Meta a contraluz. A cielo abierto. Es un paisaje conocido para Unai Etxebarria. Aquí, en la playa de Palmanova, ya ganó en 2004. Y Unai tiene buena memoria. No olvida. «Habrás sacado fotos, ¿no?», le dice a uno de los fotógrafos. Se conocen. Se abrazan. El ciclista del Euskaltel-Euskadi quiere llevarse la instantánea de sus brazos al aire. Más abrazos. De sus compañeros 'naranjas' de hoy y de ayer. Como Flores o Camaño. Unai tiene un club de fans en su gremio. Ahora que falta Laiseka, él es el veterano. El ejemplo para los jóvenes, los que pedalearán por la transición del Euskaltel. A él le preguntan. Al de la buena memoria. Topográfica. En Palmanova, el triunfo, el primero de su equipo en 2007, estaba antes de lo que indicaba el libro de ruta: a falta de un kilómetro. Lo sabía. Ahí. Con la luz en contra. Cuando el grupo boqueaba en hilera, con las barbillas en los codos. Se acordaba. Ahí, bajo el telón de los últimos mil metros. Y zas. Como un flash. Los fotógrafos ya le esperaban. Para darle luego su segunda postal de Palmanova.
Es su playa privada. Inmediatamente, la compartió. Solidario. Con Albizuri, el compañero escapado -junto a Vallejo (Relax)- desde el silbido inicial de la última jornada de la Challenge de Mallorca. Albizuri se internó en la convulsión geológica del recorrido: por los puertos de Sa Gramola, de Claret, de Soller. Por el espinazo de la Tramontana. Cada vistazo, un cuadro de mil colores. A través de un mediodía como los elegidos por Michael Douglas para decorar su mansión de Valdemossa. Cuando al vizcaíno se le acabó la misión, ingresó en la etapa otro dorsal del Euskaltel-Euskadi: Luengo. Fino. Más naranja. «Nos hemos merecido el triunfo», decía Jon Odriozola, el nuevo director. «Por el trabajo de hoy y de toda la semana. No lo digo por decir».
Aún le faltaba un rato para celebrarlo. Devolder (Discovery) y Alberto Fernández (Saunier) cataron las fuerzas del líder, Luis León Sánchez (Caisse d'Epargne), en las rampas de Claret y templaron al Euskaltel, que lo dejó para más tarde, para Unai. «No hemos pasado demasiados apuros», relató Jaimerena, el director de Luis León. En este ciclismo invisible, sin televisión, las crónicas se hacen a ciegas, de oído. Ni en color, ni en blanco y negro. A oscuras. A León le protegieron bien los suyos. Chico disciplinado, hecho al dictado de la extinta escuela de Manolo Saiz. Acalló los ataques. Nada que hacer. Suya era ya la victoria en el general -aunque no tiene validez en la UCI- de la primera carrera del apagón televisivo. Para él fue un día feliz, y también de difuntos: «Se lo dedico a mi hermano, que falleció en accidente, y a Gálvez». De recuerdos.
Ataca a un kilómetro
De eso, de la memoria, sabe Unai Etxebarria. El descenso hacia la barra de mar de Palmanova era ya para el triunfo de etapa. Lo decía el pulsómetro: el corazón crecía. Tamborileaba a tope. La calle París, la que circunda la entrada a una dentadura de hoteles, se copó de maillots naranjas. De tulipanes. El Rabobank holandés transportaba al baño maría a Freire, su seguro. El postre para su menú de trabajo. Etxebarria, agazapado, se retenía. Es un ciclista viejo. Pedalea de memoria, de oído. Tenía cita con la pancarta de un kilómetro. La roja. La descosió de un tajo. Cuchillo sobre mantequilla holandesa. Desordenó el paisaje el pelotón. Cavó unos metros. Segó el campo de tulipanes. Tenía que ser así. Como recordaba. Hace tres años, por el Paseo del Mar de Palmanova andaban su madre, su esposa y su hija. La victoria del hijo, del marido, del 'aita', les llegó de oídas. Por la megafonía. Corrieron hacia la meta, sorprendidas, emocionadas. Ahora, el ciclismo ya no tiene imágenes para nadie. Para ganar hay que tener buena memoria, aunque sea auditiva.