Limpia y vacía como una explanada, con árboles, con kioscos, con fuentes en el centro, con puestos de mercaderes, con distintos edificios y decorados, la principal ágora vitoriana, «nuestra foto de ciudad», en palabras de Antonio Rivera nunca ha sido igual a como la conocemos. También tuvo diversos y curiosos nombres a lo largo de la historia desde que se configuró un espacio abierto, El Rabal, con el primer ensanche de la ciudad, el de Alfonso VIII en 1202, que creó las calles de Zapatería, Herrería y Correría. Y posteriormente, Olaguíbel le dio el sello de verdadera plaza en el siglo XVIII. Se la conoció como plaza Mayor, el Mentirón, vieja de Castilla, de la sartén, la gran plaza, incluso de Sevilla (en honor de Espartero), según Venancio del Val.
El actual nombre se aprobó el 20 de octubre de 1901 y el monumento a la Batalla de Vitoria, inaugurado en 1917, puso el decorado actual. Un siglo así y seis de otras maneras. La polémica, sin embargo, ha estallado cuando el equipo de gobierno municipal -que dirige el PP en minoría- ha intentado reformar el foro diseñado a principios del siglo XX. Primero con un fallido concurso al que se presentaron tres empresas. Y en estos momentos, con un proyecto elaborado por los servicios técnicos municipales que ha suscitado tal debate ciudadano que puede llegar incluso a provocar un referéndum, si los grupos municipales lo aprueban en pleno. Un grupo de arquitectos y diseñadores consultados por EL CORREO opinan, precisamente, sobre esta futura reforma.
«Una postal reconocida»
Todos los encuestados coinciden en que la plaza de la Virgen Blanca es el lugar más emblemático de la capital alavesa. Su postal más reconocida, pero también el espacio donde acuden los vitorianos para celebrar las cosas importantes: el comienzo de las fiestas con la bajada de Celedón, el Rosario de la Aurora, las grandes victorias deportivas del Baskonia o el Alavés y todas las manifestaciones políticas. La importancia de actuar en este escenario simbólico está fuera de toda duda.
Los elogios son unánimes al dar valor único, excepcional, como una de las grandes plazas del mundo, a un espacio triangular cuyas líneas convergen hacia la iglesia de San Miguel, su pórtico, la balconada y la hornacina de la patrona. «Ese plano inclinado que focaliza la mirada hacia la imagen de la Virgen, junto a los diferentes edificios y sus miradores son los que le dan un encanto especial», afirma el arquitecto Ramón Ruiz Cuevas.
Aunque todos convienen en que la información que se ha conocido y los dibujos son «insuficientes» para valorar el proyecto de una manera rigurosa, sí lo tildan de «poco ambicioso», «modesto, de poco contenido, sin carácter ni identidad», en palabras de la editora de la revista internacional de arquitectura 'a+t', Aurora Fernández. Y mucha culpa de eso la tiene no encarar el problema mayor de la plaza, el monumento, al que la mayoría quiere ver fuera de donde está. En el plan municipal se mantiene intacto.
«Una mala falla»
Para el diseñador de museos Gorka Ochoa de Alda «la falla»-así denomina la escultura de Borrás, que fue maestro fallero- «es mala, está deteriorada y estorba». Con otras palabras, pero argumentos parecidos, siete de los ocho consultados piden el traslado de la obra. «Quien la quite perderá votos», advierte el arquitecto Ramón Ruiz Cuevas.
El concepto más novedoso de la nueva configuración propuesta es la desaparición de los parterres, «algo decadente», «y que mejorará el tránsito peatonal», según Ángel Bellido, presidente del Colegio de Arquitectos. «Están bien para otros lugares, pero no aquí porque el uso cotidiano aconseja la plaza dura», apostilla Javier González de Durana, director del Museo Artium. Este punto lo aplauden todos, pero discrepan en la alternativa. ¿Algo verde? Ochoa de Alda cree imprescindible «algún elemento vegetal, además del agua, aunque sea teñir los suelos para hacer recorridos». El abad de la Cofradía de la Virgen Blanca, Ricardo Sáenz de Heredia, se posiciona en contra de las plazas duras. «No digo mantener los jardines, pero sí algo que dé calor cuando el espacio se queda vacío».
Algunos encuestados le piden algo más que un «lavado de cara» al Ayuntamiento. «El lugar más importante de Vitoria merecía más tiempo y rigor, dedicarle algo más que una simple operación de maquillaje que, por otro lado, sale carísima», señala el arquitecto foral José Luis Catón, diseñador de edificios como el de Hacienda o el Artium. «Una actuación así no puede estar sometida a más condicionantes políticos que arquitectónicos. Se limpia la cara de la plaza, que buena falta le hace, pero sin valentía». «Esperaba algo más atrevido, arriesgado e innovador. Si se va a hacer un cambio que se haga con todas las consecuencias», apunta Inma Otalora, diseñadora de interiores. «Actuar en el pavimento o en los bancos es una simple reforma de mobiliario», agrega. En esa línea, Ángel Bellido piensa que debía haberse organizado un concurso de arquitectos y no de empresas como el que se llevó adelante sin éxito.
Tráfico y fuentes
Aunque critican olvidos como una solución definitiva al callejón del bar Deportivo y no comparte que se deje el tráfico para autobuses urbanos, algún encuestado como Javier González de Durana, considera que el proyecto mejorará el estado «lamentable de la plaza» y su uso en momentos muy especiales.
No hay acuerdo sobre las fuentes del proyecto municipal que recuerdan que tradicionalmente siempre hubo surtidores en la plaza, desde las medievales Mayor y Triana a las de María Victoria o Isabel II. Ángel Bellido opina que es un acierto optar por ese tipo de elemento ornamental y de juego. Lo contrario piensa González de Durana «puesto que el desnivel provocará flujos de agua contínuos fuera de los depósitos de las instalaciones». El debate no ha hecho más que empezar.