Cuando una serie hegemónica sufre un fuerte retroceso, hay razones para tomar medidas. Esta semana ha retrocedido 'Los Serrano', que baja su cuota de pantalla al 21,3%. No es grave, claro. Pero es una buena oportunidad para preguntarse si sigue teniendo algo que contar. En las series españolas hay algo que llama siempre la atención y es su tendencia a la comodidad: alcanzan una cifra razonable de espectadores, se instalan en el relato cotidiano y, a partir de ahí, limitan todo su esfuerzo a seguir desenrollando el hilo. A veces se enriquecen con algún protagonista nuevo o un cambio de escenario, pero la norma, incluso en estos casos, es la petrificación del producto. Hasta que, un día, el público decide que ya está bien y empieza a desertar, proceso que suele llevar entre tres y cuatro semanas. Y todo porque las historias se estiran indefinidamente.
La eventualidad de que una serie de éxito tenga un final cerrado -pensemos en algo del tipo 'Motivos personales'- es cada vez más improbable. Y por lo mismo, la opción de una retirada a tiempo -como la de 'Siete vidas', por ejemplo- también es más y más difícil. 'Siete vidas' continuó entre nosotros, de una u otra manera, a través de 'Aída', que es lo que se llama un 'spin-off', o sea, un brote o retoño que se convierte en serie independiente y singular. Me pregunto si los productores de 'Los Serrano' podrían pensar en algo parecido: sólo con hacer crecer a los actores jóvenes ya habría para construir un relato nuevo. Por supuesto, la serie aún no está en ese trance amargo de la deserción del público: ha perdido audiencia, pero sigue por encima de los cuatro millones de espectadores y su liderazgo, aunque ya no holgado, se repite semana tras semana. Sin embargo, uno trata de seguir el relato y recibe la impresión de que todo consiste en dar vueltas a lo mismo. De momento, la comodidad del público garantiza la longevidad: es ese efecto 'zapatillas domésticas' que consiste en que el público quiere, ante todo, sentirse a gustito aunque sea entre harapos avejentados; al fin y al cabo, uno está en su casa, así cuando lleva zapatillas como cuando ve la televisión. Pero lo mismo pasaba con 'Aquí no hay quien viva', hasta que aquellas zapatillas ya no hubo quien se las pusiera. Ojo.