Lunes, 5 de febrero de 2007
Registro Hemeroteca

en

SOCIEDAD

SOCIEDAD
La guardiana de los tesoros afganos
La española Ana Rodríguez, enfermera e historiadora, pasó de trabajar como comisaria de exposiciones en París a echar raíces en Kabul con tres hijas, seducida por la riqueza cultural
La guardiana de los tesoros afganos
DESOLACIÓN. «Aquí vemos el famoso barrio de Darulaman, el enclave de la clase acomodada en Kabul », señala Ana Rodríguez. / ABED SAEEDI
Imprimir noticiaImprimirEnviar noticiaEnviar
PARTE DE SU RIQUEZA CULTURAL
Afganistán central: En Bamiyán, complejo budista de los siglos III y IV, con estatuas y frescos dinamitados por los talibanes en 2001. UNESCO e ICOMOS ('International Council on Monuments and Sites') trabajan allí con fondos de Japón y Alemania.

Afganistán occidental: En Herat, complejo de Musalla, del siglo XV, que acoge el mausoleo de la reina Gawhar Shad. Ha perdido la azulejería en la cúpula, un minarete fue destruido y dos sufrieron ataques de mortero. UNESCO trabaja allí. Cerca de Khwaja Ghar, Ay Janoum, ciudad helenística del siglo IV a.C. con teatro y gimnasio. En Balj, mezquita de las Nueve Cúpulas, del siglo IX; DAFA (Delegación Arqueológica Francesa ) se ocupa de ella con fondos del jeque Bugsán.

Afganistán oriental: En el Valle de Hilmend, ciudadela de los Gaznawí y palacios en Bust y Lashkargah, del siglo XII.

Publicidad

Tiene 36 años y tres niñas. Vive en Kabul y es la mano derecha del ministro de cultura afgano, Khalil Khuram. Se llama Ana Rodríguez y cuando mira por la ventana, se acuerda de su Sevilla natal. «Estamos a veinte bajo cero y aquí no hay calefacción...», cuenta entre clase y clase de Historia de España. Es profesora en la universidad, además de coordinadora de las actividades de la Sociedad para la Preservación del Patrimonio Cultural. Lleva casi cinco años y está convencida de que «en ningún otro sitio estaría mejor». Divorciada recientemente de un diplomático holandés, pasea por Kabul con mantilla -«así impones respeto sin necesidad de velo»- y aguarda con inquietud la llegada de la primavera.

El Gobierno de EE UU ya lo ha advertido por boca del portavoz del Departamento de Estado, Sean McCormack: «Los servicios de inteligencia paquistaní están fraguando un rebrote talibán...». Más de 40.000 soldados -24.000 estadounidenses y el resto, de otras naciones de la OTAN- no bastan para contener la violencia fundamentalista. En 2006, el terrorismo segó la vida de 4.000 personas. Y allí pretende quedarse Ana cinco años más, hasta que su hija mayor, Ariana, cumpla diez. «Tengo que pensar en las niñas. Aunque me apasione el pueblo afgano -su hospitalidad, falta de ostentación, pasión por la familia...-, me gustaría ofrecerles algo distinto».

En un país donde el director del Museo Nacional de Kabul cobra 100 dólares al mes -y el alquiler de un piso no baja de 250-, la defensa del patrimonio cultural roza cotas épicas. Faltan recursos materiales y personales, la especulación inmobiliaria y el pillaje arramblan con piezas históricas -como los mosaicos de la ciudad helenística de Ay Janoum- y, a pesar de todo, Ana no desespera. Se empeña en blindar los tesoros alejandrinos, budistas, islámicos y las obras que erigieron los fieles de Zoroastro. «Además de rescatar las piezas que circulan en el mercado negro, es primordial la educación de los funcionarios que trabajan en el ámbito cultural. ¿Y también hay que luchar para que haya un buen centro de recursos bibliográficos!». Aún resuenan los ecos de la furia talibán que en 2001 dinamitó los Budas de Bamiyán, pero allí está ella: sacudiendo conciencias y aireando documentales sobre el patrimonio afgano como 'Hogar redescubierto'.

