La muerte de Érika Ortiz, hermana de la princesa de Asturias, ha vuelto a despertar el debate sobre los excesos de la televisión, especialmente de sus programas 'rosas', a los que quizá debamos ir cambiándoles el color hacia otra tonalidad cromática (¿qué tal el morado, que es el que en cromoterapia se asigna a las congestiones hepáticas?). Quien más reacciones ha suscitado ha sido, como era de esperar, Jorge Javier Vázquez, el de 'Aquí hay tomate', que la otra tarde tuvo el inmenso rostro de decir que «en este programa no nos gusta hablar de la gente que ya ha fallecido» y al que le faltó tiempo para entrar a saco en la muerte de Érika. Como nuestra tele huele a lo que huele, el presidente de la Asociación de la Prensa de Madrid, González Urbaneja, ha desplegado un abanico de declaraciones preventivas donde pide que los directores de las televisiones «marquen unas líneas claras de lo que no se puede rebasar».
Y sobre este asunto concreto, hay algo que debe quedar claro por encima de todo: Érika Ortiz no era una vedette televisiva, ni una estrella del espectáculo, ni alguien que anduviera por revistas y canales vendiendo exclusivas. Era una mujer común, una señora como hay millones. Como era hermana de la princesa de Asturias, es lógico que su muerte sea noticia de primera plana. Pero, a partir de ahí, ni un paso más: la noticia luctuosa se agota en sí misma. Que se muera una persona de relieve es noticia, claro; pero no es noticia de la crónica rosa ni, menos aún, del ramo necrófago de la televisión amarilla. Es verdad que muchas revistas del corazón habían dedicado portadas a Érika, pero también es verdad que ninguna había sido buscada por ella, todas eran depredación 'rosa'. Ayer, en el 'Espejo público' de Antena 3 se ponía sobre el tapete un asunto espinoso: hasta qué punto esa presión de la prensa habría afectado a Érika. Es una pregunta justa. Pero abre también una vertiente peligrosa: en vez de hacer necrofagia con la noticia, que es algo muy reprobable, hacerla con el tratamiento que otros han dado a la noticia, lo cual tampoco sería mucho más edificante. El camino recto: contar la noticia y ni una palabra de más. ¿Serán capaces o serán rapaces?