Puede que la situación de los embalses nos quite el sueño; en el mejor de los casos es posible que hasta nos quite la sed; lo que queda claro es que no nos ha robado el apetito por la carne.
El año que hemos dejado atrás ha logrado la mejor marca de las últimas dos décadas en lo que a partos se refiere, para alegría, entre otros, de sus abuelos, que en los últimos tiempos parecía lo único que los expertos esperaban que quedara en Álava.
Se ve que a algunas parejas les cuesta decidirse, conscientes de la imposibilidad de ofrecer a su retoño una vivienda digna más allá de los nueve meses.
Gracias a novedosas técnicas, hoy sabemos que, previsoras, las criaturas parecen tomar prematuro contacto con la realidad del piso compartido, dejándonos imágenes de forzosos aunque no por ello menos generosos intercambios de besos, juegos y comida en el vientre materno.
Como dijo aquel, la ciencia avanza que es una barbaridad; se me ocurre que quizá este tipo de tecnologías acaben usándose para reconciliar a nuestros políticos, que también se tiran del cordón umbilical siempre que pueden, con una reconstrucción virtual del monumento a la batalla de Vitoria que permita que esté sin estar, y todos contentos.
Con todo, aún existen elementos contra los que la máquina no ha conseguido luchar, e historias en las que el hombre(cito) aún sigue por encima de ambos, como la del embrión pescado bajo un calor sofocante en las contaminadas aguas de una Clínica de Nueva Orleáns tras el huracán Katrina, y hoy convertido en un bebé irónicamente bautizado como Noé.