Domingo, 4 de febrero de 2007
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MANUEL LEZERTUA, DIRECTOR DE LA COMISARÍA EUROPEA DE DERECHOS HUMANOS
«Echo de menos el trato informal»
Fue a Inglaterra con 22 años, descubrió el Derecho Europeo y ahora trabaja en Francia
«Echo de menos el trato informal»
«De Estrasburgo, me gustan los parques, ir en bicicleta ¿Fútbol? Eso lo dejé a los 40». / JOSÉ LUIS NOCITO
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«Hacía un frío del carajo, la niebla se te metía por el cuerpo, no había nadie por la calle... Horroroso. Y entonces pensé: 'Menos mal que estoy de paso...'», recuerda con tono risueño Manuel Lezertua en conversación telefónica desde Estrasburgo. Han pasado más de dos décadas y sigue allí, inmerso en la burocracia europea desde que ganara aquel invierno de 1985 una plaza en el Consejo de Europa -la organización más antigua del continente, fundada en 1949 para defender los derechos humanos y la democracia parlamentaria-.

En pleno corazón del Viejo Continente, no le falta calor familiar: le acompañan su mujer, Marta Martínez Odriozola, y los hijos, Amaya e Iñaki, de 16 y 12 años. Los chicos son estrasburgueses «pero siempre que pueden van a Getxo para ver a los aitites». Su campo de operaciones ha estado siempre en Estrasburgo, salvo la época que ejerció como letrado en el Tribunal Constitucional, entre 1992 y 1994. La experiencia en Madrid fue un tanteo para preparar el regreso; y como finalmente no cuajó - «es que dudé mucho »-, ha echado raíces en Francia.

Tenía 28 años cuando, tras su paso por la Administración vasca, se convirtió en funcionario internacional. Su carrera ha sido vertiginosa: entró en el Consejo de Europa como jurista especializado en la Carta Social Europea -tratado internacional que regula derechos fundamentales laborales y sociales- y ahora es director de la Comisaría Europea de Derechos Humanos. Acostumbrado a jornadas de doce horas y compromisos sociales todos los días -«recepción en casa de algún embajador, visita de los capitanes regentes de San Marino, firma del libro de condolencias porque se ha muerto no sé quién...»-, el aguante de Manuel se hace fuerte gracias a su entusiasmo y un gran sentido del humor.

«Ay, no tengo tiempo para nada. No voy ni a las reuniones del grupo de cata de vinos... ¿Qué desastre! Por suerte, el trabajo queda cerca: a ocho minutos en bicicleta y dos, en coche. No está mal, así llego a casa enseguida». El estrés no le amarga, su pasión de jurista se mantiene viva. Como una llama que le ha permitido hacer camino al andar. Gracias a ella, ha encauzado esa sensibilidad que, ya de jovencito, estimulaba su imaginación y le inclinaba a la Literatura y Filosofía. «La justicia y el servicio a la comunidad me llamaban mucho... Al final, hice la carrera de Derecho en la Universidad de Deusto por puro pragmatismo, no quería dedicarme a la enseñanza». Y a pesar de todo, a los 22 años marchó a Gran Bretaña a dar clases de español en la Universidad de Northumberland, al noreste de Inglaterra. Le ofrecieron la oportunidad en el Instituto de Idiomas, donde estudiaba inglés, y no se lo pensó dos veces. Corría el año 1979, España estaba en el candelero y los nacionalismos despertaban mucha curiosidad. «Que yo supiera euskera me favoreció a la hora de que me eligieran».

Hasta entonces, sólo había salido de España un par de veces. «Una, para ayudar a mi madre a hacer las compras en Hendaya; otra, para perfeccionar mi francés, cuando tenía 18 años, en una empresa de mi padre en París, donde estuve todo el verano trabajando de montador». Ha heredado la tenacidad de su padre, pero también «la capacidad de fusión con el ambiente» de su madre. Lógico que después de llegar al país donde un militar marcó moda -el general Montgomery hizo popular la trenka en la Segunda Guerra Mundial-, ya fuera leyendo el periódico en el metro como un inglés más, circunspecto y acariciándose la barbilla. Se sentía como en casa y decidió probar todas las salsas, por eso se interesó por el Derecho Europeo.

«Al principio, me sonaba a chino. En España, como es lógico, no se impartía aún esa materia. Pero me pareció tan interesante que, al año siguiente, hice un máster de Leyes en el King's College, de Londres». Para entonces, en 1981, su visión de la Justicia ya no conocía fronteras. Su padre le había enseñado a encender las luces de lejos para andar por la vida. «Me inculcó la importancia de tener una mente abierta, de ver siempre más allá».

«Sin anchoítas»

Tanto Manuel como sus hermanos fueron al Colegio Francés de Bilbao y crecieron viendo el mar. Tienen grabada en la memoria la estampa del Cantábrico, un horizonte que les ha llevado allí donde han querido. Los Lezertua, o residen fuera de España, o se han casado con alguien extranjero, o cultivan con empeño los idiomas que dominan. «Cuando nos reunimos, se oye hablar castellano, inglés, francés o euskera....». El sueño del padre de Manuel se ha cumplido. Aunque la nostalgia empañe el panorama, como un sirimiri que no cesa y cala hasta los huesos.

La ciudad de Estrasburgo, una tacita de plata a la vera del Rin, tiene puentes con torres del siglo XIV, casas llenas de flores y parques donde respirar hondo y relajarse. «Y supermercados donde sólo nos faltan las anchoítas ». Acogedora pero sin vida de calle. No se forman corrillos espontáneos y chisporroteantes, donde la gente se quita la palabra y todos se ríen al mismo tiempo. «Echo de menos el trato informal, esa alegría en las relaciones personales ». La diplomacia francesa le corta las alas, pero ya está pensado en volar a otro sitio. «Dentro de cinco años, quizás ». Manuel Lezertua no tiene fronteras.

 
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