Fría acogida a la reforma y críticas casi unánimes a la eliminación de los jardines. Un día después de que el alcalde de Vitoria, Alfonso Alonso, iniciara la contratación de la remodelación de la plaza de la Virgen Blanca, EL CORREO salió ayer a la calle para conocer la opinión de los ciudadanos sobre el cambio proyectado para el rincón público más emblemático de la capital. ¿Conclusión? La sustitución de las zonas verdes por granito rubio, como el de la plaza de España, no convence a la mayoría.
En otoño, la Virgen Blanca volverá a ser un espacio diáfano, sin las grandes jardineras geométricas que han marcado su estética en los últimos 90 años. Adoptada la decisión, el debate se traslada ahora a la calle, donde ayer la inmensa mayoría de los consultados se echaba las manos a la cabeza ante lo que muchos tildaron de «chapuza» o «sinsentido». «Una terraza de cemento, eso es lo que creo que va a parecer», valoraba Aintzane Olabarri. A sus 22 años, a esta estudiante de Psicología le gusta la plaza «como está». Y añade: «de hacer algo, debería ser algo atractivo, que luzca tanto de día como de noche».
Mireia Jiménez y Lola Rubio -27 y 25 años, economista y creativa- suscribían sus palabras. «Vitoria presume de ser una ciudad verde y ahora, de buenas a primeras, se cargan los jardines de la foto de la ciudad. Menos mal que, por lo menos, se va a respetar el monumento». Y es que, por más que el alcalde calificara el viernes los actuales parterres como «de otras épocas», este periódico pudo comprobar ayer cómo los jardines de la Virgen Blanca gustan más a los jóvenes que a los mayores. «No entiendo a cuento de qué se van a cargar las jardineras. Es un sinsentido. En el centro hay poco verde y si nos lo quitan va a quedar todo gris. A simple vista, no me gusta nada», se sinceraba Oier Markinez, un joven desempleado de 28 años. Su amigo, José Ramón Arévalo, hacía suyo el análisis.
«Muestrario de baldosas»
Algo más benevolente fue el ofrecido por Estíbaliz Sánchez. Tiene 31 años, es limpiadora y, aunque cree que «la plaza necesita un lavado de cara», considera que, tras la reforma, la Virgen Blanca va a quedar convertida en «un muestrario de baldosas». «A mí me gustan los jardines pero, además, considero que se ha querido hacer algo súper moderno y lo único que se va a conseguir es destrozar la conexión entre el Casco Viejo y el Ensanche», apostillaba.
Su primo, Óscar Ruiz, le interrumpía a renglón seguido. «Yo estoy encantado con el nuevo proyecto. Ya era hora de que se hiciera algo moderno y diferente aunque, teniendo en cuenta cómo se hacen las obras en esta ciudad, ya me veo en el chupinazo con vallas y excavadoras alrededor», ironizaba este celador de 27 años.
Por lo demás, y probado que «la plaza de la Virgen Blanca es a Vitoria lo que la Torre Eiffel a París» -lo decía Miren Zabala, ama de casa de 52 años-, el proyecto convence.
«La reforma servirá para mejorar la plaza. Estoy convencido. Lo que más me gusta es que se vaya a respetar el monumento porque es parte de la historia de esta ciudad y no se puede eliminar de un plumazo». Era la opinión de Tato Fernández, un jubilado de 69 años que compartía a pies juntillas el análisis dado por Máximo Valencia, gran devoto de la Virgen Blanca. «Los bancos y el pavimento están muy deteriorados y hacía falta reformar. Está claro que el proyecto no va a gustar a todo el mundo, pero para hacer algo hay que cambiar otra cosa y yo creo que va a quedar muy bonita».
«Pero, ¿bancos pondrán, no?». La pregunta le salía del alma al siguiente de los encuestados, Jesús Rodríguez. «Es que, para dar paseos ya tenemos muchos sitios», se explicaba. «Pero, mientras sea para bien -añadía Enrique Cárdenas- que hagan lo que quieran». Lo cierto es que, aunque escasos en el proyecto inicial, los bancos llevarán incorporada su propia iluminación ornamental, lo mismo que las fuentes, que Vitoria copiará a Lyon y León. Ambos elementos fueron aplaudidos, sin fisuras, por la mayoría de los encuestados. «Brillar, va a brillar como nunca», zanjó Beatriz Agüero.