Da igual un chavalito que apenas balbucea, un adulto o un abuelete con boina. Seguro que todos ellos han sentido el imán poderoso de la Coca-Cola, tal vez la marca más internacional posible. Cualquier bar del Marruecos seco, perdido entre arenas infinitas entre Ourzazate y Er-Rachidia, luce el cartel de la firma en árabe y sirve la chispa de la vida mientras suena Julio Iglesias. Palabrita que no es inventado.
Sobre el refresco de Atlanta, la máquina inmisericorde de facturar dinero, la fábrica de anuncios extraordinarios, ha levantado su afición Roberto Curiel. Vitoriano de 37 años, regenta su bar Donosti en Los Herrán, casi enfrente de la 'estación' de autobuses. Y para la ocasión, este reportaje, ha compuesto una muestra sobre el producto.
«De viaje por Marruecos me llamó la atención una botella de Coca-Cola porque era diferente. Y me la traje. De eso hará ya doce años». Y desde entonces, Roberto se ha dedicado a incrementar su repertorio. Bien a través de vacaciones propias, «incluida la luna de miel», por Portugal, Cuba, Colombia, Brasil, Jamaica y México. O si no, con aportaciones desinteresadas. «Primero eran familiares, luego clientes, después el primo del amigo de...».
Tiene ejemplares curiosos y peculiaridades propias de la geopolítica. Muestra un envase de la cubana Tukola «porque allí no dejan vender Coca-Cola» y otro de la Mecacola árabe. En total, botellas y latas procedentes de casi doscientos países.
Lo más llamativo
Entre lo más llamativo del muestrario figuran dos vidrios de una seria limitada a 5.000 ejemplares que la firma lanzó con motivo del Mundial de 'naranjito' (1982); una botella china de aluminio; otra de titanio con saber a café puramente americana; «la metrosexual, como la llamo yo» rosa y de diseño italiana que es 'light'; otra verde del Mundial mexicano; la dorada con auténtica denominación de origen porque conmemora los Juegos Olímpicos de Atlanta, cuna de la compañía...
Una mirada a la estantería que ha colocado en un rincón de su bar obliga a detener los ojos en unos frasquitos de juguete, que parecen simples simulacros de la bebida. Casi tan diminutas como las muestras de colonia son las seis botellitas en miniatura, traídas de Venezuela. Que no se entere Chávez en su cruzada anti-USA. Y más arriba, una pequeña vidriera contiene «la colección entera y limitada» que la marca ha sacado de sus distintos envases. Cada uno con el eslogan publicitario correspondiente a la época.
También hay botellas churriguerescas, de arabescos casi imposibles «que sacaron en plan márketing», abridores, chapas, el camión de juguete cuya cisterna es una lata, gorros de Papá Noel con las letras de la firma y un puzzle de 5.000 piezas que asemeja un cartel publicitario. ¿Y la más grande? «La española de litro, en cristal, por la que nos daben un duro si devolvíamos el casco».
Roberto se queja de que la publicidad gratuita que a Coca-Cola le depara su afición no encuentra respuesta alguna en forma de una mísera caja de regalo. Pero en fin, él sigue y planea. «El árbol de Navidad del bar lo voy a decorar entero con objetos de Coca-Cola». A un par de metros, en una mesa, los parroquianos juegan la partida ajenos al tesoro.