Lunes, 29 de enero de 2007
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ANÁLISIS
Puntos mojados
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Vitoria, como bastantes otras ciudades, se llena de bolardos, esos pirulos metálicos que, clavados en el suelo, definen los territorios de los peatones y los salvaguardan de los coches. Personalmente los odio con fruición: soy de los que por lo general van por la calle pensando en las alcaparras y, como consecuencia, me he dado más de un buen golpe con alguno de estos trastos. Además, me parecen estéticamente detestables. Ahora bien, reconozco su utilidad: si no estuvieran, los coches invadirían todos los territorios saltándose a la torera la lógica de la circulación. Es triste, pero no se puede confiar en la buena voluntad y ganas de cumplir el código de una parte de los conductores de automóviles, porción que ignoro si es mayoritaria o lo contrario, pero que existe.

Un papel parecido al de los bolardos, una forma de prevenir la falta, lo desempeñan los famosos puntos del carné de conducir. Pero antes de fin de año no se aplicará su retirada a los conductores responsables de infracciones dentro del municipio vitoriano. Habrá pasado, por entonces, nada menos que casi año y medio de la puesta en marcha de la normativa. Profetizo con seguridad de acertar que habrá numerosos problemas jurídicos el día que se quiera aplicar la retirada de puntos, porque, ¿no habrá prescrito la sanción?

En definitiva, al menos en esta jurisdicción ciudadana, la ley de circulación sí que es un «papelito» y, además, mojado. La idea de los puntos está tan húmeda que parece no servir para nada más que para asustar. «¿Que viene el lobo, esto es, el municipal con la máquina de restar puntos!» «¿Anda ya, que no puede! ¿Que éste es un país de tebeo donde todo se atasca en una burocracia que ni Kafka pudo imaginar!». Y el miedo a la sanción, lo único que puede dominar los instintos infractores de tantos conductores poco sociables, va a desaparecer por falta de aplicación inmediata de un castigo justo y proporcionado a su insolidaridad.

jc.p.cobo@diario-elcorreo.com

 
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