Lunes, 5 de febrero de 2007
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ANÁLISIS
Columna vertebral
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La polémica sobre la plaza de la Virgen Blanca y sus reformas me ha recordado una reflexión que hacía una anciana sobre algunos de los artefactos dispuestos para sentarse en parques o espacios similares. Con abundante sorna municipal, decía: «¿Es que a los concejales les nace la cabeza directamente del culo? ¿No tienen espalda?» Se refería, claro, al mobiliario urbano cuyo diseño no incluye un respaldo. Desde la visión de esa persona muy mayor, los bancos eran sitios muy necesarios donde descansar y apoyar la dolorida columna vertebral hasta recuperar el resuello. Sin respaldo, su utilidad era, pues, muy discutible.

Es lo malo que tienen, a todos los niveles, algunos modernizadores. Puestos a renovar, se olvidan de la columna vertebral que sustenta el invento ya establecido que es una ciudad. Un apoyo levantado a lo largo del tiempo no sólo con construcciones, sino también con memoria. No se puede, por lo tanto, desdeñar desde el olimpo de la modernidad a quienes claman contra algunas propuestas considerándolos directamente como meros representantes de la carcundia o, en nuestro caso, vitorianicos pequeño burgueses, asustadizos y con miedo a cualquier innovación. Basta leer cualquier revista de arquitectura para darse cuenta de la profundidad del problema del urbanismo en general y de la renovación urbana en particular; de cómo hacer compatible lo más moderno con la tradición; cómo, en fin, respetar la columna vertebral de Vitoria. Es que, si nos despistamos, la modernidad puede aplastar algo estupendo, como las cristaleras que cubren las rampas mecánicas se han cargado la perspectiva del cantón de la Soledad.

Por poner otro ejemplo a distinto nivel: también es triste que la modernidad volatilice las tascas convencionales. Menos mal que sobreviven algunas, irreducibles cual aldeas galas, que suelen incluir dentro no sólo pociones mágicas sino además personas encantadoras como doña Urraca... ¿perdón!, Sonia.

 
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