Domingo, 28 de enero de 2007
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OPINIÓN

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Por la paz, ni se paga ni se cobra
Ya está claro que hay dos posiciones irreconciliables. Me refiero a la manera de enfrentarnos al terrorismo. Ya lo sabíamos, pero contábamos con la pantalla del 'alto el fuego permanente'. Que sí, que lo sé, que no ha sido 'permanente', que enseguida lo agujerearon desde ETA como si fuera una criba. Pero teníamos esperanza, muchos teníamos esperanza de que esta vez iba a ser posible. Teníamos esperanza y lo deseábamos con todas nuestras fuerzas. Alguien dirá que confundiendo el deseo con la realidad, y puede tener algo de razón, pero no toda. Toda no, desde luego; que muchos están de vuelta sin haber ido a lugar alguno; que muchos ya sabían lo del fracaso de antemano y no han dejado de poner de su parte para que sus malos augurios se cumplieran. Por nuestro bien, dicen. No sé, creo que no.

Entre los partidos democráticos, y entre los ciudadanos en general, todos queremos la paz, y todos de acuerdo en no pagar precio político a ETA ni a Batasuna; bien, así es lo justo. Nadie puede ni debe pagar precio político por la paz, pero ¿y 'cobrarlo'? Tampoco. Los partidos no quieren pagar precio político por la paz, pero sí quieren 'cobrarlo'. No sé cuánto ni me corresponde asegurar cuál de ellos el que más, pero quieren. Y, ¿qué les diremos? La libertad de todos es lo primero, la libertad igual para todos los ciudadanos. La nación es otra cosa, las convicciones nacionales son otra cosa. Gobernar o no, es otra cosa. Nadie debería poner en el mismo lote la paz y el triunfo de su nación, o su triunfo electoral. Son cosas distintas, no contrarias, pero sí distintas, y deberíamos reconocerlo. Menos aceptables son aún las naciones uniformes y uniformadoras. España lo es, según el sentir de muchos vascos, y Euskal Herria quiere serlo, o serlo más todavía, según el sentir de muchos otros vascos. Estas cosas no se resuelven a golpe de la mitad más uno, y de una vez para siempre.

Decía que hay dos 'posiciones irreconciliables' para acabar con ETA. Una, la unidad de PP y PSOE para buscar la rendición de ETA, en el marco del Pacto Antiterrorista de 2000 y cueste lo que cueste. La otra, 'un nuevo pacto', muy indefinido aún, entre todas las fuerzas democráticas para arrinconar a ETA y forzar algún tipo de 'diálogo' para su disolución. De uno u otro modo, todos lo tenemos claro y, como nadie cede un milímetro, han de ser las urnas las que diriman esta alternativa tan radical. ¿Terminará la quiebra política condicionando algún tipo de quiebra social más dolorosa? Esperemos que no.

Pero la alternativa es aún más compleja. Primero, porque las urnas dirimen la cuestión, generalmente, por los pelos. España (PP-PSOE), dividida por la mitad. Y, segundo, las urnas en el País Vasco suelen dirimir la cuestión del terrorismo de otro modo que en España. (En el Estado, para no ofender a nadie. Nos entendemos). Allí prima la voluntad de acabar con ETA y aislar a su entorno político. Aquí prima la voluntad de acabar con ETA e incorporar a la vida política al mundo de Batasuna; con el mínimo de efectivos, desde luego, pero normalizado políticamente. Son dos miradas algo distintas. Las dos contra el terror, pero bien distintas. Aquí pesa mucho, y con razón, cómo recuperar a esas personas para la convivencia democrática. Sin tener que pagarles precio político y, también, sin cobrárnoslo.

De qué depende comprenderlo de uno u otro modo? Pues, sin duda, cada uno tiene buenas razones para explicar su postura. Decir que, 'primero', la libertad democrática para todos los ciudadanos vascos por igual, es una razón de peso incalculable; y, a la vez, decir que 'la libertad política concreta, o es libertad en el país que la gente quiere ser o no es libertad real', también tiene su peso. Menos, pero con mucho peso.

A mi juicio, y dado que existe ETA, organización que condiciona la vida política vasca mediante su violencia terrorista, la respuesta es clara; primero la libertad igual de cada ciudadano vasco en la democracia constitucional que los pueblos de España comparten. Sin ETA -me dirán que es una hipótesis idealista-, las razones se aproximan, dejan de ser momentos alternativos y 'todo' puede ser planteado y defendido en el marco irrenunciable de la democracia, de la justicia y de la solidaridad.

¿Estamos lejos de esto? Me parece que no tanto en el tiempo, pero sí, ¿quiero equivocarme!, en el del sufrimiento. El sufrimiento de los inocentes, recuerdo a las dos víctimas de la T4 de Barajas, siempre crea un abismo insalvable para las explicaciones políticas de la violencia. 'El terror es terror, avise tarde, pronto, mal o bien'. El terror es terror, y quien lo practica es terrorista. 'No hay diálogo que lo digiera'. Arruina la vida de las víctimas y la confianza mínima de los ciudadanos en que los terroristas tengan otra intención que salvarse ellos y dominarnos a todos. El terror es terror y quien lo comprende, apoya o explica es 'culpable de aterrorizar y vive él mismo aterrorizado'. Desde la dictadura, nunca he vivido con menos miedo que en el tiempo del alto el fuego. Doy fe.

Yo no debería decir que la vía del Pacto Antiterrorista la veo muy poco apreciada entre los vascos, que la vía Zapatero no tiene ahora mismo trazado claro, y que otras vías, la del Gobierno tripartito, o la del PNV, son estrategias que el tiempo ha probado demasiado partidistas. Así que, manos a la obra, y vuelta a amasar políticamente un Acuerdo de Ajuria Enea a la altura de 2007. Hay tarea, pero ya no somos 'novatos' ni 'inocentes'. Eso sí, intervenciones judiciales como las desarrolladas en torno al 'caso De Juana Chaos' representan, para mí, esa tentación de querer cobrarse un precio político por la paz. Comprendo perfectamente que agraden a las víctimas del terror de ETA, e incluso a la mayoría de la gente, pero en esas decisiones de última hora, para evitar una dolorosa excarcelación, la 'judicatura' y el 'procedimiento penal' salen maltrechos en su servicio independiente a la 'ley'. Dura ley, la ley democrática, pero ley para todos y siempre.

 
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