El chorro de 'La Fonteta' no sació la sed del Lagun Aro. Al contrario, sólo dejó manar agua cuando era el Pamesa el que se acercaba a su caño. Para los de casa, abundancia; para los de fuera, a buscar el líquido elemento en otra parte. Triste historia, muy modesto final de primera vuelta del equipo vizcaíno en la Fuente de San Luis, un vetusto pabellón que trata de recuperar su olvidado esplendor. Con el público local más pendiente de la goleada de la víspera de los 'chés' en el derbi de la ciudad y a la espera de ver hoy en el Museo de las Ciencias la nueva bala que McLaren ha preparado para Fernando Alonso, cualquier superioridad inicial de los de La Casilla en intensidad o mentalidad les habría catapultado hacia la competitividad.
La virtud, que se suponía indisoluble a este equipo, no apareció por Valencia. Sólo hubo algo parecido en forma de espasmos ocasionales, generalmente con la llegada de las máximas rentas del Pamesa -flirteó con los 20 puntos- o con el partido ya desbocado en su recta final. Escaso alimento para un equipo que sabe -dada su humildad en una Liga en la que hablar de millones no ruboriza a nadie- que sólo dejándose la piel, estando concentrado y tratando de ser más listo que el rival puede contar con alguna opción de ganar. Sólo entonces puede aflorar su calidad, que también la tiene, pero queda supeditada a un buen abono del terreno antes de germinar.
Se quejaba, a toro pasado, Vidorreta de la pobreza táctica desarrollada por los suyos. Quedará la duda de verificar lo que tenía realmente preparado Fotsis Katsikaris para la ocasión. Porque fue comenzar el duelo y ver los jugadores del Pamesa el aro del tamaño de una boca de metro. Las primeras concesiones defensivas se contabilizaron de tres en tres. Hasta seis triples mascullaron los sorprendidos hombres de negro (once al descanso). Los locales iban a lo suyo. Avdalovic, Douglas, algo lógico, esperado. Pero también Mujezinovic y Miralles. Visto lo visto, los valencianos enterraron su hoja de ruta. Olvidaron las anotaciones con las que el técnico griego había poblado su pizarra. Había barra libre y cuando eso ocurre, tonto el último.
Veda abierta
Haciendo la goma, el Lagun Aro seguía atónito el desarrollo en el luminoso. Sus intentos de picapedrero no alcanzaban sus propósitos al mantenerse la veda abierta desde la línea de tres, en la que Avdalovic y, sobre todo, Ruben Douglas, instalaron su campamento. Invitaron, además, a la fiesta a Timinskas y Llompart. Los misiles iluminaban la bóveda de 'La Fonteta' cual cúpula de circo en busca de la pirueta que encierre el verdadero significado del más difícil todavía. Lo peor de todo, para los rojillos, es que se lo pusieron fácil a sus oponentes. Muy sencillo.
Con Martin Rancik fuera del protagonismo -lo cierto es que el eslovaco, con sinusitis, tenía muy mala cara ya haciendo la rueda- y sin nadie al timón -mal Azofra y Koljevic-, Vidorreta acabó por mover totalmente el banquillo. Hasta Majstorovic tuvo su simbólica oportunidad. Pero nada cambió. Sólo se vislumbró otra imagen, mucha más arreglada, cuando Recker quiso rebatir la incidencia en el resultado a Douglas. Impactante último cuarto del estadounidense (tres triples para un total de seis, y catorce puntos en ese acto) y un hilo de esperanza en el horizonte. Parcial de 0-10 que devuelve a los vizcaínos a ver su techo por debajo de la decena.Un espejismo. No se suelen levantar partidos jugados con tan poca chicha, aunque es cierto que veces los rivales hacen ímprobos esfuerzos para que eso ocurra. Pero no entraba dentro de los planes de los 'taronjas'.
Por los triples murió el pez. También por la debilidad reboteadora. Dieciséis capturas en ataque para los de Katsikaris, las mismas ocasiones en las que la defensa rojilla atrapó el balón sin dueño bajo su aro. Muchas segundas opciones, al margen del excepcional acierto (55 por ciento de tino lanzando 29 veces desde la línea de tres). Mucho contagio en el otro bando, sin que los de La Casilla afinaran tanto, aunque tampoco les fuera mal en el citado apartado con 10 de 24. Poca iniciativa propia y eso que el Pamesa fue un libro abierto en su juego. No se escondió. Vio que tenía el día y leña al mono. No se sonrojó con su paupérrimo 32 por ciento en canastas de dos. Tenía claro que iba a ganar con el mando a distancia en la mano y así lo hizo. Ante un Lagun Aro afeado, pese a la capa de maquillaje con que se embadurnó al final.