sobre cuestiones anecdóticas que tapa lo sustancial»
Acaba de recoger el Premio Nacional a la Mejor Biblioteca de un Museo. Javier González de Durana (Bilbao, 59 años), director del Artium, reclama mayor reconocimiento a la trayectoria del centro de arte contemporáneo y, al mismo tiempo, realiza un interesante análisis sociológico de Vitoria.

-Hace veinte meses decía usted que el Artium era un bebé sano. ¿Le sigue comiendo bien?

-Sí, je, je. Y hace sus necesidades fisiológicas perfectamente. Es un niño fuerte y sin sobresaltos. Tiene un rumbo definido y una plantilla estable. Y eso que es un personal codiciado por otros museos.

-¿Usted también?

-Yo también, sí.

-Pues hay quienes frecuentan el Artium y lo ven casi vacío.

-Hay la gente que tiene que haber. Si vas al Museo del Prado a las dos, tampoco hay nadie. En 2004, tuvimos 90.000 visitantes; el año pasado, 94.000. Son cantidades muy altas para una ciudad de 225.000 habitantes.

-¿No haría falta alguna exposición impactante, de corte popular?

-Somos un museo de arte contemporáneo y dentro de nuestro ámbito hemos hecho varias. Por ejemplo, 'La obra maestra desconocida'. Tenemos que elaborar un programa equilibrado, donde esté lo fácil o digerible y lo que no lo sea tanto. Y el arte contemporáneo, por su naturaleza, es complejo.

-¿Ha avanzado el museo en su apertura a la sociedad vitoriana?

-Sí, claro que ha avanzado. Hemos estrechado lazos con muchos grupos, incluso con difíciles como enfermos, presos o inmigrantes. El Artium nació con dificultades ambientales, porque colectivos como Amárica o los Amigos del Museo de Bellas Artes nos hicieron salir un poco con forceps. Entre el escepticismo hacia el arte contemporáneo y la creencia de que éramos unos nuevos que creábamos problemas, el comienzo fue difícil por el entorno. Pero en casi cinco años hemos notado un creciente orgullo por el Artium. A veces porque alguien de fuera dice 'oye, está muy bien este museo'. Es un poco triste que el reconocimiento inmediato venga por la vía de lo remoto.

Neblina nociva

-¿Esas «dificultades generadas por el entorno» son muy vitorianas?

-Ehh... Igual sí. Cuando se plantea un proyecto nuevo -se llame museo, auditorio o rampas- se produce un debate estéril sobre cuestiones anecdóticas. Se forma una neblina que termina por tapar la sustancia principal.

-Un entrevistado reciente, natural de aquí, se lamentaba de que sus conciudadanos, de entrada, dicen 'no'. ¿Está de acuerdo?

-Creo que en Vitoria existe una conciencia, difusa pero firme, sobre su bondad. Porque es una ciudad cómoda, agradable, con un estándar de vida genial... Puede ser verdad en algunas cuestiones y no tanto en otras. Una ciudad es una herramienta para vivir y, depende de lo que le pidas a la vida, la herramienta será buena o insatisfactoria. Aquí hay una autocomplacencia muy alta que produce una especie de parálisis. Una de las primeras preguntas que a mí me asombraban cuando vine al Artium era '¿pero qué necesidad tenemos de un museo de arte contemporáneo?' Y yo respondía 'mira, tu propia pregunta es la evidencia de cuán necesario es'. La autocomplacencia se resiste a la innovación y conduce al retroceso. Todo esto me parece un poco narcotizante.

-¿Cree que en Vitoria se discute mucho y se hace poco?

-La discusión fastidiosa es la que impide la ejecución de las ideas. A veces es una discusión política que no cuestiona las bondades técnicas de los proyectos, sino que se dedica al entorpecimiento institucional para que el opositor no pueda hacer lo deseable.

-El mismo Fernando Martínez de Viñaspre quería importar el «espíritu bibainazo» de tirar para adelante sin preguntar a nadie. Aconseje, que es usted de Bilbao.

-Consejos vendo y para mí no tengo, je, je... Hay ciudades como Bilbao que viven en una tensión permanente, una especie de insatisfacción que resulta de reconocer que las cuestiones son mejorables, que lo peor es quedarse quieto. Bilbao tiene desniveles topográficos, urbanísticos y sociales que generan una ansiedad para tomar decisiones de una manera mucho más resolutiva.

-¿Comparte la impresión de que el Artium es el lugar de los 'saraos'?

-Je, je, je... Es verdad que aquí hay muchos eventos sociales, pero es que forman parte de nuestra estrategia como centro cultural. Por una parte, me planteas que viene poca gente al museo y por otra, que viene gente a los 'saraos'. Fíjate en la paradoja, es la insatisfacción vitoriana. Hagas lo que hagas, alguien va a decir 'no'. Aquí caben 'saraos', pasarelas de moda, encuentros de todo tipo y hacemos un montón de actividades. Y por otra parte, son ingresos económicos que, por supuesto, buscamos y queremos. Decir que esto es un centro de 'saraos' me parece una caricatura.

Tres ofertas turísticas

-Usted dijo en 2005 que Vitoria y Álava se vendían bien, pero que el problema era atraer a los turistas. Pues ya están aquí y más con la huella de Gehry en Elciego.

-Y ojalá que esta tendencia vaya a más. Álava tiene tres cosas que ofrecer: arte contemporáneo, urbanismo medieval con la catedral y arquitectura en la Rioja, con gastronomía y vino. Lo de Gehry me parece muy bien. Lo que más me gusta de su edificio es lo que no se ve. Se sostiene sobre tres patas diagonales que convergen en un solo punto. El propio Gehry decía que el Guggenheim era un juego de niños comparado con lo que había hecho en Elciego.

-Usted echaba en falta un icono urbanístico. Seguirá esperando.

-Sí. Yo creo que el emblema era el edificio de Navarro Baldeweg. Y sigo pensando que La Senda era su lugar adecuado.

-¿Alucina con la polémica?

-Sí, claro. Forma parte de esas discusiones estériles y luchas políticas que han frustrado el proyecto. Aquí opina todo quisque de volumetría y de arquitectura, enmendándole la plana a Navarro Baldeweg. Joder, por Dios, da un poco de vergüenza.

-Siempre ha negado sentir celos de la catedral. ¿Ni siquiera tiene unos poquitos por la financiación pública de que dispone?

-Nosotros tenemos la financiación pública que necesitamos. Supongo que ellos tienen la que requieren sus complejos trabajos. Y además, nosotros somos capaces de conseguir un millón de euros al año por ingresos privados.

-Ya hay zanjas abiertas para el tranvía. ¿Por fin marcha algo fuerte?

-No sé si es fuerte. Es simplemente necesario. Creo que debería haber más líneas para cruzar radialmente la ciudad. El tranvía no va a ser emblemático, sino operativo para trabar los barrios en un cuerpo más compacto.

-Conoce la experiencia del tranvía en Bilbao. ¿Qué tal va?

-Al principio, mal. Ahora, de cine.

-Cuerda ha reaparecido para criticarlo duramente.

-Bueno, él rechazó el proyecto de tranvía que le ofreció el Gobierno vasco. Supongo que tiene que insistir en que no se equivocó.

 
Vocento

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