El juicio sobre los atentados del 11-M se inicia hoy después de casi tres años de indagaciones policiales, una instrucción judicial no exenta de lagunas y la obstinación de una parte del Partido Popular y algunos medios de comunicación por mantener a todo trance la hipótesis de una alambicada conspiración de la que ETA formaría parte. El desarrollo y el desenlace de la vista oral resultan cruciales no sólo para que las víctimas sean resarcidas moralmente por la sentencia final y la sociedad pueda ver cómo tan trágico episodio se cierra desde el punto de vista judicial. También será importante en cuanto a sus efectos sobre las estrategias que frente al terrorismo de origen islamista se han ido, más que diseñando, improvisando en Europa.
Una de las consecuencias más perniciosas de la teoría de la conspiración es que provoca un malgasto de energías y suscita una confusión que en nada beneficia a la prevención de la amenaza yihadista. Ocurrió tras los atentados, cuando ante la perplejidad europea el gobierno español mantuvo durante tres días la versión que señalaba a ETA como responsable de los mismos. Dicha terquedad dio paso a una insistente campaña que ha acabado haciendo creer a muchos ciudadanos que todo aquello contó, cuando menos, con la inspiración etarra. Pero quizá más pernicioso que eso haya sido infundir en la opinión pública la sensación de que no sabemos quiénes fueron los matarifes de las 191 personas asesinadas en los trenes.
El relato sumarial y la narración periodística tienden a encasillar en exceso el organigrama del terrorismo global siguiendo esquemas piramidales o mediante juegos de conjuntos que estereotipan una realidad tan compleja y, también, tan caótica como la de la llamada 'galaxia Al-Qaida'. Pero esa identificación de la amenaza, aun no siendo del todo rigurosa, es algo que la sociedad requiere para percatarse de su existencia. Entre otras razones porque la apariencia difusa del peligro contribuye a diluir su relevancia y, en esa misma medida, a cuestionar que pase a formar parte de las prioridades gubernamentales. De ahí la grave irresponsabilidad en que han incurrido los tremendistas que, señalando con su dedo a ETA, han contribuido en realidad a dispersar la atención pública frente al islamismo yihadista.
El 11 de marzo de 2004 disparó las alarmas que no se habían activado con el 11 de septiembre de 2001. Las palabras que se pronuncien, las pruebas que se establezcan y las conclusiones a que, desde hoy, se llegue en la Audiencia Nacional contribuirán a identificar la amenaza y su magnitud o, si el obstruccionismo procesal y el sabotaje mediático se imponen, propiciarán que el ruido tape los oídos de una ciudadanía hastiada por tan obscena diatriba.
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