Las pasadas Navidades 'El Pana' estaba encerrado en la enésima clínica de desintoxicación. Cincuenta y cuatro años, el pelo entrecano, la piel muy morena y el hígado pidiendo clemencia: era un paciente más, otro tipo sin fortuna. Muy pocos sabían que, en realidad, aquel hombre que hablaba mezclando mejicanismos con gitanerías había sido un torero de cierta fama.
Todo cambió cuando apareció en el sanatorio un empresario taurino. Preguntó por él y le habló sin rodeos: «Prepárate, que en un mes te despides en la México». Dicho y hecho. El domingo 7 de enero, el viejo matador regresaba de la provincia del olvido y hacía su último paseíllo en la plaza más grande del mundo.
Consciente de su leyenda, 'El Pana' no descuidó los detalles de su despedida. Llegó en una calesa tirada por caballos, luciendo una coleta natural, a la manera decimonónica. A las cuatro de la tarde, hizo el paseíllo exagerando la parsimonia, sonriendo, con el capote de paseo sin liar y fumándose un habano de calibre bélico. Treinta mil personas le observaban. El brindis del que iba a ser su último toro causó estupefacción: «A todas las daifas, mesalinas, meretrices, prostitutas, suripantas, buñis, putas; todas aquellas que saciaron mi hambre y mitigaron mi sed cuando 'El Pana' no era nadie, que me dieron protección y abrigo en sus pechos y en sus muslos, que acompañaron mis soledades Que Dios las bendiga por haber amado tanto».
El delirio
Lo que vino a continuación fue un recital de histrionismo aderezado con gotas de toreo caro. Sobre la arena, 'El Pana' entraba y salía de un trance artístico inverosímil: se movía como si sus pies pesaran de pronto diez mil kilos, arrojaba la muleta después de trazar un trincherazo de cartel, exigía a la banda de música que le dedicase dianas floreadas y enlazaba pases asombrosamente templados con trapazos de naturaleza preventiva. ¿El resultado? La plaza boca abajo. Un pinchazo y estocada. Delirio. Pañuelos. Lágrimas. Olés. Dos orejas para 'El Pana'. Sombreros charros volando por los aires. El héroe da cuatro vueltas al ruedo y sale a hombros. Al instante la retirada queda desactivada. En el callejón, su apoderado se ve rodeado de empresarios que quieren hablar de negocios.
Esa misma noche, 'El Pana' lo celebró a su manera, es decir, con grandeza. Escogió su mejor sombrero, se colocó un pañuelo de seda en el cuello y salió a cenar a un buen restaurante. Allí recibió la llamada del presidente de la República. «Nos ha emocionado mucho tu faena», le dijo. Quizá entonces, mientras aceptaba la invitación a visitar la residencia presidencial, pensó que unos días antes no era nadie, apenas un pícaro que trataba de esquivar al demonio que vive en las botellas. «Que ninguno que se diga mi amigo me ofrezca un trago», ha dicho el torero a los periodistas que de nuevo le acompañan donde va. «Si quieren a 'El Pana' no le ofrezcan una copa».
Se cuenta que, en los malos tiempos, más de una vez tuvieron que impedirle que saliera borracho a torear. También que trabajó de sepulturero, que durmió a la intemperie arropado con viejos capotes y que hizo una huelga de hambre para conseguir contratos. No tuvo suerte, o no supo conservarla, y terminó cobijándose en tabernas y lupanares. Se especializó en malas compañías y conoció la cárcel. Cuando ya sólo algunos viejos aficionados le recordaban, ha llegado la resurrección de un matador que reivindica para sí la estirpe heterodoxa de Silverio y Rafael 'El Gallo'.
Genio y figura repentina del toreo, en una sola tarde 'El Pana' ha provocado una revolución al otro lado del Atlántico. Ya se le espera en varios países de América, y este mes volverá a la México. Anteayer cumplió cincuenta y cinco años. No sería extraño que le veamos pronto en España. Dice que sueña con triunfar en Madrid. También que no se retira porque no quiere privar a los jóvenes de la oportunidad de verle torear. «Hoy -asegura- los toreros son muy 'light', como de plástico». Él es distinto. Está hecho de un material castizo, surrealista e imprevisible. Desde luego, ya no se fabrican tipos como él. Ahora sólo le queda conseguir lo más difícil: mantenerse a la altura de su propio personaje.