Lo que antes conocíamos como reformatorios para menores con problemas con la Justicia, de integración o simplemente sin familia, son ahora centros tutelares de menores, muchos de ellos con unos recursos, instalaciones y posibilidades de aprendizaje verdaderamente encomiables. Un avance importante que no obstante, basta leer la prensa, en ocasiones se enfrenta con graves problemas de integración de los jóvenes a los que acoge en su función rehabilitadora.
En esto se ha fijado el debutante director Mateu Adrover para escribir un guión que habla de la desesperación, agotamiento y crisis de fe en el trabajo realizado por los educadores de estos centros ante la persistente y obcecada tendencia de los muchachos acogidos a desperdiciar la oportunidad que se les brinda y vomitar su vida por las cloacas de los barrios de delincuencia de los que fueron rescatados un día. El retrato de Adrover, ágil, duro y serio, tiene todos los visos de realidad, no sólo en las formas de expresión y actitud -clónicas en un amplio sector de la pubertad- sino en los sentimientos y luchas internas por decidir un camino que pugna con un falso sentimiento de libertad.
Sin embargo, siempre hay un resquicio hacia la esperanza y ésta llega en forma de un pequeño magrebí -espléndidamente interpretado por Hamza- que consigue ilusionar a su educador -interpretado por un Juan Diego pletórico de convicción- hasta el punto de comprender que siempre cabe una segunda oportunidad, no sólo en el trabajo, sino también en el amor.