Domingo, 28 de enero de 2007
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SOCIEDAD

RELACIONES PERSONALES

EL ANTIHÉROE
La estética del fracaso
Cabe preguntarse por qué en plena cultura del éxito los derrotados siguen ejerciendo esa suerte de fascinación, y no sólo en la tramposa oscuridad de las salas de cine
La estética del fracaso
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Medio siglo después de la muerte de Humphrey Bogart, su figura en el celuloide -y tal vez también en la vida- sigue encarnando el paradigma de una especie particular de 'tipo duro': el derrotado, el fracasado que se lame las heridas con dignidad altiva, a medio camino entre el cinismo y el drama interior. Su Rick Blane de 'Casablanca', perdidamente enamorado de una imposible Ilsa-Ingrid Bergman, alcohólico y escéptico, ha sido para varias generaciones la representación de una actitud existencial, la del caído en el combate de la vida mientras el mundo se derrumba en torno a él; pero es también el individuo que pese a todo conserva una cierta integridad moral, un ánimo a prueba de bomba, la dimensión del héroe desdeñoso de las adversidades.

Cabe preguntarse por qué en plena cultura del éxito los derrotados siguen ejerciendo esa suerte de fascinación, y no sólo en la tramposa oscuridad de las salas de cine. También en la vida real topamos con muchos casos de personas que cultivan la 'pose' de los marginales, los hundidos, los arrojados a la cuneta. Tal vez sea una forma de protegerse de los embates de la vida; quien espera poco de ella sufre con menos intensidad la frustración de los reveses. El que arrastra las magulladuras de muchas batallas perdidas soporta más fácilmente cada nuevo golpe. Ir de perdedor es, en cierto modo, transmitir la idea de que no se tiene nada que perder porque ya se está de vuelta de casi todas las cosas.

En un poema de 'Tierra sin nosotros', José Hierro pone en boca de uno de los vencidos sobrevivientes en la Guerra Civil un testimonio elocuente sobre el estado interior de quien arrastra consigo la derrota: «No fue jamás mejor aquello. / Esto de ahora es doloroso; / pero el dolor nos hace hombres / y ya ninguno estamos solos». La estética del derrotado se nutre principalmente de esa aureola de coraje y a la vez de sabiduría que se les supone a quienes han conocido los fracasos. Como señaló Karl Jaspers, «la forma en que experimenta su fracaso es lo que determina en qué acabará el hombre». Unos prefieren ocultarlo porque se ven incapaces de asumir un estado que les parece infamante o porque les mantiene asidos a un mal recuerdo destructivo que tratan de borrar, pero otros prefieren asumirlo viéndolo «sin velos, teniéndolo presente como límite de la propia existencia».

Sin embargo, el mito del fracasado no sólo perdura por lo que pueda tener de imagen de la sabiduría. Es que, aparte de eso, fracasar es en cierto modo bello. Las cicatrices distinguen. Desde que la épica literaria introdujo la figura del antihéroe como complemento -más que opuesto- del héroe avasallador, los derrotados componen una atractiva figura de raigambre romántica. Su épica de la resistencia, su poesía de la humillación, le permite hacer del fracaso un ornamento mítico que los engrandece. Así son los personajes en los westerns de John Houston, y así también los boxeadores sonados del cine negro, los melancólicos borrachos de los cuentos de Hemingway y los solitarios de madrugada en los cuadros de Edward Hooper. No los admiramos por su grandeza, sino debido a esas limitaciones y defectos que los hacen parecidos a nosotros mismos y, aún más, ejemplos de resistencia en situaciones extremas.

Oscuro magnetismo

El malditismo de las letras de los tangos, las canciones arrabaleras de Brassens y Javier Krahe, los fados plagados de náufragos vitales son algunas de las infinitas variantes de un mismo género musical que se diría nacido para colorear esa estética de quienes viven en el filo de la navaja. Nadie quisiera sufrir las penalidades de tantos y tantos lacerados como pueblan estas composiciones, pero hay algo en ellas que ejerce un oscuro magnetismo sobre la mayoría de la gente, aunque a la hora de la verdad pocos van más allá de la indumentaria de color negro o de un leve gesto acanallado al acercarse el pitillo a la boca. Queda bien posar en las fotos con el aire huraño y orgulloso de James Dean, con el cuello de la gabardina alzado a la manera de Camus, aparentar afinidad con los escarnecidos del mundo: sublimaciones epidérmicas de un difuso ideal donde se entremezclan rebeldía, libertad, exaltación del yo irreductible.

Es cierto que, aparte de la estética, hay a veces en el fracaso una dimensión ética, de rebeldía contra los códigos morales y sociales establecidos, de rechazo de convenciones y estereotipos impuestos. Fracasar es ir contracorriente. Es negarse a aceptar las reglas. En la medida que se renuncia al éxito se adopta una posición moral como de algún modo proponía Gil de Biedma en su 'De vita beata': «Poseer una casa y poca hacienda / y memoria ninguna. No leer, / no sufrir, no escribir, no pagar cuentas / y vivir como un noble arruinado / entre las ruinas de mi inteligencia».

Sea desde el esnobismo literario (como Scott Fitzgerald cuando declaró: «Hablo con la autoridad que me otorga el fracaso»), sea desde formas de derrota más populares (por ejemplo, la de los hinchas de esos clubes de fútbol sumidos en la medianía, pero orgullosos de su condición de sufridores), el hecho es que la tentación del fracaso tiene algo de poético, y de ahí que siga subyugando a tanta gente e inspirando tantas obras artísticas. Tal vez porque, en palabras de Truman Capote, «el fracaso es el condimento que da sabor al éxito». Algo que suscribiría con todas las letras el viejo Boggie.

 
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