José Antonio Carbajo es un representante de la meseta castellana. Nació en el mismo pueblo que el abuelo de Leopoldo Calvo Sotelo, el presidente del Gobierno al que Tejero quiso arruinarle la proclamación, pero ha vivido la mitad de sus días en Vitoria. A sus 63 años, este elaborador y coleccionista de palomares lleva seis prejubilado de Michelin, la gran factoría que encarnaba sus sueños.
José Antonio se siente satisfecho de las decisiones que ha tomado. No le gustaba vivir y trabajar en Meneses de Campos, un pueblecito que apenas ronda los cien habitantes en invierno. «Allí sólo me podía dedicar a la labranza, a las ovejas o a ser albañil. Estuve años de albañil y podía haber vivido bien allí, pero quería trabajar en la ciudad y en una fábrica grande. También y, sobre todo, por los hijos. Para ellos es más fácil estudiar en la capital».
Así que marchó a Palencia, después a Valladolid -no le hubiese importado enrolarse en la Renault-, retornó a León, pasó por Zamora y luego de patearse toda la Tierra de Campos, hizo la maleta para Vitoria. «Me encanta esta ciudad. Es muy bonita y cómoda para la gente». Lo dice nada más llegar del centro cívico Lakua, donde manipula el barro con el que reproduce los palomares. Sólo manda un reproche, en voz baja por si se molestan, a las instituciones. Ni el Ayuntamiento ni la Diputación le han cedido algún local para su colección. «Y gustaría, ¿eh?».
Al menos ha entusiasmado en Castilla y León. José Antonio expuso en Meneses y un periodista de 'El Norte de Castilla' le convenció para trasladar sus muestras a Paredes de Nava. Localidad natal del redactor y, sobre todo, cuna de genios como el poeta Jorge Manrique o el escultor Berruguete.
La exposición es, teóricamente, itinerante. Pero no parece que los de Paredes estén dispuestos a soltar las más de doscientas reproducciones de palomares hechas por el palentino residente en Vitoria. Meneses es para él un rincón entrañable de la memoria, un lugar donde volver los veranos y recordar la niñez, «cuando guardaba mis juguetes en los palomares que yo mismo hacía».
Una jornada laboral
Ya jubilado, encuentra un gran aliciente en su afición. El interés por los palomares le viene de crío, lógico en una localidad donde abundaban los refugios para estas aves. «En mi pueblo había más de veinte, eran como un emblema, pero algunas están desapareciendo y es una pena porque no dejan de ser un patrimonio. Había muchas para criar palomas. Eran beneficio para los dueños porque la carne de pichón es un manjar y se mandaban a hoteles buenos de Valladolid. Mira que a mí me gusta el cordero, pues prefiero el pichón».
Además, los habitantes de Meneses extraían otro rendimiento económico en aquellos tiempos, que ahora queda en el olvido. «La palomina es el excremento de la paloma, un abono natural buenísimo para las huertas y los invernaderos de Murcia. Pero con el auge de los abonos minerales, se acabó».
A José Antonio le ayuda su pasado laboral de albañil a la hora de acertar con las proporciones de agua y tierra, «ni muy arcillosa para que no se abra ni muy arenosa porque se desarma». Dice que la elaboración de cada ejemplar, «muy laboriosa», le dura unas ocho horas, toda una jornada laboral. Y se justifica. «Es que soy un poco perfeccionista».
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