Sábado, 10 de febrero de 2007
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«Shabat shalom»
Hoy es sábado, jornada de descanso y oración para los judíos. En la sinagoga madrileña, custodiada por la Policía, se saludan deseándose la paz del día santo
«Shabat shalom»
ALMUERZO. Una persona sostiene una copa en una celebración familiar de Shabat. / EL CORREO
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Un coche patrulla del Cuerpo Nacional de Policía con dos agentes en su interior escolta la entrada de la sinagoga de la calle Balmes. En la puerta, dos jóvenes, un chico y una chica, saludan amablemente al visitante. «Le estábamos esperando», dicen. Pertenecen a Bitajon, una organización formada por voluntarios que se encarga de la seguridad de este centro de culto en días señalados. Y hoy sábado, día 15 del mes Shvat del año 5767, según el calendario judío, es Shabat y se festeja el año nuevo de los árboles, la fecha en que comienza la primavera en Jerusalén.

Tras entregar su DNI, el visitante debe despojarse de todos sus objetos metálicos, depositarlos en un pequeño armario, guardarse la llave de latón y pasar bajo un arco detector. Hay cámaras de seguridad y carteles en hebreo, español e inglés que informan sobre la necesidad de someterse a estos controles. Estamos dentro del edificio de la Comunidad Judía de Madrid y ofendería a su inteligencia explicar por qué se toman semejantes medidas de seguridad. El conserje nos acompaña por las escaleras hasta la sala que alberga la sinagoga. Nos detenemos junto a una larga mesa en la que se disponen libros para seguir las oraciones y un par de cestillos con kipás (bonetes para cubrirse la cabeza). Son de tela y de papel azul. También hay varios talit, unas prendas de tela blanca con cuatro esquinas, bordados y flecos que los judíos emplean para cubrirse los hombros. Escogemos una kipá y entramos en la sinagoga.

Es una estancia clara, luminosa. A ambos lados del pasillo central se abren dos filas de asientos de madera. Algunos lucen una pequeña chapita con el nombre de la persona que ocupa la bancada: León M. Cohen, Salama Pinto, Moisés J. Bendaham... Cada asiento dispone de un espacio para guardar los libros de oraciones y el talit. En el centro se levanta el altar, coronado por un artístico candelabro de siete brazos, es la menorá. Sobre una tela roja, el libro de oraciones, y una cajita para los donativos. Encima, una lámpara de estética levantina, ornada con cristales azules, naranjas, ocres y amarillos. Pero lo más singular de la sinagoga se encuentra en la pared del fondo. Tras una cortina (parojet) está el arca santa (hejal), defendida por unas puertas forjadas en hierro. En su interior se custodia la Toráh, el libro santo, escrito a mano en pergaminos por un santo rabino. En el judaísmo el nombre de Dios es tan sagrado que no puede ni escribirse (ellos en sus textos lo reflejan así: Di-os).

La Toráh se contiene en un cilindro de un metro de altura. El pergamino permanece enrollado y cubierto de terciopelos. En la sinagoga de Madrid hay varias, todas piezas muy hermosas, donaciones de familias devotas, adornadas en plata muy trabajada. «Que este Sefer Toráh con su mappá y su campano...», se lee en los bordados de una.

La sinagoga carece de adornos, de figuras. Apenas unas tablas de la ley con los diez mandamientos y una gran piedra traslúcida que simboliza el ojo divino de nuestras viejas enciclopedias escolares, el ojo que todo lo ve. Una leyenda en caracteres hebreos recorre, a modo de moldura, el ala derecha de la sinagoga. Cerca de las tablas de Moisés se sitúa el asiento del rabino, Moshé Bendahan, un hombre nacido en Tetuán que viste traje negro y se cubre la cabeza con un sombrero del mismo color. En esta sala sólo hay hombres. El lugar de las mujeres está arriba, en una suerte de miradores, abiertos a la sala de oración.

Los fieles, con el talit sobre los hombros, recitan. Están desperdigados por la estancia, que se irá poblando a medida que pasen los minutos. La oración matutina de Shabat dura algo más de tres horas. El ambiente es muy distendido, cordial. Algunos de los recién llegados estrechan las manos y besan en las mejillas a los presentes, contentos de verse. Hoy sábado es el día para glorificar a Dios. Como dice un antiguo refrán sefardí: «Sabá, menujá; aljad, la cufa» (el sábado, descansar; el domingo, el cesto, el trabajo). Los creyentes no pueden realizar ninguna tarea: ni encender el fuego para cocinar ni, en estos tiempos modernos, contestar un mail. Por eso (y por cuestiones de seguridad) hoy no pueden hacerse fotos. El visitante también se abstendrá de tomar notas y deberá fiar este relato a su feble memoria y a los apuntes obtenidos en una visita anterior.

