«No tenemos nada que envidiar, en cuanto a equipamiento, a ningún otro centro de investigación biomédica del mundo», declaró ayer a este periódico el bioquímico José María Mato, director del CIC bioGUNE. El laboratorio científico de Derio da hoy un paso decisivo para convertirse en un centro de referencia internacional: inaugura una Unidad de Biología Estructural dotada del aparataje más moderno, en la que trabajará medio centenar de científicos y que ha exigido una inversión de 13 millones de euros en equipos y habilitación del edificio.
El objetivo de la biología estructural es conocer cómo son las proteínas en tres dimensiones para saber cómo funcionan y diseñar fármacos que las reparen, en caso de mal funcionamiento. «Los genes contienen las instrucciones para hacer las proteínas y estas moléculas son las encargadas de hacer los trabajos. La célula es una fábrica en la que cada proteína es una máquina especializada, diseñada para hacer algo concreto: trasladar cosas de un sitio a otro, cortarlas, pegarlas...», explica Mato. Cuando una o varias proteínas funcionan mal por defectos debidos a mutaciones genéticas, o cuando hay muchas o muy pocas de un tipo determinado, aparecen las enfermedades.
Herramientas poderosas
«Las enfermedades neurodegenerativas se dan cuando proteínas que deben trabajar sueltas se unen y forman una especie de ovillo. Si conozco bien esa proteína, podré impedirlo», apunta Mato. Conocer al detalle la estructura de estas moléculas puede permitir corregir defectos, hacer que su número descienda o aumente -según sea necesario-, evitar que se junten unas a otras... También puede impedirse que un virus use una o varias proteínas para invadir la célula y provocar la enfermedad. Pero determinar la estructura de estas moléculas no es fácil y precisa, además, de sofisticados aparatos.
El CIC bioGUNE tiene ahora «las tres herramientas más poderosas que hay para hacerlo»: la resonancia magnética nuclear (RNM), la difracción de rayos X y la microscopía electrónica. Esos equipos son el corazón de la Unidad de Biología Estructural que hoy se inaugura. «La suma de estas tres tecnologías, que se basan en principios físicos diferentes, nos coloca en una situación ideal. El conjunto nos da una potencia bastante impresionante». Y eleva a 40 millones el total invertido por la Diputación de Vizcaya, el Gobierno vasco y los ministerios de Educación y Ciencia e Industria para crear en Euskadi un laboratorio biomédico de excelencia.
La ubicación de los dos equipos de RNM ha exigido excavar un nuevo sótano a medida en el edificio que acoge la unidad. Se trata de dos potentes imanes de 800 MHz y 600 MHz. «El principio es el mismo que el de la tomografía axial computarizada (TAC), pero los campos magnéticos son mucho más potentes. Pueden ver hasta los átomos de una proteína», explica Mato. Oscar Millet, jefe de grupo de la unidad de RNM, y Carles Chalaux, jefe de Mantenimiento del CIC bioGUNE, han trabajado estrechamente con la ingeniería fabricante de los aparatos para blindar el habitáculo y que en su interior la temperatura no fluctúe más de medio grado. No se puede entrar a la sala con elementos metálicos ni puede pasar ningún coche directamente encima ni cerca de los aparatos porque alteraría el campo magnético y las mediciones. La RNM sirve para examinar proteínas de un cierto tamaño, pero no para las más grandes.
La difracción de rayos consiste en hacer pasar un haz de luz de rayos X por una muestra de proteínas cristalizadas y ver cómo se desvía. «Cristalizar las proteínas, que es parecido a lo que pasa cuando uno deja agua salada en un vaso y se evapora, es complicado, una especie de arte», advierte Mato. Beatriz González, responsable de la plataforma de Cristalografía Macromolecular, y Alfonso Martínez, jefe de grupo de la unidad, ya han conseguido sus primeros éxitos. Este instrumental analiza proteínas más grandes que la RNM, pero no sirve para explorar la estructura de máquinas moleculares formadas por proteínas diferentes.
Ese hueco lo cubren los dos nuevos microscopios electrónicos, cuyo responsable es David Gil. Estos equipos obtienen imágenes de esas y otras proteínas como lo hace una cámara de fotos, pero 'disparando' electrones y no luz. El problema, como sucede con la fotografía, es que la menor vibración en el edificio puede hacer que las imágenes salgan movidas.
«Todas las tecnología tienen sus ventajas e inconvenientes», apunta José María Mato. El laboratorio que dirige -y que todavía no ha acabado de crecer- ya se ha convertido en un centro atractivo para investigadores de todo el mundo.