A primera vista, el establecimiento de Alicia Suárez parece una peluquería, o quizás una tienda de disfraces: hay pelucas de todos los colores y por todas partes. Pero su propietaria no es peluquera. Se dedica a la caracterización de personajes y, a veces, de personas.
-¿Cómo se formó en su trabajo?
-Lo mío es la caracterización teatral, en lírica, y soy prácticamente autodidacta. Empecé en el mundo de la estética y no elegí yo el camino, me eligió el camino a mí. Me fueron reclamando para esos trabajos y me di cuenta de que tenía que ir creciendo. Con cada obra que hago, con cada director, aprendo una cosa nueva.
-¿Han cambiado las técnicas?
-Mucho, desde la iluminación a nuestros propios recursos. Incluso los actores. Antes eran como palos, solamente se pretendía que cantaran; ahora deben actuar y nosotros nos acoplamos a las nuevas necesidades.
-Ustedes maquillan.
-Sí y peinamos, usamos posticería.
-¿Por ejemplo?
-Alargadores de pelo, trenzas, moños, barbas, bigotes...
-¿Lentillas?
-En el audiovisual sí se usan, pero en el escenario ni se notan.
-¿Compran el material o lo fabrican?
-Ya no me interesa fabricar una peluca. Me interesa comprarla, porque vienen muy baratas de oriente. Lo que sí hago es peinarla y, si es necesario, teñirla. Luego se reciclan.
-¿Cómo se aprende a caracterizar a alguien del siglo XVII?
-Me documento en museos, en libros. Si se trata de personajes históricos, el estudio es más concienzudo. Hay que saber el árbol genealógico, la personalidad, si tenía deficiencias físicas, cicatrices...
-¿Y después?
-Se usa el rostro como un lienzo y se dibuja. Yo trabajo mirando al espejo. Maquillo sobre la piel, pero el espejo me da la imagen real de la persona.
-Lo ve del revés.
-La imagen que el espejo me devuelve es lo que verá el público, es lo real. No es lo mismo ver la imagen a distancia en el espejo que verla a 40 centímetros del rostro.
-El espejo le da profundidad.
-Y yo lo voy marcando, deteriorando... En el espejo se pierden los ángulos y yo se los devuelvo. Se trata de modelar el rostro. Yo les insisto mucho en ello a mis alumnos.
-Serán sobre todo alumnas, ¿no?
-La caracterización no es solamente maquillaje. A mí me toca organizar un grupo, citar a la gente, saber cuánto tiempo nos va a llevar cada caracterización de una ópera. Eso requiere sentido práctico y ese sentido lo tenemos más las mujeres. Los hombres van de artistas.
Cara de malo
-¿Cómo afrontan cada nueva producción?
-Yo suelo ir al parto, a determinar qué vamos a hacer, y, tras el estreno, me voy de gira con la producción. En cada provincia el equipo es distinto y suele ser gente muy nueva. Esa responsabilidad me hace sufrir.
-¿Por?
-Entramos en el carácter de los personajes, si sufre, si busca venganza... Y, para estudiar ese personaje, hay que verlo. Una vez imaginado, hay que acoplarlo a la persona que lo representa.
-¿Cómo se envejece?
-Con líneas caídas, descendentes, combinando claros y oscuros, con luces y sombras, que es lo que produce el abatimiento. Es de lo más difícil, porque no se trata de que se vean arrugas. ¿En teatro, hacer arrugas es disparatado! Los de las primeras filas verán una cara pintada y los de las últimas filas quizá vean al viejo.
-¿Cómo se rejuvenece?
-Es mucho más fácil. Se logra combinando luces, colores, líneas ascendentes, optimismo.
-¿La diferencia entre jóvenes y viejos es el abatimiento y el optimismo?
-Una persona mayor ha sufrido y, si no ha sufrido, vaya suerte que ha tenido. La juventud es todo optimismo.
-¿Cómo se dibuja la cara del malo?
-Con rostros angulares, cejas levantadas...
-¿Como las de Zapatero?
-No, en Zapatero es su gesto. También el lehendakari tiene las cejas angulosas, muy arriba, pero eso son expresiones de la contracción muscular. Zapatero tiene cara de niño bueno, no se le nota si está enfadado. Cejas de malo eran las de Carrero Blanco, espesotas, fuertes. Me daba miedo.
-¿Cómo se presenta al diablo?
-A Mefistófeles, por ejemplo, con cejas puntiagudas y altas, ojos negros y duros, nunca azules, rostro muy cuadrado, muy anguloso y una perilla muy delimitada, el rostro pálido, como si le faltara la sangre.
-¿Y los buenos?
-Con suavidad, usando colores cálidos, luminosos, primaverales; los labios brillantes; pestaña tipo mariposa; pelo de colores intermedios con reflejos rubios, que dulcifican...
-¿Cómo se consigue que parezcan de principios de siglo?
-El peinado y la ropa marcan más que el maquillaje.
-¿Cuál ha sido el personaje que más le ha costado?
-Maquillar a un coreano como el jorobado de la corte, de Rigoletto.
-¿Eso?
-Son de rostro muy plano y yo no pretendía quitarle el aire oriental. Tuve que optar por torcerle el rostro con sombras.
-¿Qué le piden para la vida real?
-Quieren aprender a maquillarse para diario o para fiesta. Y gente que se dedica al teatro viene a pedir consejo.
-¿Le piden que les disimule cosas?
-Sí, gente que se va a casar y quiere que no se le vea un tatuaje, por ejemplo. O cicatrices, angiomas... Son maquillajes muy gruesos.
-Se notan mucho.
-Sí, pero a la persona que tiene el angioma igual no le importa ir maquillada como Sara Montiel.
-¿El buen maquillaje es el que no se nota?
-Sí, que no cubra en exceso y quede la piel aterciopelada. La mujer que tiene pequeños defectos es mejor que no los tape porque pierde expresión.
-¿Y los hombres?
-No me gusta el hombre maquillado. Soy antigua.
-¿Usted se maquilla?
-Antes, bastante. Con la edad, el maquillaje se vuelve contra ti. Yo no quiero ser una vieja pintarrajeada. La discreción es el mejor maquillaje para la mujer madura.
-Pero, ¿se podrá hacer bien?
-Hay que hacerlo de acuerdo con los gestos porque, si no, puede ir el dibujo por un lado y el gesto por otro.
-¿Qué parte del rostro luce más maquillada?
-Los ojos y la boca.