«Adonai, Adonai»

Los fieles acompañan con sus voces y movimientos de cabeza el ritmo de las frases que el hazan, un hombre de la comunidad distinguido por su voz y sus conocimientos de los textos sagrados, canta en hebreo junto al altar. Son frases del Pentateuco. El texto está dividido en 54 fragmentos, uno para cada sábado. «Shabat no es sólo un día para rezar. Es también una jornada para estudiar los cinco libros de Moisés», explica el rabino. Una palabra se repite en multitud de ocasiones. Adonai. El nombre de Dios para los hebreos. Frank Laredo, secretario de la comunidad, nos ofrece el libro de oraciones. Los textos están en hebreo y español. Se incluye también una transcripción fonética para ayudar en la pronunciación a quienes no dominan el hebreo. El judaísmo es una religión que exige estudio.

Salomón, el forastero

Un miembro de la comunidad agita un saquito de cuero marrón. En su interior hay unas fichas redondas, de plástico, con un número grabado, que entrega a cada uno de los asistentes. Se efectúa el sorteo. Los cuatro elegidos participarán en la apertura de las puertas y uno de ellos paseará la Toráh por la sinagoga. Se recitan los números: en hebreo y castellano. «68», dice. Nadie responde. Se repite la cifra, esta vez en inglés. Un hombre alza la mano. Se identifica como Salomón; un visitante, alguien de paso, tal vez.

Por el pasillo central corretean ahora tres chiquillos, dos niños y una niña. Dos de ellos acuden a abrazarse con su padre. El otro camina por entre los bancos. Un hombre de edad lo reclama. El pequeño, que cubre su coronilla con una kipá bordada y tiene sendos bucles rubios que caen desde sus sienes, acude a la llamada, conversa y ríe con el adulto. Recibe una golosina. El chiquillo se sienta y ojea aplicadamente un cuento ilustrado, la Toráh para los niños.

El hazan cubre ahora su cabeza y su pecho con el amplio talit, extiende los brazos tapados y se coloca frente al recinto de la Toráh. Luego se gira hacia los demás fieles. Moshe Bendahan recita. El rabino acompaña sus frases con leves y repetidas inclinaciones de cabeza. Por fin se abre la puerta y se extrae la Toráh que es paseada por todo el recinto. Es un momento glorioso, festivo. Los fieles tocan el paño con los dedos y luego los besan. Otros acercan con unción los flecos de sus talit a las escrituras o arriman su libro de oraciones al texto sagrado. Desde arriba cae sobre la Toráh una lluvia de caramelos, la tradicional manera judía de expresar alegría.

Una niña observa los celofanes brillantes con curiosidad. Pregunta a su padre dónde puede conseguir un dulce. Se aproxima a un hombre canoso que, sonriente, le obsequia con una golosina. Este mismo ciudadano abandona su puesto para entregar al visitante un tomo con los textos que se están cantando. Acaban de comenzar el libro del Éxodo. Hoy se narra en la sinagoga el paso del Mar Rojo por parte de los judíos y la desaparición, engullidos por las aguas, de los ejércitos del faraón.

Termina la segunda oración del sábado. Todos se saludan. Se estrechan las manos y pronuncian las palabras «Shabat shalom» (la paz del sábado) de forma sentida y sincera. Los hombres van abandonando la sinagoga pausadamente. Se encuentran con las mujeres. «Shabat shalom». Todos se reúnen ahora en el salón comunal para la bendición del pan y del vino. Sobre unas mesas hay dispuestos diversos aperitivos: embutidos kosher (de animales sacrificados conforme al rito judío), pan, aceitunas... La costumbre quiere que en Shabat las familias y los amigos se reúnan tras la oración de la mañana para almorzar juntos.

La comida de Shabat es también especial. Además del vino y del pan (que suele tener forma de trenza), la tradición establece que se tomen dos guisos: la orisa, un cocido de trigo o cebada en grano con carne, y la adafina, un guiso de patatas, garbanzos, carne... que suele estar puesto al fuego desde la tarde del viernes, antes de la entrada de Shabat. «Ese día no podemos controlar ni accionar el fuego», explica un joven judío.

Moshe Bendahan señala que la celebración del Shabat es «la única festividad que aparece en los Diez Mandamientos: 'recuerda el día del sábado para santificarlo'. Su finalidad no es descansar. Comienza -dice el rabino- con la salida de las estrellas en la tarde del viernes y finaliza con la salida de las estrellas en la noche siguiente». «Shabat shalom».

j.mendez@diario-elcorreo.com

 
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