Viernes, 12 de enero de 2007
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SOCIEDAD

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«La pobreza en Paraguay se presenta ante tus narices, en pleno casco urbano»
Nerea Hidalgo ha trabajado con los niños marginados de ese país, uno de los más pobres de Sudamérica «Cuando un chiquillo abandonaba la marginación, otro lo reemplazaba»
Nerea Hidalgo acaba de regresar de Paraguay, un país en el que ha llevado a cabo actividades de evaluación de proyectos de Unicef. Este país no es un destino habitual de la cooperación al desarrollo ni tampoco un objetivo del turismo. «Pasa desapercibido para todos, incluso para sus propios habitantes», confiesa. «Es un lugar anodino, poco organizado, tanto a nivel de infraestructuras como socialmente».

El año pasado esta joven economista de Trapagaran realizó una labor similar en Ecuador. Durante su estancia en la cordillera andina se alojó en una casa de adobe característica de la región, mientras que en Asunción residía en un piso de la capital. Pero, a pesar de gozar de agua corriente, electricidad y aire acondicionado, Nerea Hidalgo reconoce que su experiencia ha sido aún más dura. «Sobre todo, psicológicamente», confiesa.

En el portal de su casa, entre cartones, se refugiaba una familia entera. «Había pobreza, pero no veías la implicación social, la lucha por mejorar su condición», recuerda. «La miseria aparecía ante tus narices en pleno casco urbano, donde tú trabajabas todos los días».

El centro histórico, dice, se encuentra invadido por los recién llegados del campo, instalados en las riberas del río Paraguay. «En las riberas, donde no se construye por el riesgo de crecidas, montan sus chabolas», indica. «Su pobreza era extrema porque, al menos, en el campo cuentan con una huerta que puede mantener a los suyos, aunque no dispongan de hospital ni escuela».

Habla de alcoholismo y delincuencia, de muchachas de catorce años dedicadas a la prostitución, de menores trabajadores, de violencia en el hogar, y también de niños de la calle que recurrían al robo para sobrevivir. «Se puso en marcha un proyecto para asesorar técnica y económicamente a sus padres y recuperar a los pequeños de las aceras, pero cuando abandonaban la marginación, otros los reemplazaban».

Los menores, las mujeres y la población indígena, muy escasa, son los más excluidos dentro de un sistema muy clasista. «Existe un verdadero abismo entre ricos y pobres y falta la conciencia sobre la existencia de derechos y deberes, y que hay que reivindicarlos».

Actualmente, Nerea estudia un master en Bilbao. «También descanso porque la cooperación, como cualquier otro trabajo social, quema mucho», admite.

Pocos resultados

Tal y como explica, los proyectos que se ponían en marcha en Ecuador se ejecutaban correctamente y las iniciativas en Paraguay requerían de mayor paciencia. «A veces, se necesitaba mucho esfuerzo para obtener pocos resultados o desiguales, o, tal vez, que se fuera por tierra». No lo define como una forma de ayuda que trasciende las fronteras. «No es dar algo a aquellos pobrecitos, sino colaborar, compartir porque, ¿quién es más pobre? ¿ellos o nosotros, enganchados a internet, al móvil y a la necesidad de comprar para sentirnos satisfechos?». Su concepción de la vida ha cambiado tras sus dos estancias. «Tú crees que lo sabes todo y allí, en el Sur, descubres que lo importante no es tener cosas ni satisfacer la cantidad de necesidades fomentadas que hemos aprehendido, sino la cercanía a la gente, la afectividad. Sufres penurias, pero, de todas maneras, tú no dejas de ser el españolito que acude respaldado por tu seguro médico» .

Para Nerea el mayor problema no radica en los sacrificios ni en el cambio de costumbres que comporta cada misión, sino en la vuelta a España. «Todo lo que has experimentado te aleja de tu propia sociedad y, aunque trato de cuidar el contacto con los míos, entiendo que tengo una responsabilidad, que no puedo mirar hacia otro lado», explica la cooperante vizcaína residente en Trapagaran. «Si existen injusticias hay que hacer algo para que no permanezcan», remacha la joven Nerea Hidalgo.

 
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