Lunes, 13 de noviembre de 2006
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Félix de Azúa: «Sabíamos que Cataluña no era un oasis, sino una charca pestilente»
El intelectual catalán, uno de los promotores de Ciutadans, cree que es el momento de una política de gestión y no de sentimientos
Félix de Azúa: «Sabíamos  que Cataluña no era un oasis, sino una charca pestilente»
CRÍTICO. El escritor y catedrático Félix de Azúa, fotografiado en su despacho en Barcelona. / FOTOGRAFÍAS DE VICENS GIMÉNEZ
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Félix de Azúa (Barcelona 1944) es uno de los 16 intelectuales que hace año y medio pusieron las bases de Ciutadans, el partido que sin apenas medios económicos para la campaña electoral y a contracorriente de la tendencia dominante en Cataluña ha irrumpido en el Parlamento con tres diputados. Ensayista, novelista, poeta (fue uno de los 'novísimos' de Castellet ), catedrático de Estética en la Universidad de Barcelona, Azúa hace un diagnóstico de gran crudeza sobre la realidad de un país que durante muchos años ha parecido un modelo de estabilidad y pragmatismo. Completamente desligado del partido que contribuyó a crear, confía en él para sanear la política catalana y dar un paso trascendental hacia la modernidad: que la gente vote a quien mejor resuelva los problemas de su vida, y no por razones sentimentales o identitarias. Así lo explica en una entrevista concedida a este periódico.

-Desde fuera, Cataluña ha sido visto durante muchos años como un oasis, un país sin grandes conflictos, moderno. ¿Ustedes lo percibían también así?

-Había un grupo importante de gente, y no sólo los que podemos considerarnos 'insumisos', que sabía que esto no era un oasis sino una charca pestilente. El misterio es cómo se consiguió un control tan absoluto de la sociedad catalana, de sus medios, de los registros del poder, un clientelismo enorme... Durante el pujolismo, el país estaba en manos de mil personas. Pujol y CiU hicieron lo mismo que se dice del PP: recondujeron el franquismo catalán, que fue junto al vasco de los más fuertes de España. Durante muchísimos años aquí no se ha movido nadie sin el permiso de Convergencia. Desde que Pujol salió de la Generalitat han emergido otros polos de poder material, que hasta ahora se han tapado las vergüenzas unos a otros, y eso es lo que parece que se está quebrando.

-¿Cómo ha sido posible que el nacionalismo lo impregnara todo?

-Mediante el martilleo constante de cuatro ideas en una sociedad que nunca ha sido democrática. Ni Cataluña ni España lo han sido en los últimos tres siglos. Ese martilleo ha calado en gente en general más sentimental que racional, con mensajes muy simples: tú eres diferente (y eso equivale a 'tú vales más'), todos tus males son culpa de otro, etc. A eso hay que añadir un porcentaje pequeño de esta sociedad, pongamos que el 15%, que es Esquerra, y eso es otra cosa.

Nacionalismo y voto

-Aún hoy las encuestas dicen que la sociedad catalana no es en su mayoría independentista ni nacionalista, pero ha ido derivando en el voto hacia ahí.

-El discurso nacionalista ha llegado a ser mayoritario, pero sólo como discurso. Es la manera de hablar de la gente para sentirse en el núcleo de la sociedad. También pasaba algo de eso en el franquismo. Independentistas aquí hay muy pocos: serán de 100.000 a 200.000, no más. Lo que pasa es que se les oye mucho porque son intelectuales, periodistas, maestros, etc. Si se suma eso a los votos de CiU y ciertos sectores del PSC habría como mucho dos millones de soberanistas, sobre siete millones de catalanes.

-Usted critica a CiU y sin embargo la imagen que da es la de un partido sereno, con el que no es difícil alcanzar pactos.

-Somos críticos por una razón de orden casi moral. Es cierto que los moderados de CiU son gente mucho más seria que la de ERC, que además es un partido asambleario. Pero CiU tiene un nivel de sentimentalismo asfixiante: banderas, himnos, cánticos a la Virgen y citas continuas a Cataluña en sus textos, a centenares. Además, son muy agresivos con todo lo español. El problema es que CiU no controla sus mensajes sentimentales. Lo curioso es que hace seis años, Mas tenía una tarjeta de visita que ponía 'Arturo Mas', y hablaba en castellano. Eso indigna.

-¿Hay alguna relación entre ese nacionalismo generalizado y la baja participación electoral en las autonómicas?

-Es que ahí está la diferencia entre el discurso y la realidad. Si tú no tienes un discurso nacionalista es muy difícil que obtengas un trabajo en la red que controla la Generalitat, y que es enorme. Hoy hay que jurar los principios del Movimiento Nacional para lograr un empleo, pero luego está la convicción íntima, que no es nacionalista. La diferencia mayor con el País Vasco es que allí son dos millones y eso permite que el PNV controle muchísimo más.

-¿Qué diferencia hay entre catalanismo y nacionalismo?

-La hubo pero ya no: los convergentes eran nacionalistas y los socialistas, catalanistas. Los socialistas apoyaban las subvenciones al catalán, la inmersión lingüística, etc. pero siempre dentro de España, sin crear más conflicto. Eso cambió en la última legislatura, algo reconocido incluso por ellos, y así les ha ido.

-¿Nacionalismo y socialismo son incompatibles?

-Aquí los partidos nacionalistas se presentan como de izquierdas, pero eso es una falacia. En Europa, todos los partidos nacionalistas son de derechas o de extrema derecha. El nacionalismo pone por delante de todo lo demás la construcción de la patria. Ocurre que aquí muchos nacionalistas son viejos comunistas reciclados, que no quieren servir a los ciudadanos sino formarlos, como si fueran comisarios políticos o curas. Yo creo que eso va a cambiar. Va a ser lento, pero cambiará.

