Domingo, 28 de enero de 2007
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OPINIÓN

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La 'politiquería'
El asesinato de dos seres humanos y la frustración de toda la ilusión que la sociedad había puesto en que 'ésta fuera la buena' y se pudiera poner el punto de partida para acabar con la violencia terrorista no fueron suficientes argumentos como para propiciar comportamientos y situaciones diferentes a las que pudimos contemplar la pasada semana en las manifestaciones de Bilbao y Madrid. Pero esto es lo que hay. Dos manifestaciones similares en su gestación que, sin embargo, en poco acabaron pareciéndose en su final, resultado y consecuencias. Me referiré a la manifestación de Bilbao y a las dos principales consecuencias de la misma que se me antojan.

La primera consecuencia es harto evidente: la actuación que hemos demostrado los responsables políticos no augura nada bueno para la política futura, aleja, por desconfianza y desafecto, a la ciudadanía de nuestro trabajo y, lo que es peor, de la democracia, de sus gestores y de sus instituciones. Y la democracia no se sostiene sola, al margen del concurso esencial de los ciudadanos en su favor. Mal favor, entonces, le hemos hecho a los vascos, y no será extraño que la política y los políticos sigamos saliendo en las encuestas como uno de los principales problemas de la sociedad, cuando estamos ahí, precisamente, para dar cauce racional y civilizado a éstos.

En proporciones de culpa desiguales, pero que me reservo la opinión y diagnóstico porque no aportan mayor interés en este punto, todos los actores políticos contribuimos a generar un galimatías y una confusión inaceptables. Pero si el antes de la manifestación se produjo y trajo por consecuencia ésta que señalo evidente -lo mal que lo hicimos y lo alejados que tenemos a los ciudadanos-, su desenlace me lleva al segundo de los efectos de esa movilización frustrada.

La política democrática -lo recordaba antes y lo creo profundamente- no es más que la manera civilizada e igualitaria de resolver y encauzar los conflictos que inevitablemente tiene cualquier sociedad. En ese sentido, la 'gobernanza' busca el desarrollo de una sociedad a todos los niveles y el equilibrio y conjunción entre los gobernantes y los gobernados. El objetivo de un buen gobernante es cohesionar su sociedad. ¿Se dedica a eso el lehendakari Ibarretxe? Sinceramente, creo que no, que lo dejó bien demostrado en la manifestación y que ésa es la consecuencia segunda que extraigo de lo ocurrido.

El lehendakari no está trabajando para propiciar la cohesión de una sociedad tan fracturada internamente como la vasca. Todo lo contrario. Creo que Ibarretxe está tratando de poner el mayor número de obstáculos posibles para que se entiendan las dos almas de Euskadi, la autonomista y la nacionalista, la vasco-española y la abertzale (o como las queramos llamar, que lo mismo da). Y me baso en algunos hechos objetivos acaecidos antes, durante y después de la manifestación del 13 de enero.

a) La pertinacia de Ibarretxe en los prolegómenos de la manifestación (convocatoria, lema, invitaciones ..), el hecho de que diera un discurso por sorpresa al finalizar ésta o el estrambote de que el máximo dirigente político de un país critique 'la politiquería', cuando a él le compete la responsabilidad fundamental para que ésta no se produzca. 'Excusatio non petita, accusatio manifesta', decía el clásico, e Ibarretxe lo corrobora. En su deriva personalista es como el padre que advierte a la sociedad de los errores que cometen los políticos ¿que él encabeza!. El desprestigio de la política a cargo de su más elevado representante.

b) La terquedad que demuestra al volver una y otra vez sobre su frustrado plan y su insistencia en que su gobierno en minoría «tomará la iniciativa (de nuevo unilateral) para lograr acuerdos políticos». La mejor receta para que los ciudadanos vascos no nos entendamos.

c) Las exigencias imposibles expresadas para apoyar al presidente Rodríguez Zapatero -derogación de la Ley de Partidos, suspensión del Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo, y modificación de la política penitenciaria- resumen con precisión la manera de no encontrar un punto de conexión entre los dos gobiernos y de imposibilitar cualquier movimiento, en Euskadi y en España. Por fortuna, el nacionalismo vasco democrático y sus posibilidades no empiezan y terminan en Ibarretxe, como viene mostrándose en estos pasados meses.

Hay que reconocer que no es fácil esquivar las dos consecuencias fatales que he descrito: invalidación y desprestigio de la política y los políticos, y orientación y estrategia de escisión social de nuestro Gobierno. Para combatir la primera de ellas, deberíamos dejar de hablar tanto del 'euskotema'. Es un asunto capital, pero lo cierto es que, hablando siempre de lo mismo, dejamos de lado los problemas que realmente preocupan a la gente, que también existen en Euskadi y que afectan exclusivamente a las personas como individuos, no como colectivo o etnia.

La solución para atajar la segunda consecuencia -la no insistencia en la cohesión social y política que propician Ibarretxe y su gobierno- sería bastante más sencilla. Bastaría con sumar al frente de Euskadi a personas que, más allá de su ideología, buscasen la reconciliación, el mínimo común denominador de las dos almas que residen en nuestra sociedad, trabajasen por el encuentro entre diferentes y creyesen profundamente en la democracia. Mucho me temo que, a día de hoy, quien ostenta la máxima responsabilidad institucional en el País Vasco no está propiciando estas condiciones. Simplemente, porque la orientación de la política que ha venido practicando, con mayor o menor intensidad en los últimos años, perdería todo su sentido. Simplemente, porque cambiar evidenciaría de su parte hasta qué punto representa una política del pasado.

 
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