El País Vasco cuenta con 39.347 trabajadores inmigrantes, un 10% más que hace un año. Bueno, en realidad son más. Esa cifra sólo refleja los afiliados a la Seguridad Social -no el empleo 'sumergido'-, que se han multiplicado por 7,5 desde 1998. Los extranjeros ya representan el 4,16% de los cotizantes al sistema en Euskadi. Su número se ha disparado en los últimos ejercicios, pero la proporción aún se encuentra muy lejos del 9,72% del conjunto de España. Tres de cada cuatro proceden de fuera de la UE; la mayoría, de Latinoamérica. En lo que coinciden de forma abrumadora es en ocupar puestos que no desean los 'autóctonos' -servicio doméstico, cuidado de ancianos, construcción...-, en las eternas jornadas laborales y en salarios modestos, de los que en numerosos casos deben 'arañar' un puñado de euros para ayudar a familiares en sus países de origen. Seis de ellos relatan sus experiencias.
TRESOR MASSAMBA
Congoleño. 27 años. Trabaja en una carpintería metálica
«Mucha gente se aprovecha de nuestra necesidad»
Tresor, simpático y vital, sale con una chica de Bilbao. Mientras pasea por el centro de la ciudad, saluda con la mano a varios conocidos. Pero su vida no ha sido fácil en Euskadi, donde llegó en 2001 tras pasar un año en Francia. «Allí era muy difícil tener 'papeles'. Me dijeron que aquí, donde vive un primo mío, podría conseguirlos». Y también un empleo. En su país, la República Democrática del Congo, «hay pocas posibilidades» de lograrlo. Por eso abandonó los estudios universitarios de Mecánica Industrial en Kinshasa y puso rumbo a Europa.
Durante cinco años ha repartido publicidad, ha viajado a Lérida para recoger fruta y, sobre todo, ha trabajado en la construcción. Ahora tiene un contrato de seis meses en una carpintería metálica. Gana unos 1.000 euros al mes, de los que envía 200 a su familia.
De su actual empleo no se queja. Sí de sus experiencias anteriores. «Mucha gente se aprovecha de la necesidad que uno tiene de comer y te mandan trabajar más tiempo y en las tareas más 'chungas'», las más pesadas, las que no quieren realizar los 'autóctonos'. Hasta diez y doce horas por 700 míseros euros al mes. A menudo se ha sentido solo, confiesa. En algunas obras «los compañeros de trabajo no me hablaban, hacían como que no existía». «Muchas veces me pregunté '¿qué hago yo aquí?' y tuve tentaciones de regresar a mi país».
Con la regularización de 2005 consiguió los 'papeles' y mejoró su situación. Aún así, se siente marcado por su condición de inmigrante y el color de su piel. Alquilar un piso resulta casi imposible, denuncia. «En cuanto te ven los dueños, se niegan». En un establecimiento del Casco Viejo en el que entró a comprar un regalo para su novia -recuerda-, el guarda de seguridad le siguió hasta la segunda planta como si su mera presencia hubiera disparado las alarmas. «Cosas así pasan a menudo. Supongo que porque soy negro», lamenta. «Tengo 'papeles', pero no me hacen blanco».
MIHAELA TICALO
Rumana. 33 años. Servicio doméstico
«Trabajaba hasta 13 horas y me trataban a gritos todo el día»
Mihaela pasó su juventud jugando el balonmano en Transilvania. Con 20 años, una situación familiar difícil y un hermano enfermo, tuvo que dejar las canchas. Trabajó de cajera en todo tipo de negocios hasta que en 2003 llegó al País Vasco - «aquí tengo una tía»- para intentar mejorar su situación.
Se arrepintió muchas veces de esa decisión. «Primero fue el idioma. No hablarlo afecta mucho». Luego, cuando consiguió empleo, conoció la peor cara del mercado laboral. «Estuve en un restaurante con jornadas de doce y trece horas y en el que me trataban a gritos todo el día. Me tenían sirviendo en el comedor y me daba miedo que cualquiera me pidiese la documentación porque entonces no tenía 'papeles'». Si los quería, ella misma debía hacerse cargo de todos los gastos de la Seguridad Social, le espetaron en una casa en la que entró a cuidar un niño. «Todo lo tuve que quitar de mi sueldo de 400 euros». Otra familia la contrató para limpiar una vivienda. «Me encargaba tareas que era imposible hacer en las horas que me pagaban». «Si no puedes hacerlo, estáte más tiempo, pero con el mismo sueldo», le replicaron.
Ahora trabaja en un piso de Cruces (Barakaldo) por la mañana y por la tarde limpia otro en Bilbao. «Es gente muy cariñosa». Un buen mes gana 800 euros. Por eso comparte casa con cuatro compatriotas; entre ellos, su hermana y su cuñado. Desde hace meses buscan casa para los tres. Pero «es imposible: o no lo podemos pagar o no nos lo alquilan por ser rumanos».
GABRIELA LAMBRISCA
Argentina. 27 años. Encargada y camarera de una cafetería
«La gente ha confiado en mí»
Su trabajo es su vida. Desde que llegó de Buenos Aires, Gabriela Lambrisca no ha parado ni un momento. Desde hace un año, es encargada en el Café Plaza de Vitoria, pero empezó como camarera, sector en el que se cobran unos 1.100 euros brutos al mes.
