Siempre lo digo: es preciso creer en la política. Si hay una esperanza para esta sociedad adicta a la gasolina es la política. La gasolina como símbolo de todas las adicciones. Y como ejemplo de lo que una sociedad ansiosa puede llegar a hacer para obtener el oscuro objeto de su deseo. Miren a ese señor Bush admitiendo que en realidad estaba mal informado acerca de las causas que le sirvieron para iniciar una guerra atroz. Escuchen el inquietante mensaje lanzado en películas como 'El jardinero fiel' o 'Blood diamond'. La política, en último término, como lo único que podría evitar el gobierno absoluto del mercado, si aún es posible. Pero la política necesita dos cosas: hombres valiosos y un mínimo de ética. Cuando no hay eso se corrompe con facilidad. Ejemplos no faltan. Y de España, podría decirse que se ha hecho adicta, además, al ladrillo. Todas las épocas tienen sus enfermedades, claro. Y para un político todos los momentos son más o menos críticos. Cuando la derecha perdió el poder empezó a ponerse agresiva. Se ve que no lo puede soportar. Se ve que le resulta incluso difícil de concebir. Porque si hay una cosa que la derecha detesta (y hace mal) es tener que ocupar el lugar de los descontentos. No es lo suyo. Al contrario. Lo que la derecha hace a las mil maravillas es exhibir su satisfacción. Ser feliz. Demostrar quién manda aquí. A la derecha le sorprende y le incomoda no ostentar el poder político porque en el fondo tiende a creer que le corresponde por naturaleza. O sea, como todos los demás. En teoría, hay tres poderes. Y luego está la prensa, claro, que es siempre, por definición, independiente. Pero un poco por detrás y otro poco por encima de los tres poderes, está el dinero. Y, muy cerca del dinero, la Iglesia. Si alguien cree que ya no está clara la vieja distinción entre derecha e izquierda que siga la pista de los poderes invisibles. Todos los momentos son críticos en política, pero hay algo que se está degradando desde que el PP comprendió que había perdido las elecciones. Algo fundamental. Llámenlo ética. Llámenlo dignidad. Me refiero, ya saben, a algo que no se mide y que hasta hace poco se daba por supuesto. Necesitamos creer en la política, por supuesto que sí. Quizá ahora más que nunca. Ahora que la vemos tan vulnerable. Necesitamos creer en una especie de dignidad política al margen de la ambición de los partidos. Pero cada día es más difícil. El partidismo excesivo es desmoralizador. Claro que cada cual defiende sus opiniones y sus intereses. Claro que tiene que haber debate y discrepancia. Pero dentro de unos límites. ¿O no? El partidismo excesivo es empobrecedor. Impide el pensamiento. Lo reduce todo. Lo falsea todo.