Tiene su interés la decisión de la Administración de Bangkok de fomentar la siesta entre los trabajadores buscando un mayor rendimiento laboral. Lástima que haya tantos asuntos que nos quitan el sueño; sin ir más lejos, en esta ciudad la vivienda se ha convertido en un sueño inalcanzable (e inconciliable) para unos, y en una pesadilla pseudo-marbellí de la que despertar para otros.
Justo es decir que la medida afecta únicamente a los funcionarios, que en Bangkok también parecen gozar de considerables ventajas laborales; pero qué quieren que les diga, con todo, me resulta más grato un «me despierto en media hora» que un «vuelva usted mañana»; y entre un cigarrito furtivo acompañado de ¿café? de máquina o una cabezadita reparadora en una sala salpicada de velas aromáticas y música relajante no hay color. Huelga decir que por música no se entiende melodía de móvil alguna, por fiel a la canción original que sea.
Por cierto, los móviles, ya que lo preguntan, deberían controlarse más allá de las salas de sesteo, para evitar situaciones como la de esa niña que, aburrida de sus juguetes, utilizó el de su padre para llamar 1.175 veces al número de emergencias; o la grabación y multitudinaria difusión del ya célebre vídeo que ha sumido en una definitiva siesta al niño estadounidense que murió tratando de imitar la ejecución de Sadam Hussein.
Ya ven, después de todo, parece que la prueba del polígrafo no es lo peor que puede verse por televisión, y así no hay quien pegue ojo.