La crisis económica que sufrió Argentina en 2001 también afectó a su bolsillo. Estudiaba Bellas Artes y, a la vez, trabajaba como escenógrafa y decoradora de escaparates. El negocio no era rentable, pero además llegó un momento en que el teléfono dejó de sonar y la situación comenzó a escapársele de las manos. Así que, en febrero de 2003, lo vendió todo y recaló en la capital alavesa.
Los primeros meses fueron los más duros de su vida. «No tenía 'papeles' y conseguir trabajo era imposible», recuerda Gabriela. Pero eso no minó sus fuerzas y siguió adelante. «Al final, entré en el Café Plaza. Al principio no sabía ni lo que era un mosto, pero en una semana lo aprendí todo», comenta.
Durante su estancia en Vitoria, Gabriela asegura que pocos han sido desagradables con ella por el hecho de ser extranjera. «Prefiero quedarme con lo bueno porque, en general, la gente ha confiado en mí». Ahora, en sus planes no entra volver a Buenos Aires. «No podría empezar otra vez. He tenido suerte, pero merezco todo lo que tengo».
MAGDALENA PERUGACHI
Ecuatoriana. 42 años. Cuidado de ancianos y empleada municipal
«Me acusaban de quitar el trabajo a los de aquí»
Magdalena llegó a Balmaseda el 26 de mayo de 2000. «Fuí la primera inmigrante del pueblo». Ahora es habitual encontrarlos; sobre todo, latinoamericanos. Dejó su Ecuador natal por «problemas familiares y económicos» y puso rumbo al País Vasco porque su hermano vivía en Amorebieta. «Lo peor fue dejar allí a mis cuatro niños». Dos semanas después de pisar Euskadi consiguió su primer empleo como interna. Luego encadenó diversas ocupaciones, incluida una empresa de limpieza que tuvo que dejar porque una encargada le hizo la vida imposible. «Me decía que ella era la leche y yo el café, que los extranjeros habían venido a quitar el trabajo a los de aquí...»
Al año y medio consiguió su permiso de trabajo y, tras regularizar su situación y «gracias a que toda la gente del pueblo me trató siempre con mucho cariño», pudo traerse a sus hijos, de entre 26 y 8 años. Para ello pidió un préstamo que aún está pagando.
Ahora, por las mañanas trabaja para el Ayuntamiento en «mantenimiento, albañilería... lo que sale» con un contrato de seis meses. La tarde y la noche las reparte entre el cuidado de ancianos, el de su hijo pequeño y los estudios de «salud mental para trabajar en residencias». Con todo, su intención es regresar a Ecuador en cuanto pueda. «Vine aquí para darle un futuro mejor a mis hijos y me iré con el pequeño cuando los otros tres sean independientes». De momento, lamenta que cada vez le sea más difícil encontrar empleo y piensa en vender el piso que compró hace sólo un año. «Me han subido la hipoteca y el dinero ya no me llega para todo».
LAMNOUAR EL GOUAL
Marroquí. 23 años. Temporero
«El campo es duro y se paga muy mal»
La pequeña población riojano alavesa de Yécora se ha convertido en su hogar por unos dos meses. Lamnouar El Goual es temporero desde hace ocho años y recorre España trabajando en el campo. «En Murcia he recogido pimientos, en Burgos, he sido jardinero y en Álava he podado la vid y recogido la uva», enumera.
Desde que acabó la escuela en Marruecos, su prioridad ha sido ayudar a su padre a mantener a la familia. «Allí hay mucho trabajo, pero se paga muy mal», reconoce. Así que a los quince años salió de su localidad de origen, Omjda, en busca del sueño del Norte.
El trabajo de temporero le permite enviar dinero a sus padres, aunque no siempre el suficiente. «Es una tarea dura, por la que no cobramos bien. Murcia es donde peor se paga», asegura. Admite que no le gusta su trabajo. «El campo es muy duro; sobre todo, ahora que nieva y hace frío». Pero no pierde la esperanza de conseguir algo mejor para poder traer a España a su mujer y a sus dos hijos. Al más pequeño, de tan sólo veinte días, ni siquiera conoce.
SHAFQAT RASOOL ALVI
Paquistaní. 48 años. Empresario
«Tener 80.000 euros fue bueno para mi reputación»
Alvi habla un castellano ingenuo que no permite eufemismos. «Cuando llegué a Barakaldo y quise poner el restaurante, no tuve ningún problema con el banco ni con nadie. Aquí la gente es muy buena». Además, «tenía 80.000 euros y eso era muy bueno para mi reputación». Este ingeniero paquistaní trabajó durante 23 años para General Electric en la instalación de turbinas en centrales térmicas. Tras viajar por medio mundo, llegó al País Vasco en 2004 y se marcó China como su siguiente destino. «Pero decidí que no quería seguir viajando. Mi familia estaba muy bien aquí, así que nos quedamos». En 2005 abrió su primer 'nayab' - «que significa cosa muy rara, especial»- Doner Kebab, en Barakaldo, y el año pasado otro en Bilbao. Las cosas no le van mal y se plantea ampliar sus negocios.
Entre esos dos locales suman cuatro afiliados a la Seguridad Social: él, su esposa y dos empleados. Uno de ellos es Iftikhar Ahmed. Tiene 28 años y gana «650 ó 700 euros al mes». De ellos, «envío 250 ó 300 a mi mujer e hijos», explica. «Con eso viven muy bien allí». Dentro de año y medio espera traerlos. Mientras, vive en el piso de su jefe «como uno más de la familia».