No se le ha prestado la suficiente atención al último invento yanqui destinado a repeler manifestaciones. Consiste no en disminuir las razones por las que algunos se manifiestan, sino en emitir contra ellos unos invisibles rayos que les produzcan una agobiante sensación de calor ardiente. Un buen argumento para que suelten sus pancartas. En principio, los que protestan por las calles ya están bastante acalorados, pero se supone que puede remitir su cólera si empiezan a sudar todos a la vez.
La nueva y revolucionaria arma ha sido bautizada como 'El Guardián Silencioso'. No mata, pero tuesta. Sus rayos no están pensados para partir a nadie, sino para invitarles a volver a casa y abrir las ventanas para que entre un poco de aire fresco. El nuevo y ocurrente sistema tiene la ventaja de ahorrar mucha agua. Hasta ahora a los manifestantes se les dispersaba, si bien sólo momentáneamente, sometiéndoles a duchas colectivas de agua fría, indeseables incluso para los más partidarios de la higiene. Ofrecía la desventaja de que los componentes de las brigadas antidisturbios se pisaban la manguera. Además se expandía por las bocacalles un desagradable aroma: el característico olor a pobre mojado.
Todo eso va a ser evitado con la nueva arma estadounidense. Sus inventores aseguran que es inofensiva para la salud, aunque está claro que afecta a la salud mental de sus ideadores. «Tristes armas si no son las palabras», dijo Miguel Hernández, pero el mundo es un polvorín. Hay muchos más metros cuadrados que se dedican a arsenales que a bibliotecas. Nunca le hemos dicho adiós a las armas desde que alguien descubrió la honda y la fecha. ¿Quién sabe si fue el mismo? A las armas sólo le hemos dicho hasta luego, hasta pronto, hasta más ver. El emblema universal es una panoplia. Debiera tener debajo una palangana para recoger la sangre.