Dilemas de adolescentes. ¿La camiseta negra con la leyenda 'Sí, pero no contigo' en inglés o la blanca con la inscripción 'Mi novio besa muy bien'? ¿Los pantalones 'fregona' que barren y pulen suelo, los desgastados recién comprados que de vez en cuando vas y los sacudes porque se te olvida que no están sucios, que son así, los pitillo de talle bajo o los caídos a la altura de la rodilla?
¿La falda-cinturón o el cinturón-falda que no sirve para apretar, pero que queda bonito, ése que parece de 'pressing catch'? ¿Y la chaquetita hasta el final de los pechos el día que han anunciado la nevada del año? ¿Combinará con las botas de punta redonda? Porque está claro que la moda del tanga hasta la axila está pasada, los 'abanderado' de toda la vida -hacían bolsa en el trasero- son historia, y queda prohibido salir de casa sin darse antiojeras y una buena base de maquillaje.
Dilemas de padres. ¿Piensas ir con esas pintas? Si estás más desvestida que vestida. Ese pantalón está deshilachado. ¿Que quieres un vaquero de 200 euros?
-«No me rayes...».
La indumentaria que lleva una persona nos da una primera información de ella. Existe respecto a la ropa un código velado que todo el mundo conoce, que permite interpretar sus símbolos y catalogar a la gente. Es signo de identidad, de pertenencia a un grupo, de participación de unos ideales determinados... En la edad del pavo, más que en otras etapas, la vestimenta se utiliza como una manera de manifestar libertad -«yo elijo lo que me pongo»-, como medio de rebeldía -«a ti no te gusta, pero a mí sí»-, incluso como un modo de provocación -«me lo pongo porque quiero»-.
Xabi y Lara, Patricia, Olaia, Arkaitz y Andreas, Jagoba, Itsasne, Aroa, Goizane, Arrate y las dos Nereas, protagonistas de esta historia real como la vida misma, se apuntan a eso de que «la adolescencia es una enfermedad que padecen los padres cuando sus hijos tienen entre doce y dieciocho años».
«Derecho a decidir»
El debate que en el mundo adulto ha suscitado la prohibición en un colegio de Balmaseda de llevar determinadas prendas a clase no les quita el sueño. Tampoco les molesta. Pero reivindican el «derecho a la libre decisión» en materia de vestido, pues «¿ya no somos críos!». Aprovechan el altavoz que se les brinda para quejarse de que todo lo que rodea a los adolescentes no es botellón, bandas, drogas, indisciplina, antisistema. Son muchos también los solidarios, deportistas, inquietos política e intelectualmente, sanotes. Sin pelos en la lengua. Y víctimas de la moda, «sí, un poco también».
«Sabemos que no podemos ponernos cualquier cosa», suelta una de las chicas, Nerea Ruiz de Gauna. «Pero está claro que nuestra forma de vestir forma parte de nuestra personalidad», le ayuda Patricia López. Las dos quinceañeras, junto con Olaia Laucirica, de la misma edad, van ataviadas de lunes a viernes de uniforme colegial: falda de tergal plisada, zapatos de cordones planos, medias o tupidos leotardos; todo ello de riguroso azul marino, y camiseta blanca con cuellos. Las tres llevan la falda que han utilizado durante la infancia. Claro, así sube centímetros y centímetros por encima de la rodilla. «En el colegio sólo nos ponen pegas si llevamos tirantes y abrigo o zapatos de otro color que no sea azul», explican.
Atuendo «fácil y cómodo», que viene a alimentar las expectativas del fin de semana, cuando las cosas -«¿lo estamos deseando!»- cambiarán. Entonces se transformarán en mujercitas: «Un poco a lo Jennifer Aniston». El maquillaje estudiado para la ocasión no podrá esconder su cara de niñas. «Con ropa de calle hay que ir maquillada», se excusan. «Estilo natural y no exagerado». Y ahí que lanzan otro consejo: «Si tienes el ojo pequeño, la raya hay que pintársela arriba, para que parezca más grande». Se agradece. «Es que nosotras somos un poco pijas», reconoce Olaia.
Fiebre de marcas
El cuestionario AIMC Marcas 2006, estudio anual que gestiona la Asociación para la Investigación de Medios de Comunicación con el fin de averiguar el consumo de productos y servicios con marcas que existe en España, detectó los mayores porcentajes de aceptación entre los chavales en las de «precios asequibles», a pesar de que no llevan logotipos reconocibles ni apreciados: el 39,5% de las adolescentes declaró haber comprado Bershka, el 36,7% Zara y el 27% Stradivarius. De hecho, en un listado de 20 marcas, las diez primeras se correspondían con este tipo.
Sin embargo, las tres chicas de uniforme se consideran, a mucha honra, «pijas de marca». «Hay muchos adolescentes que no pertenecen a un grupo y que podríamos decir que visten de una manera poco formal con la que se encuentran a gusto», advierte Enrique Arranz, catedrático de Psicología de la Familia de la Universidad del País Vasco. Y los hay quienes, sólo por las prendas que eligen, quedan etiquetados. Están también las 'pijas de pueblo', los 'chuntas' o 'chunteros', los 'borrokas' o 'peludos' o 'melenudos', los 'skinheads', las 'ñordis' o 'puretas' («las que visten como sus madres»), los 'punkies', los 'surferos' y su equivalente terrenal, los 'skaters', en el punto de mira de los cazadores de tendencias.