Roberto Pérez recuenta el número de anticuarios activos en Vitoria y le sobra un dedo en la mano. Uno asesinado hace años, otro recién jubilado, falta de relevo generacional... «Esto lleva mucho trabajo, te tiene que gustar mucho y gastas tanto en gasolina y libros...». Pero confiesa que le encanta.
Regenta la tienda Casa El Rey IV, de la calle San Antonio, con fidelidad a sus mayores. Roberto encarna la cuarta generación desde que su bisabuelo estableciese el negocio en Falces (Navarra) y se trasladara a la capital alavesa hace casi cien años. «En realidad esto no es un negocio porque llega a ser la vida. Tú eres lo que son tus piezas», proclama rodeado de los objetos que convierten su tienda en algo especial, tranquilo, sosegante, freno del tiempo.
Roberto está empeñado en desterrar dos tabúes que alejan al público mayoritario de las piezas antiguas y en destacar los valores de este mundo peculiar. «La culpa, muchas veces, la hemos tenido los propios anticuarios. Se ha relacionado esto con el elitismo y con lo caro. Pero resulta que ese mueble» -señala un 'secretaire' datado en torno a 1870- «vale 3.000 euros. Y una reproducción que lo imite puede costar el doble».
Además, una réplica nunca será el objeto original. «Lo antiguo cada vez se revaloriza más y una pieza es única e irrepetible». Pero Roberto prefiere apartar momentáneamente el dinero para centrarse en alimentos inmateriales. «Lo más interesante es esa espiritualidad de poseer algo de una era con acontecimientos concretos. La pintura, la literatura o la decoración hablan de lo que era la época».
Reina la pintura
El anticuario vitoriano reconoce que el negocio depende, en parte, de las modas. «Hace tres años, por ejemplo, pegaba muy fuerte la pintura del siglo XX. Ahora se vuelve a llevar mucho la de los siglos XVI y XVII», de las que expone algunas muestras en su establecimiento. Y el orden de prioridades también cambia con los años. «Hoy en día»,. enumera Roberto, «la mayor demanda es de pintura. Luego, de objetos. Y, por último, de muebles».
¿Predica con el ejemplo? ¿Decora su casa con toques antiguos? «Sí. Tengo una cómoda y dos cuadros». ¿Y funciona el negocio? «Sí, sí hay interés en Vitoria por todo esto. Lo que ocurre es que yo veo una incertidumbre en la gente a todos los niveles».
Roberto asegura que su oficio es «muy esclavo», que nunca permite desconectar. «En casa estoy leyendo continuamente libros de arte. Hay que estar al orden del mercado porque este es un mundo cambiante. De pronto pueden salir a la palestra pintores o escultores antiguos». Él se instruye a través de todos los vehículos posibles. Internet, por supuesto. «Pero yo soy más de viajar, de estar al tanto de las testamentarías, de las revistas de decoración y de los documentales sobre arte en la televisión». Y compra antigüedades de personas mayores a las que las casas se les quedan grandes y buscan hogares más recogidos.
Por Europa
Se designa como el único anticuario alavés que acude cada año a la feria de Madrid, «una de las cinco más importantes de Europa». Y viaja a países como Francia, Alemania y Holanda en busca de piezas que exponer en su tienda de la calle San Antonio. «Lo importante es el cliente, la calidad y la renovación. Si un comprador es fiel funciona el boca a boca».
Habla sentado al fondo del establecimiento, rodeado de un lienzo del siglo XVII con los apóstoles y de una Inmaculada del XIX. En el amplio vestíbulo, lo primero que ven quienes entran, una librería estilo Restauración de hace dos siglos perfectamente conservada o un reloj de 1840 con motivos astrológicos. «Cuanto más sabes, más te exiges. Y más te exige el cliente».