Antes de subir al tren para dirigirse a París, Phileas Fogg nunca imaginó lo que iba a cambiar su vida en tan sólo ochenta días. Tampoco Susana Rodríguez y Jaizki Fontaneda cuando hicieron sus maletas para emprender su particular retorno a casa. Tocaba volver a Vitoria, tras seis años de trabajo en Berlín y Singapur. El hecho de pensar en empezar de nuevo empañaba el añorado reencuentro con la familia y los amigos. «Al fin y al cabo, puede esperar siete meses más», pensaron así que optaron por
Y en siete meses y siete días la pareja visitó catorce países entre Singapur y Vitoria: Malasia, Tailandia, Camboya, Vietnam, China, Mongolia, Rusia, Ucrania, Rumanía, Hungría, Austria, República Checa, Alemania y Francia. Y todo el viaje en tren. «Excepto en Vietnam, que tuvimos que coger un autobús», detalla Susana. Gran error. «Los conductores nunca usan el intermitente y no pasan diez segundos sin que toquen el claxon, por lo que es imposible dormir». Pero éste no fue el motivo principal por el que utilizaron el ferrocarril como medio de transporte. «Los turistas suelen viajar en autobuses y nosotros queríamos conocer a la gente local que habitualmente va en tren», matizó Jaizki.
Por ese mismo motivo, los pueblos pequeños eran, en la mayoría de las ocasiones, el destino que buscaban. «Al principio, cuando entrábamos, éramos los extraños, pero enseguida te saludaban y no había ningún problema. En general, la gente es muy abierta», aseguró Susana.
Una de esas pequeñas localidades fue la que fascinó a Jaizki. Su nombre era Litang, un lugar en medio de la inmensa China. «Allí, sentí que estaba como en un reportaje de la revista National Geographic. Era imposible hacer una foto fea. La luz era preciosa, y la gente muy amable. Todo era perfecto», recordó el joven. Sin embargo, para su compañera fue Mongolia el lugar que más la impresionó porque, según ella, «aún es un sitio salvaje».
Un sabor más amargo les dejó la visita a Moscú. «Es una ciudad extraordinaria, pero cuando nos marchamos, no miré hacia atrás», reconoció Jaizki. Y es que la continua vigilancia que los policías ejercían sobre los turistas era una molestia poco soportable. «A pesar de tener los papeles en regla, te sentías vulnerable ante ellos porque en cualquier momento te los podían pedir y multarte aunque todo estuviera dentro de la legalidad», recordaba la pareja.
Después de 222 días recorriendo mil y un rincones que recordar en el futuro, el 23 de diciembre, el viaje llegó a su fin. El tren apagó los motores en la estación de Vitoria, donde familiares y amigos les esperaban para abrazarlos y ofrecerles una calurosa bienvenida con 'aurresku' incluido.
Ahora, hay que comenzar de nuevo, aunque ya nada será igual. «Este viaje nos ha cambiado, tanto en nuestra forma de pensar, como en disfrutar de los lugares y de las personas. Pero sobre todo nos ha dado perspectiva. Ahora, somos conscientes de lo grande que es el mundo y, a la vez, de lo accesible que puede llegar a ser».
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