Desde los 18 años, Ana sigue su estrella con los ojos cerrados. Empezó en Cádiz la carrera de Enfermería y terminó prendada de la Historia. «Me apasionaba la Ética, la Filosofía..., en definitiva, las Humanidades». Ocho años trabajó en Barcelona como enfermera -en el Centro Teknon, Hospital de San Pablo y el Clínico--, mientras estudiaba Historia por la UNED.

Su debilidad era el Renacimiento. La vitalidad impetuosa, los sentimientos a flor de piel que se intuyen en las figuras de Miguel Ángel y ese nimbo misterioso que rodea las obras de Leonardo..., todo aquello le daba fuerza para afrontar sus responsabilidades en los servicios de Urgencias y Oncología. Compaginó sin descanso el estudio y la medicina hasta 1997; entonces dejó Cataluña y partió al barrio del Albaicín para licenciarse en Granada. Por aquella época, Ana quería ser comisaria de exposiciones, dar rienda suelta a esa vena de comunicadora que ya le latía con fuerza cuando trabajaba en Atención al Paciente. Con esa vocación, marchó a París, sin saber francés y con el teléfono de una amiga que había conocido en Barcelona.

Con burka y un bebé

«¿Allí que me fui a Francia, en 1998, a hacer un curso en Mediación Cultural en La Sorbona!». Al final, acabó organizando exposiciones en la Ciudad Luz y tuvo ocasión de deslumbrar como gestora en los preparativos de una exhibición del emperador Adriano, aquel líder romano de orígenes sevillanos enamorado de Grecia. Tanta actividad era gratificante, pero no bastaba para sobrevivir. «Por suerte, me hicieron funcionaria del Hospital de Saint Antoine, así volví a compaginar la enfermería y el arte».

Ana había echado raíces en París. Hasta que un joven holandés se cruzó en su camino. Se llamaba Robert Kluijver, era licenciado en Ciencias Políticas y acababa de regresar de Afganistán, donde había trabajado como coordinador en la Sociedad para la Preservación del Patrimonio Cultura. Era febrero de 2001. Ese mismo año se casaron, tras pasar un mes en Pakistán para que Ana conociera las condiciones de vida en Asia Central. La rueda del destino giraba a toda velocidad y ellos no perdían el paso: al día siguiente de la boda, Francesç Vendrell, representante de la UE en Afganistán, destinó a su marido a tierra talibán. Había sido elegido miembro de la Misión Especial de las Naciones Unidas. Voló de inmediato y ella se quedó en París para zanjar sus compromisos laborales.

Soplaban vientos de guerra, el mundo espantado contenía el aliento y Ana se puso en marcha sin mirar atrás. «Justo el 11 de septiembre de 2001, salía yo de la embajada de Pakistán, con mi visa y pasaporte...». Hasta marzo de 2002, vivió en el país fronterizo con Afganistán, tomó el pulso al lugar y devoró toda la bibliografía sobre la región que le facilitaron los diplomáticos que resistían en la zona. Con el buen tiempo, partió a Kabul. «Lo hice de la mejor manera posible: con burka y un bebé, en autobús y rodeada de afganos».

En esas sociedades islámicas, ser madre confiere un halo intocable, aunque las medidas de seguridad también se agradecen: «Pasada la frontera, me escoltaron durante seis horas, cruzábamos regiones tribales y era lo más prudente». Una vez en Afganistán, cayó rendida ante la belleza de un panorama donde no sorprendería ver el Arca de Noé encallada en una montaña. «Es un paisaje purísimo, sin polución, tan hermoso que parece irreal ».

El país que enamoró a las tropas de Alejandro Magno se ha convertido en el primer proveedor de opio del mundo. Dos tercios de la población viven con menos de dos dólares al día. «La situación es desesperada, pero no hay que tirar la toalla. Debemos fomentar la protección de la riqueza cultural, el estudio del pasado sólo así tendrá futuro este pueblo. Si se limitan a estudiar inglés e informática, carecerán de una formación sólida para evolucionar política y socialmente. Las Humanidades -Literatura, Historia, Filosofía...- son clave en ese sentido». Mientras, los talibanes se preparan. La primavera se acerca.

 
Vocento

Contactar | Mapa web | Aviso legal | Política de privacidad | Publicidad | Master El Correo

Canales RSS