La historia de Uri está cargada de dolor, como suele ocurrir casi siempre en estos casos. En los últimos meses, sin embargo, tiene que apechugar tambien con el frío y los rigores de la intemperie. Pero vive también con una cierta sensación de libertad con la que él asegura «disfrutar» aunque, al mismo tiempo, muestra su disposisión a «cambiar de vida» de nuevo si se terciara.
Uri es «un llodiano de la avenida Zumalakarregi», pero desde el pasado mes de junio vive en la calle. En ese tiempo ha pasado ya por el parque de Lamuza, las inmediaciones de la Casa de Cultura y en las últimas semanas ha buscado acomodo en el pórtico de la iglesia de San Pedro.
Hasta allí se desplazó con sus pertenencias, no demasiadas, pero poco a poco han ido desapareciendo. «Alguien se llevó primero mi bicicleta. Siempre se la dejaba a la gente que me la pedía para dar una vuelta, pero un día ya no volvió», explica con resignación.
También le falta un saco de dormir y un cojín. Son objetos que echa en falta, de forma muy especial durante esos días, en los que el frío es más intenso por las noches.
El joven llodiano pasa el tiempo escuchando música en un casete portátil que se lleva una parte importante de sus ingresos. «No gano para pilas» se lamenta, mientras la música heavy suena en el aparato y comparte los escasos rayos de sol, junto a un bocadillo y una cerveza, con un amigo que ha ido a verle.
Las mañanas las aprovecha para pasear mientras procura ayudar «si alguien me lo pide. Les indico por dónde se va a un lugar cuando me preguntan o recojo cosas que la gente se deja olvidadas en el pórtico». De momento sobrevive como puede gracias al subsidio de desempleo, que no le llega para pagar una casa, «pero no pido nada a nadie. Lo único que quiero es que me dejen como estoy», insiste.
Cocinero
Uri tiene 36 años y su último trabajo fue de cocinero. «Siempre he cumplido con mis obligaciones» --explica-, «pero ahora estoy un poco confuso y no sé muy bien qué hacer con mi vida».
Se considera afortunado porque en estos siete meses «he aprendido mucho. Parece que hay personas a las que les molesta que esté aquí y preferirían que me escondiera», explica. Ha tenido enfrentamientos con los vecinos en varias ocasiones cuando decidió que los portales podrían ser un buen lugar para dormir.
A pesar de todo, Uri cree que su experiencia en la calle está siendo positiva porque disfruta de una libertad plena, aunque ha aprendido a desconfiar porque «la gente me ofrece cosas y luego no se atreve a dármelas, pero yo siempre las devuelvo».
Sus raíces llodianas le hacen sentirse a gusto en el lugar que ha elegido para vivir y de momento no tiene intenciones de abandonar su «casa» en el pórtico de la iglesia.