Desde 1993, Bélgica es un Estado federal con Flandes, Valonia y Bruselas. Hay un Ejecutivo federal y tres gobiernos federados, otros tantos parlamentos y dos regiones o comunidades lingüísticas, la flamenca y la francófona -a las que se suma la germanófona, marginal-, que cuentan con sus propios órganos legislativos y de gestión. Un montón de gente en coche oficial. Se supone que la forma del Estado responde a la necesidad de adaptar sus estructuras a las convenencias reales de la gente, aunque viendo lo que el día a día depara al país, uno se pregunta si los políticos no están efectuando una interpretación abusiva de la democracia representativa.
Tomemos el caso del aeropuerto de Bruselas. Está situado a las afueras de la capital, pero en territorio flamenco, en la comuna de Zaventem. Constituye, junto con los puertos de Amberes y Zeebrugge, la clave del desarrollo de Flandes, la región rica del país, y ha sido objeto de un impulso extraordinario desde comienzos de los años 90, cuando las autoridades decidieron convertirlo en centro continental de enlaces aéreos. A finales de 2005 registraba 251.000 movimientos anuales. Barajas, por esas fechas, 418.000. El aeropuerto belga operaba ya más de la mitad de vuelos que Madrid, pero en un país cuatro veces menos poblado.
Los planes de desarrollo del aeropuerto preocupaban a los ayuntamientos más próximos, todos ellos flamencos pues Bruselas es una isla bilingüe dentro de las fronteras neerlandófonas. Y protestaron a sus autoridades locales, regionales y federales (una tradición no escrita determina que el primer ministro de Bélgica debe proceder de Flandes). Utilizaron como piedra de toque los vuelos nocturnos de una gran empresa de paquetería, instalada en el aeropuerto desde los años 80, que utiliza aviones antiguos y ruidosos.
Ministra ecologista
Una ministra federal ecologista impuso en 2000 un periodo de inactividad aeroportuaria entre la 1 y las 5 de la madrugada, pero se le echaron encima sus socios de gobierno, socialistas y liberales, que temían la pérdida de puestos de trabajo, sobre todo en la empresa de paquetería. La mayoría gubernamental optó por un modelo de concentración de vuelos nocturnos sobre la zona menos poblada: el norte de Zaventem.
Sucede que ese norte se llama Noordrand y que es territorio flamenco. Sus habitantes pusieron el grito en el cielo. La ministra perdió su cartera cuando se oponía a la instauración de una nueva ruta sobre la capital para sacar aviones alejándolos de Noordrand, que finalmente salió adelante promovida por una polémica ministra socialista. La llaman 'ruta Onckelinx', en alusión a su promotora. Ya antes había otra ruta, la 'Chabert', porque así se llamaba el ministro que la había hecho implantar, que permitía el sobrevuelo nocturno de Bruselas a baja cota. Fue abandonada. A la ministra ecologista la sucedió un polémico personaje de la extinta Volksunie (Herri Batasuna en flamenco), que había pasado a militar en el partido socialista flamenco: Bert Anciaux.
A todo esto, la empresa de paquetería hacía saber que tenía el propósito de ampliar su actividad en Zaventem, convirtiéndolo en centro de distribución continental en el horizonte de 2012, con la creación de 9.600 nuevos puestos de trabajo, que se sumarían a los 2.850 ya existentes. Necesitaría autorización para 34.000 vuelos nocturnos al año, en lugar del máximo de 25.000 establecido hoy por hoy para 19.000 realmente efectuados.
El ministro Anciaux -Flandes apuesta por la expansión del aeropuerto, como motor de desarrollo regional- optó por la dispersión de vuelos nocturnos, lo que en la práctica venía a significar menos ruido, pero para todos. Aseguró haber tomado sus decisiones en base a un modelo científico. Y restauró la 'ruta Chabert'. En este país termina sabiéndose todo y a Anciaux, que es un flamenco acérrimo con apellido francófono, se le descubrió, al final, el pastel: cierta correspondencia entre un alto cargo socialista flamenco y el jefe de Gabinete del ministro, sacada a la luz por un canal de TV en 2005, daba cuenta de una instrucción secreta de Anciaux en 2003. Mucha dispersión y mucha equidad, pero, al final, de lo que se trataba era de «enviar el mayor número posible de vuelos a la zona F» (por francófona). Naturalmente, se armó la parda.
Multas y amenazas
Viendo el cariz que tomaban los acontecimientos, las autoridades de Bruselas habían hecho aprobar, ya en 1999, unas normas de ruido muy estrictas. Las recurrió el gobierno flamenco pero un tribunal las convalidó y otro tanto ha hecho el Consejo de Estado.
Bruselas está facultada para imponer multas de 25.000 euros por cada infracción constatada a sus normas contra el ruido. Pero no lo ha hecho, entre otras cosas porque el presidente de Flandes, Yves Leterme, del CD&H (los ex socialcristianos) ha amenazado con retirar a sus dos correligionarios del gobierno de la capital, lo cual haría caer al Ejecutivo. Es decir, que el presidente de una entidad federada, Flandes, ha amenazado con desestabilizar a otra entidad federada, Bruselas. Hace dos años, 2.597 vuelos hubieran sido multados de estar las sanciones en vigor, lo que hubiera arrojado unos ingresos de 65 millones de euros.
Tra un lustro de peleas encarnizadas, la empresa de paquetería ha renunciado a su expansión en Zaventem. Se va a Leipzig. Su futuro en Bruselas está en entredicho. El problema de los vuelos nocturnos sigue sin estar resuelto. Mientras, los tribunales acumulan más de 60.000 demandas por exceso de ruido: 54.000 proceden de un micrófono instalado en el jardín de unos jubilados, que está conectado a un sonómetro numérico y éste a un ordenador portátil, en vínculo permanente por Wifi con Internet.
Bert Anciaux, que ya no es ministro de Mobilidad, se ha descolgado con unas declaraciones minusvalorando la importancia estratégica de Zaventem. Ahora dice que habría que convertirlo en un polideportivo. Tantas instituciones para proteger a unos de otros. ¿Viva el interés común!