Madrid se llenó ayer de muertos vivientes en el Día del Orgullo Zombie, literal, mientras el casco antiguo de nuestra ciudad se retrotraía al medioevo. Tal diversidad de imágenes y la cercanía del carnaval me llevan a pensar en lo incognoscible de la moda y en qué separa a ésta del disfraz.
En algunos casos, una imagen vale más que mil documentos de identidad; así, la adolescencia es una época de cierta introversión social y de completa extroversión estética que tiene preocupados a varios institutos de la zona.
Personalmente prefiero que se vea la tela, es un decir, del tanga, que presumir de su evidente ausencia, como parece ser tendencia entre algunas celebridades.
El mismísimo presidente del Banco Mundial ha lucido sin pudor alguno su pedicura gracias a los generosos agujeros de sus calcetines; puede que fuera víctima de una falta de asesoramiento protocolario respecto a las visitas a mezquitas, o quizá tratara de lanzar un mensaje de socorro económico, como en su día hiciera Esperanza Aguirre.
Desconozco la trascendencia informativa de su visita oficial, pero me consta que hubo fotógrafos que se lanzaron al suelo para captar la mejor imagen del 'acontecimiento'.
Se confirma, pues, que al personal le interesan los trapos o, en su defecto, calcetines sucios, por lo que, sumándose al destape generalizado, el matrimonio Berlusconi ha compartido también sus celos con la Humanidad.
Mi madre aparece con una bandeja de rosquillas bendecidas por el propio San Blas, pero, por alguna razón, esos agujeros ya no me parecen apetecibles.