Grupos de poder

-Acaba de hablar de viejos comunistas. ¿Cree que el independentismo es hoy el reducto de quienes son anti-sistema?

-Los grupos extraparlamentarios independentistas permiten a los jóvenes ser agresivos y creerse superiores a los demás, porque no se tragan las patrañas del Estado. Es curioso lo que sucede: es cierto que hay quien piensa que ser nacionalista es ser desobediente porque se enfrenta al Estado. Y así se enfrentan a Madrid, o a la guerra de Iraq, que está lejos, pero no al poder más inmediato. El nacionalismo ha conseguido algo insólito: que los jóvenes no se rebelen contra sus padres o sus abuelos; que no se enfrenten a los negocios de CiU.

-¿Es posible no ser nacionalista de nada?

-Creo que debemos ser postnacionalistas. Los nacionalistas han tenido su papel en España, pero eso ahora hay que superarlo; hay que pasar a la política real y dejarse de la política sentimental y simbólica. Eso incluye, por supuesto, al nacionalismo español, que desde luego no es Zapatero ni el PP, como dicen algunos, sino la ultraderecha. Si nosotros fuéramos nacionalistas españoles, de lo que se nos acusa, exigiríamos el Bachillerato en castellano, o que en lugar de cantar 'Els Segadors' se cantara el himno español. Y no lo hacemos. Hay que meter en la cabeza de la gente que el nacionalismo se ha acabado, que hay que ir a otra cosa.

-En Cataluña no hay izquierda ni derecha, sino grupos de poder organizados en partidos. Lo ha dicho usted. Ciutadans también puede convertirse en un grupo de poder.

-Yo guardo resabios de mis estudios de materialismo, y tiendo a pensar que las democracias son mecanismos de control social, y no otra cosa. Por eso, detrás de cada partido hay un grupo de poder. Hay sitios donde están enfrentados y por eso hay debate político. Pasa en Madrid, por ejemplo. Pero en Cataluña no ha sucedido eso. Si Ciudadanos va ganando cuota de poder, tendrá que elegir financiación. Creo que su fuerza es que se ha comprometido a que sus cuentas sean claras. No me importa que los partidos sean engranajes del poder, lo que quiero es que se sepa.

-¿Son ustedes más bien de izquierdas?

-Entre los fundadores había de todo, aunque más gente de izquierda, sobre todo votantes del PSC y también algunos comunistas. En el partido prevalece el carácter socialdemócrata en lo social y liberal en lo económico.

-Acaba de hablar de los fundadores, un grupo de intelectuales muy conocidos. ¿Por qué se quedaron al margen del partido cuando llegó el momento de competir en las urnas?

-Todos tenemos nuestras profesiones y era lógico que no las dejáramos. Pero es que además somos muy viejos. Es importante que haya entrado en el Parlamento gente tan joven, que tiene los mismos problemas que los ciudadanos: la hipoteca, la falta de guarderías para los niños... Por primera vez, un líder político no tiene 50 años.

Gestión e ideología

-En esta época de partidos de masas, un partido promovido por notables siempre genera desconfianza. ¿Lo nota usted en su círculo?

-He notado reacciones diversas: una, la que más duele, es la de quienes eran próximos y ahora te rechazan y se alejan de ti como si fueras un apestado porque temen que si nos ven juntos peligren sus subvenciones. En cambio, la mayoría de la sociedad catalana es muy tolerante y separa con nitidez la amistad de las ideas políticas. Eso es lo que más he notado. Luego hay un tercer grupo, el de la gente que te sorprende porque tú creías que eran del aparato y resulta que se acercan y te dicen que están contigo, que han votado a Ciudadanos.

-¿Teme que la práctica política termine por integrarles en el sistema?

-Ese es el temor, claro. Y ahora ya es cosa de ellos, de quienes dirigen el partido. Rivera, su presidente, me produce una seguridad muy grande. Luego, a medida que el partido se amplíe, tendrán que ir con mucho cuidado.

-Ya hay rumores de que van a extender la fórmula a otros lugares...

-A mí me parece que es muy pronto para eso. Rivera tampoco está por la labor.

-¿Qué porvenir augura a Cataluña con el nuevo Gobierno?zy desarrollo del Estatuto que debate identitario.

-Por una parte, no tenían más remedio que decirlo, después de la fuerte caída del PSC. Pero ha quedado de manifiesto que en este mundo no hay moral. Los partidos quieren el poder, lo necesitan, se financian gracias a él... Creo que los socialistas están dispuestos a apartar a algunos que en realidad parecen infiltrados que deberían estar en ERC. Y en lo que respecta a este partido, es una organización asamblearia y habrá que ver si aceptan quedarse en la gestión o quieren más cosas, porque si es así puede ser un Gobierno bastante caótico.

-Ese Gobierno es de los llamados transversales. ¿Le gusta el modelo?

-Soy partidario de la transversalidad, porque las sociedades de ahora lo son. Pero yo pondría el objetivo en la consecución de una democracia más egoísta, en el sentido de que la gente vote más por el partido que le va a facilitar el pago de su hipoteca, o la sanidad, y menos por razones ideológicas. Mi esperanza es que triunfen las posiciones más técnicas y se acabe la ideologización, que es algo muy tercermundista. El sistema democrático está para que nos olvidemos de la política, no para que estemos en ella continuamente, y podamos dedicarnos a nuestros intereses. Porque si no es así, sería mejor una dictadura.

 
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