«Si gana Novartis, 28 millones de personas están condenadas a muerte en África». A juicio del doctor Alberto Piubello, el pleito presentado por esta multinacional farmacéutica contra el Gobierno indio, motivado por una legislación que le impide patentar uno de sus fármacos contra la leucemia, pone en peligro la continuidad en la fabricación de medicamentos genéricos y la atención a millones de enfermos seropositivos que no pueden acceder a productos más caros.
El médico italiano es el responsable de un programa de tratamiento con antirretrovirales y prevención de la transmisión madre-hijo del sida en Camerún y hablará hoy, a las ocho y cuarto, en el Salón El Carmen de Bilbao de la posibilidad de construir un nuevo mundo, mucho más justo que el actual. El acto se enmarca en el actual ciclo de encuentros del Aula de Cultura de EL CORREO y cuenta con la colaboración de la ONG Manos Unidas.
Curiosamente, la parte demandante tiene a gala su implicación en diversas actividades en el ámbito de la cooperación, pero el conferenciante duda de la validez de tales intenciones. «Hacen cosas para limpiar su conciencia, porque si tuvieran intención de poner en práctica la solidaridad bajarían los precios. Es muy simple», alega. En su disertación se referirá a la situación social, económica y sanitaria del país africano, donde colabora con el Servicio Diocesano de Salud, una institución con trece centros repartidos por la capital, Yaundé, destinados a aquellos que carecen de recursos. «Proporcionamos calidad sin ayuda externa».
Los genéricos constituyen el único remedio asequible en aquel país. «Es un mercado tan modesto que, antes de la introducción de estos antirretrovirales, sus consumidores no tenían ningún acceso a la medicación», dice. El llama al apoyo popular para detener el procedimiento y alienta a la opinión pública a secundar la acción planteada por Médicos sin Fronteras desde su página web.
Pobreza y enfermedad
Aunque no se trata de uno de los Estados más míseros del continente, la situación de Camerún es muy precaria. Según el especialista, desde la devaluación de la moneda nacional, practicada hace quince años, los salarios permanecen estables, mientras que los precios de la harina, el azúcar y otros productos básicos crecen constantemente. «El 67% de la población, de unos 17 millones de habitantes, se halla por debajo del índice de la pobreza».
A diferencia de Liberia, Sierra Leona o Costa de Marfil, territorios vecinos que han sufrido desgarradores conflictos internos, Camerún ha disfrutado de cierta estabilidad política en su corta existencia como república independiente. «Sí, porque tenemos la suerte de no poseer materias primas», señala con ironía. «La guerra estalla donde hay diamantes, minerales o abundante petróleo, y hasta hoy no los hemos encontrado».
Pero la influencia de la pandemia del sida sí ha llegado a convertirse en un problema de primera magnitud. La prevalencia es de un 5,4 y tan sólo el 23% de los infectados se halla bajo control médico. Aunque el número de pruebas ha experimentado un considerable auge, el ponente reconoce la dificultad de cambiar, a corto plazo, hábitos tan íntimos como los sexuales. «Los cambios son lentos. ¿Se ha conseguido en el Norte disminuir el tabaquismo o la obesidad?».
Además, los nativos sufren la incidencia de la tuberculosis, el paludismo, periódicos brotes de cólera o la incidencia, a menudo fatal, de enfermedades infantiles. «En muchos casos, hablamos de dolencias que se curarían con vacunas, desgraciadamente poco asequibles para la inmensa mayoría», añade.
La emigración aparece siempre en el horizonte de los más jóvenes. «Es inevitable. Tienen pocas oportunidades de estudiar y también escasas esperanzas de encontrar un trabajo digno, así que el único objetivo es marchar a Europa», explica. «La verdad es que, en ese contexto, yo también me iría». Las imágenes de Occidente que emite la televisión favorecen el constante flujo. «Es que todo parece limpio y fácil». Pero la marcha, a menudo a través del Sahara, resulta muy peligrosa y muchos aspirantes mueren o desaparecen en el desierto. «Dos amigos que encontré en España me dijeron que eran los únicos que habían llegado, de cuarenta que abían partido», indica. «Por cada inmigrante que se desvanece, hay, detrás, una familia sin futuro, endeudada de por vida».