A mí me gusta ir a la Plaza. No sólo compro carne, sino que me insulto con el carnicero, le tomo y me toma el pelo. Más él a mí que yo a él, porque está bastante calvo y, claro, no tengo de donde agarrar (chincha, Dani). Persona es excelente; profesional, muy bueno; pero también es muy enredador. ¿Qué le vamos a hacer! Salvo cuando tengo prisa, mientras aguardo la vez disfruto como un chipirón de hacer las compras a la vieja usanza, hablando con los tenderos, cambiando recetas o enterándome de lo bien que crece la preciosa nena de Imanol, el pescatero.
Pero las entradas a la Plaza presentan a veces un aspecto penoso. Los soportales sirven de campamento diurno para personas, para qué nos vamos a engañar, de mala catadura. Es un problema muy serio, porque puedo sentir compasión por su indigencia, pero también hacen cosas -aliviar sus vejigas o decir groserías, que lo he visto- que complican a los ciudadanos quizá no la vida, pero sí la percepción estética del mundo. Desde su situación de marginados, en la que parecen no tener nada que perder ¿disponen de bula para saltarse las elementales reglas de convivencia? No es delito permanecer sin hacer nada en un espacio público y la autoridad poco puede hacer. Me han contado que algunos han hecho cosas más graves y entonces interviene la Policía. Ignoro la solución del problema, pero sé que los comerciantes tienen razón en su queja. Como cliente, les apoyo.