«Las personas sin herederos y que mueren sin testar no suelen tener grandes propiedades», advierte el secretario general de la Delegación de Economía y Hacienda en Álava, Ángel Abaitua. Es más, asegura que, en líneas generales, suelen ser gente de recursos más bien modestos. Pero siempre hay excepciones Así, una de las siete herencias que se repartirán a principios de 2007 asciende a 341.496 euros.
Aunque Abaitua asegura que «no suelen ser casos llamativos» de gente ni muy rica ni muy pobre, recuerda una historia que sí le llamó la atención. Su protagonista es un hombre de aspecto descuidado que recogía cartones por las calles de Vitoria. Por eso, cuando murió, a los funcionarios de Hacienda no les extrañó que hubiera vivido en una buhardilla «llena de basura».
La sorpresa se la llevaron al comprobar que tenía 75.000 euros -12,5 millones de las antiguas pesetas- en cuentas bancarias a plazo fijo. Este dinero, sumado a los 70.000 euros obtenidos de la venta del piso, dio lugar a una herencia importante.
¿Qué se hace con los objetos y muebles de las personas que fallecen y no hay quien se haga cargo de ellos? Si no son de valor, el Estado se deshace de ellos. Los que merecen la pena se venden. Es el caso de una pequeña colección de joyas -tres pulseras, dos sortijas, un juego de pendientes y un reloj de oro- de una anciana que terminó sus días en un geriátrico de Vitoria.
¿Hay quien deja la herencia al Estado? Alguna vez. Hacienda tiene sobre la mesa el testamento de un militar, viudo y sin hijos, que distribuye sus bienes en seis partes. Cinco de ellas, por valor de 60.000 euros cada una, son para dos parroquias navarras, Cruz Roja de España, Unicef y la asociación de Caballeros Inválidos y Mutilados de España. La sexta, una casa, se la ha legado al batallón de Flandes, es decir, al Ministerio de Defensa.