Domingo, 4 de febrero de 2007
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«Oyes cómo crujen los pinos y dices: 'Dios mío, ¿saldré de ésta?'»
«Oyes cómo crujen los pinos y dices: 'Dios mío, ¿saldré de ésta?'»
PERTRECHADOS. Xabier y Antonio revisan unos materiales. / F. G.
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Xabier Bereziartua y Antonio Gómez tienen fotos en las que parecen expedicionarios de algún grupo alpino, aunque sólo se trata de imágenes de una jornada de trabajo. La semana pasada sacaron varias para documentar su quehacer por los montes de Guipúzcoa: se les ve cargados de pertrechos, abriendo surcos con el todoterreno en la nieve virgen, trepando a postes congelados, tratando de seguir un tendido que se pierde en la espesura blanca. Pero son operarios y no aventureros, así que lo cuentan sin darse importancia, como si les sorprendiese tanto interés por sus maniobras.

«Llega un momento en que el todoterreno lleva tanta nieve que las ruedas pierden contacto con el suelo», comentan. Acercarse en coche al lugar donde se ha producido la avería ya es todo un reto, y las brigadas de Iberdrola tienen mucha experiencia en rescatar a otros vehículos de la cuneta. Después, llega la caminata en medio de un silencio de hielo: «Los pinos se rompen. Vas andando, oyes cómo crujen y dices: 'Dios mío, ¿voy a salir de ésta?'. El ruido que hace uno de esos árboles al caer, con raíces y todo, es impresionante», relata Antonio. En este último temporal, por las zonas de Antzuola y Elosua, tuvieron que ocuparse de caseríos aislados a los que llevaron grupos electrógenos. El trato directo con los afectados no siempre resulta fácil: «La gente cada vez es más exigente -explica Xabier, un remero de Urdaibai con los músculos tirantes bajo la chaquetilla de operario- aunque algunos nos invitan a almorzar. A la primera avería que llegas, te lo agradecen, pero a la cuarta ya te cantan las de Dios. Vas con miedo y todo».

Tampoco localizar los desperfectos en las líneas es tan sencillo como podría parecer: no hay más que seguir el itinerario del tendido, pero Euskadi no es Castilla, donde la energía avanza en línea recta hasta el horizonte. «Esta última vez, un compañero anduvo medio perdido, no sabía dónde estaba». Y, después, la electricidad sitiada por el agua obliga a extremar las precauciones a la hora de reparar.

Un fogonazo

Curiosamente, la búsqueda de la avería se simplifica cuando se hace por la noche. Los operarios se sitúan en un punto con buena perspectiva y el puesto de control sube la tensión, de forma que se produce un fogonazo visible a tres o cuatro kilómetros. «Es espectacular -describe Antonio, con luz en los ojos-. Hace ya unos años, en Aranzazu, me quedé solo en la noche, en un silencio total. De pronto, se aclaró el cielo, se hizo de día... ¿Estando donde estaba, pensaba que se me aparecía la Virgen!».

«A mí siempre me ha gustado la nieve, es bonita -concluye Xabier- pero ahora la veo caer y ya sé que me va a tocar trabajar».

 
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