«Por tascas y panteones fui preguntando si ha habido algún torcido que muera amando. De otras cuadrillas, muchos; de Los Torcidos, ninguno». No hacen falta más comentarios para adivinar que esta cuadrilla de blusas, que enfiló su primer paseíllo allá por 1943, era «de armas tomar». Más de sesenta años después, su fama de «guerreros y juerguistas», dicen, no les ha abandonado.
Aunque como peña se disolvieron a principios de los cincuenta, Los Torcidos han conseguido a través de los años enderezar sus amistad como el mástil de un barco. Sin txapela y sin abarcas -«el hábito no hace al monje»-, pero con un claro sentido de que «blusa se nace y blusa se muere». Juntos hasta el final. En ese empeño siguen. Y es que, desde que en 1943 se enfundaron por primera vez el traje de la fiesta, no ha habido un solo año en que esta cuadrilla de viejos amigos haya dejado de celebrar un encuentro anual que cada vez se vuelve más nostálgico.
«Cuando fundamos la cuadrilla éramos más de treinta. Ahora sólo quedamos nueve. La verdad es que echamos mucho de menos aquellos años y a todos los que se han ido, pero es ley de vida», se resignaba ayer el 'torcido' Vicente Merino. «Al fin y al cabo, lo hemos pasado muy bien y eso es lo más importante».
Las anécdotas de sus tiempos mozos, que ayer volvieron a recordar, así lo atestiguan. «¿Cómo no acordarse, por ejemplo, de la Dorotea, de los cafés en el bar España o de las corridas de toros?», evocaban entre risas estos «nueve magníficos». «¿Ay! La Dorotea...», suspiraban todavía seis décadas después. A saber, la fémina en cuestión no fue una neska que les rompió el corazón en sus años adolescentes, sino una muñeca a escala real que terminó por convertirse en el símbolo de toda la peña. «Nos la regaló la abuela de Miguel Pascual 'El chileno', para que nos guardara en los paseíllos. Y, claro, el cachondeo con la muñeca fue bestial. La llevábamos atada a uno de los tobillos y Dorotea bailaba con nosotros», se cachondean todavía hoy.
«¿Y qué me decís de las canciones que le dedicábamos a la señora de Franco desde el tendido de la plaza de toros», se apresuraba a recordar Merino. «'La Mari Carmen no sabe coser, la Mari Carmen no sabe bordar...'». Más risas. Por cierto, que la entrada de sol para poder presenciar el espectáculo costaba entonces 18 pesetas. Y el abono, 32. O lo que es lo mismo, «un año entero de ahorro».
«Mamarrachadas»
Eran otros tiempos. Unos años en los que, según aseguran Los Torcidos, las cuadrillas estaban «mucho más unidas», en los que la devoción por las fiestas era «mayor y mucha más sentida» y en los que, por fortuna, no se hacían las «mamarrachadas» que se hacen ahora, atajan sin miramientos.
«Ya ni vamos a los paseíllos. Es muy triste ver en qué se están convirtiendo. Eso del día del guarro es asqueroso, por no hablar de lo sucios que se llevan hoy los trajes desde el primer día», protestan los veteranos. Lo dicen quienes hace ya más de medio siglo acudían «puntuales e impolutos» a San Miguel para honrar a su patrona. La misma por la que hoy piden ese mismo respeto y devoción. Amén.