El 9 de enero de este año y hace unas semanas, el 23 de octubre, nos hicimos eco de la enorme inquietud reinante en Lagrán y Pipaón por los planes urbanísticos que tratan de desfigurar ambas villas de la Montaña Alavesa, las dos pertenecientes al mismo Ayuntamiento.
El sábado pasado, día 9 de diciembre, tuvo lugar en Lagrán una manifestación, con la presencia de varios centenares de personas de todas las edades. Como interesados en todo lo referente al patrimonio, estuvimos allí, escuchando la queja de la gente ante una alcaldada sin pies ni cabeza. Pero lo que más nos gustó fue el texto leído al final, suscrito por las Plataformas Ciudadanas contra la Reforma de las Normas Subsidiarias de Lagrán y Pipaón. Es un texto modélico, que pueden copiar y aplicarse tantos y tantos pueblos, grandes y pequeños. Es una llamada a la sensatez, dentro de un espíritu de amor a los pueblos, cuya vida no debe ser salvajemente cortada por unas decisiones gravísimas. Los pueblos deben seguir viviendo y han de salvarse de la decadencia, pero no por los caminos disparatados que algunos proponen, una bomba contra la convivencia y el equilibrio social y cultural. Vean ustedes el escrito, lúcido y tajante, cuyo título es '¿Por qué nos oponemos a estas normas subsidiarias?'. Dice así:
«Nos oponemos a estas normas porque consideramos desproporcionado e innecesario un plan que pretende multiplicar por dos el número de casas y por diez el número de habitantes en el municipio de Lagrán. Queremos una normas que regulen y ordenen el crecimiento urbano, pero que al mismo tiempo sean respetuosas con el medio ambiente, que impulsen el desarrollo sostenible de estos pueblos y que se ajusten a las necesidades reales de quienes viven aquí.
Nos oponemos a estas normas subsidiarias porque van a disparar la especulación inmobiliaria, pero difícilmente van a facilitar el asentamiento de nuevos vecinos a tiempo completo. Estamos por la creación de empleo estable y por la difusión de un tipo de vivienda que atraiga a jóvenes parejas, no por la innecesaria construcción de cientos de chalets que van a permanecer cerrados la mayor parte del año.
Nos oponemos a estas normas subsidiarias porque van a provocar una avalancha de residentes que pueden acabar con nuestras tradiciones socioculturales. Naturalmente que deseamos la llegada de nuevos pobladores; pero también deseamos que se haga de forma pausada, respetando los equilibrios existentes, para que los recién llegados se puedan integrar y hacer suyas las costunmbres, los ritos y las fiestas que rigen la vida de estos pueblos. No queremos que se repitan las desafortunadas experiencias de lugares no tan alejados de aquí, donde los viejos y los nuevos residentes viven de espaldas, formando dos comunidades extrañas y enfrentadas entre sí.
Finalmente, también nos oponemos a estas normas subsidiarias por la forma en que se han tramitado. Pasaron ya los tiempos del despotismo ilustrado, donde los pueblos no tenían arte ni parte en los planes de Gobierno. Como miembros de la comunidad exigimos más información, más participación y mayor consenso en un proyecto de tanta envergadira y que tanto nos afecta a todos».
Ahora hay que esperar que el Ayuntamiento dé marcha atrás. Es también muy de desear que la Diputación y el Gobierno vasco tomen cartas en el asunto. Comprendemos que las normas subsidiarios son competencia de los Ayuntamientos, pero ¿también cuando se amenaza gravemente el presente y el futuro de esos Ayuntamientos? Las instituciones no pueden contentarse con practicar lo que alguien ha llamado el 'gestionismo'. Tienen que hacer más: una política clara de patrimonio, de respeto y de futuro humano.
Una rectificación
En nuestro artículo de la semana pasada, al hablar de 'La Lauria', se deslizó un error, por el que pedimos disculpas. Los cuatro pueblos de esa parzonería son Trokoniz, Añua, Hijona y Egileta. De manera que en nuestra mención sobraba Azilu y faltaba Añua.