El Alavés perdió ayer la conexión de energía y llegada que había alimentado la reacción liguera y se quedó otra vez atrapado en la vulgaridad que ha presidido su trayectoria esta temporada. Después de dos victorias consecutivas se presentaba una oportunidad excelente para confirmar su enganche a la red del ascenso y, muy lejos de transmitir la vitalidad exhibida en Ponferrada, sufrió otro de esos apagones que nublan el horizonte. Bastó el orden y la agresividad del Elche para caricaturizar a un equipo plano y acentuar los rasgos de toda una Liga, fragilidad defensiva y pura impotencia para pisar el área rival.
En condiciones normales -una línea más o menos regular en los primeros meses del campeonato- el duelo del Martínez Valero podría pasar por un accidente de chapa. En la realidad, una carrera desesperada por reducir distancias sobre la zona noble, resulta una salida de calzada con daños cuantiosos. Puntos que no regresan y, lo que es casi peor, el retorno a unas sensaciones conocidas. Las de un conjunto albiazul que otra vez pagó las consecuencias de un despiste generalizado. El que provocó uno de esos goles que en el manual de cualquier técnico abren una página a las peores pesadillas. Pérdida de balón primero, cesión forzada después, mal despeje del portero y balón que acaba sin demasiada explicación en la red propia...
Gol y desorientación
El siniestro defensivo en la primera acción peligrosa del rival devolvió al Alavés a esa delicada situación anímica que desencadenó goleadas a domicilio. El duelo de 'efectos' entre las llegadas al banquillo de Fabri González y David Vidal se vertió desde el inicio del bando local. El cuadro albiazul, con el único cambio en la alineación de Edu Alonso por el sancionado De Lucas, regresó a sus peores tardes. Ni las escaramuzas de Wellington Paulista, bien sujetado por el dúo de centrales Trotta-Fernando Niño, servían esta vez para activar a un once frágil y sin fútbol.
En realidad y salvo los diez últimos minutos de la primera parte, el partido resultó un monólogo ilicitano. Entre susurros futbolísticos y, sobre todo, un tono alto en la presión, el orden y la agresividad, la escuadra local liquidó un duelo que le escamoteó en realidad un marcador más acorde a sus prestaciones. El Alavés, otra vez con un gravísimo problema de generación de juego, quedó a expensas de las individualidades y las acciones a balón parado. Se cortó también el grifo de la inspiración personal y emergió de nuevo la impotencia.
Nula reacción
Ni la necesidad tiró del cuadro vitoriano, encogido sin explicación durante toda la segunda parte. Una oportunidad de Wellington en la primera mitad y otra ya postrera de Toni Moral resultaron todo el bagaje ofensivo ante un adversario acomodado en su ventaja y sólo falto de remate para sentenciar por la vía rápida. Fuegos de artificio resultaron las consecutivas entradas al campo de Jandro, Ogbeche y Arthuro. El Elche, superior en contundencia y también en combinación, se enseñoreó del compromiso ante la pasividad alavesista.
De tal modo manejaron el duelo los alicantinos que pisar los dominios del portero Caballero fue un triunfo. Con el 1-0 el cuadro local tiró de repertorio para trabar sin complejos el juego y frenar a tiempo cualquie avance. Con el Alavés empeñado en el pase corto -sólo se buscó el juego directo tras la entrada final de Arthuro- y un oponente que disfrutaba a través de un orden que le llevaba a recuperar más y más balones en zonas comprometidas.
De paso, el colegiado Piñeiro Crespo, muy casero en la segunda parte y con injusto reparto de cartulinas, se inventó un penalti en connivencia con el línea. La gran oportunidad para que el Elche, que suma ya tres victorias consecutivas, acabara con la tensión del resultado. Casas no acertó y llevó el epílogo hacia el límite. Por puro desacierto rematador de un rival que gozó de hasta tres claras ocasiones más al contragolpe.
Pero apenas Toni Moral, tras cazar un rechace en un córner, avivó una esperanza limitada. Su disparo se marchó cerca del palo y el Elche volvió a administrar los tiempos con soltura. Es decir, trabando el descuento como había hecho con el resto del partido. Un desenlace más que justo, en cualquier caso, y que devuelve al Alavés al diván después de dos semanas de lucidez.