Apenas he tenido tiempo de disfrutar de mis nuevos juguetes, y en unas horas tengo que volver a crecer, figuradamente por desgracia, al tiempo que corregir el crecimiento horizontal de las últimas semanas. Mi teoría, diga lo que diga Ramón García, es que el nuevo año comienza el primer lunes después de Reyes, momento en el que el personal despierta de una fantasía de cuentas corrientes y estómagos sin fin, a una nueva vida de deudas e inservible ropero. Con todo, y fieles a la condición humana, el gasto referente a sus majestades de oriente ha quedado un año más reservado a los últimos minutos, para disfrutar así del festival de precios y de una adaptación libre del célebre juego de las sillas, con los huecos de aparcamiento como disputadas sillas, y los coches como culos; creo que acabo de entender que cuando aquel hombre me mandó a tomar por ídem, sólo estaba tratando de ayudar; se ve que jugábamos en el mismo equipo. Estas cosas no les pasan a los Reyes Magos, que, hasta donde se sabe, ni son reyes ni son magos, pero son muy simpáticos; porque ellos se mueven en lo más parecido a una bicicleta que les permite su contexto histórico.
Hablando de buenas intenciones, un estudio afirma que uno de cada tres propósitos de Año Nuevo se abandona en una semana, uno de cada siete apenas sobrevive unas horas, y el 14% muere en un día. Creo que el primero en caer ha sido el de apuntarse al gimnasio, tras aceptar como ejercicio suficiente el intentar, a pulmón, hacer cima en la dura cuesta de enero.