Los hados nos son propicios y, como los gobernantes son benéficos, ¿por fin! tendremos Impuesto de Sociedades. No llegará a tiempo, pues ha transcurrido ya el primer mes del año y aún le faltará la aprobación de las Juntas Generales, pero al menos hemos obviado el peligro letal de dejar toda la nueva regulación pendiente hasta después de las próximas elecciones locales. El retraso incurrido me parece lamentable, aunque después de haber leído en este mismo periódico a un responsable de la materia asegurando que en este país nadie planifica sus impuestos, supongo que estoy equivocado y la fecha da igual
Todavía no se conoce con precisión el contenido, pero no deberíamos esperar la aparición de la gran reforma prometida -y cierto que intentada-, sino ciertos retoques a la normativa actual; alguno de ellos, relevantes.
Por ejemplo los tipos, los tan traídos y llevados tipos. La reducción prevista es importante, aunque no revolucionaria como se adelantó en un principio. El tipo del 28% supone un avance sobre la situación actual y una mejora sobre el tratamiento proporcionado en el régimen común. No obstante, el hecho de no ser revolucionario no le garantiza su aceptación por nuestros tradicionales opositores. La 'doctrina Azores' permite mirar al futuro con esperanza de un final feliz de los procesos en marcha y de los posibles por venir, aunque hasta que no haya sentencia expresa para nuestro caso no nos servirá de parapeto legal.
Pero aquí no se trata sólo de diferenciarnos de nuestros vecinos más próximos. La globalización mundial y la unidad de mercado europea nos obligan a considerar la competencia fiscal de otros países lejanos a la hora de planificar nuestro esquema impositivo. Y, como los tiempos corren claramente a favor de unos tipos muy reducidos - lo que incentiva las temidas deslocalizaciones-, el camino iniciado es, sin duda, el correcto.