El pasado viernes fue un día inolvidable en la vida de Unai Usín, un joven vitoriano de 26 años que soñaba con entrar por fin al piso de alquiler social que le correspondió en un sorteo de 2003. Esa mañana, en un acto oficial con carpa y lunch, el consejero de Vivienda, Javier Madrazo, le dio las llaves de su nueva casa, ubicada en el número 2 de la calle Helsinki. Todo era perfecto. Tres habitaciones, dos baños, salón, terraza y plaza de garaje. Con una renta mensual de 240 euros y frente a los humedales de Salburua. Ya casi se le había olvidado su enfado por el «retraso de ocho meses» en la entrega de la vivienda. Ni siquiera intuía lo que se le venía encima.
Su ilusión podía con todo, y durante el fin de semana inició el traslado. Tenía prisa. Hasta ahora vivía en otro piso de alquiler y el contrato culminaba hoy. En plena mudanza ya notó algo raro. Cuando subió varias cajas en el ascensor «caía agua a chorros del techo». También detectó humedades en el portal. Cuando ayer abrió la puerta de su casa para mostrársela con orgullo a EL CORREO, fue como si el destino le abofeteara. Su casa, recién estrenada, estaba inundada por una enorme balsa de agua de un dedo de altura.
A partir de ahí, carreras, gritos, una fregona que no daba abasto y prisas para salvar los colchones, los libros y las bolsas de ropa empapadas. «¿Pero qué es esto? ¿Qué pasa? ¿Me entregan mi piso y a los dos días ya está inundado?», preguntaba. Cogió el móvil y llamó al Gobierno vasco. «¿Que venga alguien ya! ¿Dónde me meto yo ahora?», exigía poco antes de romper a llorar en la terraza.
«Ya no lo quiero»
No había colgado y dos inspectores del servicio autonómico de alquiler, Alokabide, estaban en la puerta porque, casualmente, inspeccionaban el bloque. Ni ellos ni el responsable de Dragados, la empresa constructora, daban crédito a lo que estaban viendo. Ya sospechaban que algo iba mal, porque el ascensor había dejado de funcionar esa misma mañana. «Esto es rarísimo, pero vamos a solucionarlo ya», le transmitieron al inquilino. Unai les respondió con contundencia que le daba igual. «Yo ya no quiero este piso».
La respuesta administrativa del Gobierno vasco fue fulminante y sus portavoces afirmaron que «sólo ha habido ese caso por un fallo en una tubería». A primera hora de la tarde, Unai ya había aceptado otra casa igual en el portal de al lado que aún no tenía dueño. De inmediato, inició su segunda mudanza en cuatro días. Sus ya antiguos vecinos del piso inferior, los del 4º-A, quizá comprueben hoy con sorpresa que tienen unas extrañas humedades en el techo.